Biblioteca de la Lectura en la Ilustración
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Identificación

Saludable medicina para las dolencias del siglo. Carta pastoral, que dirigió a su rebaño el Ilustrísimo Señor Francisco Alexandro Bocanegra

Francisco Alejandro Bocanegra y Jibaja
1778

Resumen

Francisco Alejandro de Bocanegra y Jibaja (1709-1782), Arzobispo de Santiago de Compostela y amigo de fray Diego de Cádiz, fue conocido por oponerse a los planteamientos ilustrados al entender que abrían la puerta a la irreligión. El texto es una extensa Carta pastoral en la que no duda en arremeter ferozmente contra los escritores impíos y los filósofos incrédulos como Voltaire, Rousseau y Montesquieu (Voltér, Rosó y Montesquiú en el texto). 

La obra se organiza en tres partes. En la primera describe críticamente las ideas de estos autores y expresa los peligros derivados de que se establezca su doctrina. La segunda es una demostración de la existencia de Dios y de la Revelación frente a los falsos argumentos esgrimidos por los escritores herejes. Finalmente, en la tercera parte expresa las «Razones graves para desviar a los jóvenes de la lectura de los malos libros». La misiva concluye con los «Elogios notables a favor de la religión revelada hechos por Rousseau y Montequieu cuando estaban en su sano juicio». 

La Carta en su conjunto defiende la idea de que es preferible no saber más que aquello que es necesario para lograr la felicidad eterna. Por tanto, mejor no dejarse seducir por la curiosidad y la lectura. Los libros no son necesarios en la vida ordinaria y menos todavía los que proceden de Francia (pp. 252-256). En consecuencia, la mejor forma de que los jóvenes se alejen de las lecturas perniciosas, cuyas ideas perversas se inoculan sin advertirlo, es evitando la ocasión de leerlos (p. 266): 

Con que siendo los que leen estas obras enteramente faltos de ciencia para rebatir las sutilezas que sus autores siembran en ellas y estando, por otra parte, igualmente vacíos de aquel filial amor que debían tener a la religión y a su autor, ¿qué efecto podrá seguirse de una lectura apasionada, ciega, delincuente, hecha con depravado fin y, por tanto, llena de temeridad? 

Los jóvenes son «lectores incautos», porque «como no está suficientemente instruido para conocer el artificio, simplemente va siguiendo y, sin advertir el tósigo que se le prepara, lastimosamente se embelesa y, con fruición, en vez de dolor, se halla preso en el anzuelo» (p. 274).

 

Descripción bibliográfica

Bocanegra, Francisco Alexandro, Saludable medicina para las dolencias del siglo. Carta pastoral, que dirigió a su rebaño el Ilustrísimo Señor D. Francisco Alexandro Bocanegra y Xivaja, Arzobispo, y Señor de Santiago, Capellan mayor de S. M. Juez Ordinario de su Real Capilla, Casa, y Corte, y Notario mayor del Reyno de León, Madrid: Joaquín Ibarra, 1778.
2 hs., 333 pp.; 8º. Sign: BNE U/5239.

Ejemplares

Biblioteca Nacional de España

PID  bdh0000076732

Cita

Francisco Alejandro Bocanegra y Jibaja (1778). Saludable medicina para las dolencias del siglo. Carta pastoral, que dirigió a su rebaño el Ilustrísimo Señor Francisco Alexandro Bocanegra, en Biblioteca de la Lectura en la Ilustración [<http://212.128.132.174/d/saludable-medicina-para-las-dolencias-del-siglo-carta-pastoral> Consulta: 03/04/2025].

Edición

RAZONES GARVES PARA DESVIAR LOS JÓVENES DE LA LECTURA DE LOS MALOS LIBROS

Pero aunque la religión en sí misma esté tan segura y nada deba temer de estas aguas salobres, en los que la profesan pueden ser, y son, muy perjudiciales los encuentros de sus corrientes, que siempre van con rapidez a derrocar la verdad y hacerla salir de sus márgenes. El único medio, pues, de evitar todo peligro es huir la ocasión, porque, si os quedáis en ella, atendida la flaqueza humana, siempre estaréis a riesgo de perecer. Decidme, hermanos míos, ¿cuántos son entre los cristianos los que saben con claridad sus dogmas? Echad una ojeada sobre el débil sexo, considerad la flaca juventud, mírese la mayor parte de los que componen el gran mundo y se oirá frecuentemente de la boca de los más de ellos, esto es, de los eruditos de este tiempo, que para ser verdaderos sabios, tienen por felicidad el no ser teólogos. Ved qué buen principio para estar impuestos en los dogmas de la religión, de la cual no tienen otra noticia que la que adquirieron de los catecismos, que es lo mismo que decir aquella que basta pa ra ser cristianos, pero no la que es menester para saber a fondo las verdades de la fe, y poder defender su doctrina de los que la combaten con tanta tenacidad y capciosidad. Esto supuesto (en que no puede haber duda, ni tergiversación porque de la misma experiencia consta) quisiera que me dijese cualquiera que tenga despejado el juicio, ¿qué podrá resultar en gentes de este carácter, desarmadas de principios y sin instrucción alguna si o por orgullo, o por diversión se abandonan a la lectura de aquellos libros en que con la más fina malicia se entra en la discusión de los puntos mas delicados, impugnando la religión con los mas sofísticos argumentos y burlándose de ella con las más venenosas sales y bufonadas?. ¿No es este un problema cuya solución pide muchísima sutileza en el que lo haya de resolver? Sin duda, hermanos míos, los que así se entreguen a esta lectura perniciosa, lo que experimentarán será que insensiblemente beberán el veneno mortífero, como que son inexpertos en la ciencia que es menester tener para repelerlo; e ignoran, por su falta de instrucción, cuáles son los confines que dividen la mentira de la verdad. Después, acostumbrando su oído al modo de hablar profano, que está hoy tan en boga, y rindiéndose ciegamente a los seducientes sofismas, que ya han tomado posesión de su ánimo no poco enfermo y ya casi desdeñoso de la verdad, de repente se encuentran seducidos y cambiados en ateístas, deístas, materialistas y libertinos de superior orden, sin advertir cómo o de qué manera les ha sucedido esta transformación.

Bien sé, y no lo puedo negar, que la anticipada feliz persuasión que a favor de la religión cristiana han sugido estos con la leche, bastará para tenerlos por algún tiempo fijos en la fe, no obstante el que por ventura se encuentren oprimidos de la dificultad y envueltos en mil argumentos a que ellos no saben responder. Pero también es verdad que es ta fe lánguida y desmayada cada día se irá entibiando más, y que aquella persuasión feliz, debilitada y oscurecida con las contrarias razones, será mirada luego como una preocupación de la infancia y, por consiguiente, depuesta o abandonada con esquivez. Digo más. No habiendo tenido, como he dicho, estos desgraciados hombres la ciencia de la religión con que poder desatar los sofismas en que se hallan abismados cuando leen los libros malos, lo que únicamente podría tenerlos firmes en su primera creencia es el amor a la religión, que propriamente se llama «pío afecto de credulidad». ¿Pero qué amor queréis que reine en aquellos que gustan de leer unos libros tan malignos, sembrados de escarnios contra la religión y de burlas contra su autor? Ni se me dé por disculpa que este deleite nace de la elegancia en el modo de hablar, de la gracia del estilo y de la vivacidad de los pensamientos, que en estos libros ordinariamente se echan de ver porque ¿cuál será el buen hijo que pueda llevar con paciencia, cuanto más con deleite, que se despedaza y se conculca el honor de su madre por más que las frases con que esto se ejecuta, estén vestidas de la mayor elegancia y el modo de zaherirla esté tejiido con el mayor chiste? Con que siendo los que leen estas obras enteramente faltos de ciencia para rebatir las sutilezas que sus autores siembran en ellas y estando, por otra parte, igualmente vacíos de aquel filial amor que debían tener a la religión y a su autor, ¿qué efecto podrá seguirse de una lectura apasionada, ciega, delincuente, hecha con depravado fin y, por tanto, llena de temeridad? Lo que se si gue es lo que por una fatal experiencia se demuestra y y es que en el principio vacilan, de aquí pasan a una especie de indiferencia y últimamente se transforman en libertinos firniés, atrevidos y descarados o, como solemos decir, de primera clase.


Así sucede, y siempre se debe temer que suceda, aun no considerando más que el carácter de aquellos lectores inexpertos y poco afectos a la religión, que se deleitan en leer los libros en que esta es escarnecida e impugnada. ¿Pues qué será, si a más de esto, se reflexiona sobre el carácter de los escritores libertinos que los publican, los cuales con el mayor esmero emplean los modos mas astutos y artes más fraudulentos para ofuscar la mente y pervertir el corazón de los que, por desgracia, aciertan a leer tales obras? Esta, hermanos míos, es una circunstancia muy agravante y por eso he querido prevenírosla a fin de que la tengáis presente para vuestra cautela.

Estos escritores, como tan sagaces e instruidos en los modos de engañar, no entran a combatir a cara descubierta, ni explican en lo exterior querer hacer guerra a Dios, a la Providencia y al Evangelio, ni a la Moral. Esto desde luego causaría horror y descubriría su mal fin, y así su máxima es afectar ordinariamente un grande aire de honestidad y de razón, y mostrar un sumo respeto hacia aquellos objetos en cuyo favor, conocen, está ya prevenido el mundo. Después, habiendo alentado, y aun casi asegurado al lector con esta fachada engañosa, se entran en materia y van sembrando sus insensateces.

El lector incauto, como no está suficientemente instruido para conocer el artificio, simplemente va siguiendo y, sin advertir el tósigo que se le prepara, lastimosamente se embelesa y, con fruición en vez de dolor, se halla preso en el anzuelo.

Para que lo veáis más claro pondré un ejemplo de Rosó [Rousseau] que en su libro del Emilio, hablando del Evangelio, dice lo siguiente:

Yo confieso que la majestad de la Escritura me sorprende: la santidad del Evangelio habla a mi corazón (¡qué hombre tan devoto!). Mirad los libros de los filósofos más grandes con toda su pompa, ¡cuán pequeños se muestran respecto de este! ¿Y cómo podrá ser dable que un libro tan sublime y al mismo tiempo tan simple sea obra de un hombre? ¿Y cómo se creerá que aquel de quien se cuenta la historia en él sea un simple hombre? ¿Hay por ventura en él el tono de un fanático o de un simple sectario? iQué dulzura y qué pureza en sus costumbres!.¡Qué gracia tan penetrante en sus instrucciones! ¡Qué sublimidad en sus máximas! ¡Qué sabiduría tan profunda en sus discursos! ¿Cuál es el hombre, cuál es el sabio, que sepa obrar, padecer y morir sin flaqueza y sin ostentación? Si la vida y la muerte de Sócrates fueron propias de un sabio, la vida y la muerte de Jesús fueron propias de un Dios. ¿Diremos que la historia del Evangelio fue inventada por capricho? No, por cierto; no tiene esto traza de ficción y las acciones de Sócrates, de quien nadie duda, son mucho menos auténticas que las de Jesús. Sería más difícil de concebirse que muchos se hubiesen concertado paar componer este libro que no el que uno solo hubiese suministrado su materia. No es posible que los escritores judíos hubiesen encontrado jamás semejante estilo ni semejante moral. El Evangelio tiene unos caracteres de verdad tan grandes, tan penetrantes, tan imposibles de imitarse que su inventor sería más admirable que los héroes.

Hasta aquí Rosó [Rousseau]. Decidme, hermanos míos, ¿puede darse descripción más elegante ni más bien ajustada?. ¡O cuánta:es la fuerza de la verdad que de tales bocas saca tales elogios! ¡Pero cuánta es también la humana malicia, que, conociendo así la verdad, la ultraja y la zahiere con iguales dicterios!

Después de este gran panegírico con que Rosó [Rousseau] celebra el Evangelio Santo, como obra propria de Dios y no de los hombres, sin mudar de pluma habla de él de esta suerte: 

No obstante, este mismo evangelio esté lleno de cosas increíbles, de cosas que repugnan a la razón, y es imposible que ningún hombre de sentido sano las pueda concebir ni admitir.

¿No está bueno el pasaje? ¿Pudiera esperarlo el que hubiese leído el primero? A la verdad este filósofo ha hecho aquí un papel muy vario. Él ha sabido hablar, como pudiera un apostol de Jesucristo, y después intempestivamente se ha transformado en apóstol del infierno. Pues esta es la conducta maliciosa que de ordinario siguen estos hombres sagaces, y ese el finísimo estratagema con que, por lo común, alucinan a sus lectores. ¡Oh!. Cuántos han caído así en la trampa y cuántos en lo succesivo caerán! Dios quiera que no. Para esto, hermanos míos, huid de tal peste. Abominad, os ruego, la lectura de obras tan malas donde no hallaréis sino perversidad. La Iglesia Católica abunda de libros doctos y (si queréis) curiosísimos que pueden ser materia de vuestro provecho y de vuestro divertimiento: frecuentadlos y estudiadlos que ellos os darán la utilidad. Esta es la ciencia, que os desea el apóstol y la que conduce a vuestra edificación. De las doctrinas varias y peregrinas no os dejéis jamás sorprender porque estas traen mucho veneno. Si es este, como de hecho lo es, el siglo de la luz, no seáis vosotros los borrones. Los que al presente se advierten en punto de creencia, en el modo de hablar y de pensar, en el lujo, en las modas provocativas, y en otras infinitas cosas, bastan, sin ponderación, para oscurecer, no digo yo un siglo entero, sino aun infinitos siglos, si fuesen posibles. Todo lo han eclipsado estos malvados hombres con sus perversas obras. Todo lo han afeado, o intentan afear con sus doctrinas infernales. Alerta, pues, mis amadas ovejas, no sea que por falta de precaución y de cuidado seáis también comprehendidas en estas redes del abismo. Probaos bien, como dice el apóstol, a ver si estáis firmes en la fe, y el criterio único es, si de hecho está Cristo en vuestro corazón; si no lo está, es señal de que sois reprobados, pero purgaos de este indicio con la penitencia y arrepentimiento. Añado, no sin grande amargura, lo que dice el mismo apóstol a los de Galacia, pero advierto que esto solo se dirige a los que se han dejado seducir:

¡Es posible que tan presto habéis apostatado y con tanta facilidad habéis hecho traición a el Evangelio de Jesucristo posponiendo sus verdades y máximas santas a las que os enseñan esos falsos apóstoles, que, por una fatal desgracia de nuestro tiempo, han venido ahora a perturbar el mundo!

No digo yo, siendo hombres tales, como os los he dibujado pero aunque fuesen ángeles de Dios, no los debierais creer, una vez que os predicasen contra lo que os han enseñado los legítimos ministros.

Es verdad que la sentencia de estos es estrecha, yo lo confieso. Es cierto también, y certísimo, que la Iglesia nuestra Madre no disimula nada, que prescribe reglas muy estrechas, que mortifica las pasiones que tiene a raya los apetitos. Pero esto mismo os ha de convencer de que es buena madre y que tiene todos los caracteres de justa. Entren los hombres el padre, que se llama, y merece el título de bueno, no es el que da gusto a sus hijos, sino el que los estrecha y corrije y, por no seguir todos los padres esta práctica, está la república bien desconcertada y lastimosa, como (con bastante dolor nuestro) nos lo acredita la experiencia.

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