Biblioteca de la Lectura en la Ilustración
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Identificación

Dénonciation des inquisiteurs de la pensée

Marie-Joseph de Chénier
1789

Resumen

El panfleto titulado Dénonciation des inquisiteurs de la pensée (1789) forma parte de la polémica que rodeó a Charles IX, ou L’école des rois (1789), tragedia que lanzaría a la fama a Marie-Joseph Chénier (1764-1811). La obra dramática había sido escrita entre 1787 y mediados de 1788, pero el censor Jean Baptiste Antoine Suard (1732-1817) no autorizó su representación. 

Dénonciation des inquisiteurs de la pensée es el segundo opúsculo que Chénier escribió durante la polémica, y es también el más extenso. El texto ya estaba listo para el 5 de julio de 1789, pero no se llegó a publicar sino a principios de agosto. Esta edición, además, contiene una carta del 17 de ese mismo mes (pp. 54-64), que el autor envío al Journal de Paris como respuesta a una alegación anónima (atribuida a Suard) a favor de la censura.

En esta ocasión, Chénier se propone «inspirar contra [los opresores que quieren perpetuar la tiranía] el odio que merecen» (p. 4) y, por ello, dedica gran parte del panfleto a denunciar una por una las distintas instituciones que ejercen algún tipo de censura. Las bases teóricas de las que parte son sencillas: «El derecho de los ciudadanos es igual [para todos]. Un ciudadano debe ser libre en todo lo que no dañe el derecho del otro. Por consiguiente, debe ser libre de publicar su pensamiento, hasta los límites comunes» (pp. 5-6). Por lo tanto, cualquier tipo de censura es intolerable, sobre todo si se considera la arbitrariedad que instaura, al remitir el control de las publicaciones al juicio particular de los magistrados (p. 6). Según el dramaturgo, la manera adecuada de combatir un libro inmoral es a través del desprecio público; al fin y al cabo, es la opinión del pueblo y no la censura la que debe castigar los excesos de los escritores (p. 38).

A partir de estas premisas, Chénier dedica los siguientes 17 apartados a analizar los distintos estamentos inquisitoriales que medran en Francia (pp. 7-35) y que él divide en dos bloques: aquellos que censuran las obras antes de su publicación y aquellos que lo hacen después (p. 6). Acto seguido, hace un balance:

La inquisición de los censores reales, la inquisición del teniente general de policía, la inquisición del magistrado de la librería, la inquisición del custodio de los sellos, la inquisición del ministro de París, la inquisición de los intendente de los Menus plaisirs, la inquisición de los gentilshommes de la chambre, la inquisición de los abogados, la inquisición de la Sorbona, la inquisición de los hacedores de cartas pastorales, la inquisición de los hacedores de requisitorias, la inquisición del ministro de asuntos exteriores, la inquisición de los gobernadores e intendentes de Provincia, la inquisición del servicio postal, la inquisición de la cámara sindical, la inquisición indefinida de todos los valets de Versalles. Suma total: diecisiete inquisiciones pesan en Francia sobre el espíritu de los ciudadanos (p. 41).

Aparte de enumerarlos, Chénier explica el modo en que cada uno de estos organismos o funcionarios ejerce la censura. Por ejemplo, arguye él, los censores reales se han ido especializando en distintas disciplinas, hasta el punto de que incluso la música cuenta ya con un intendente particular, «por miedo de que esta condenada filosofía, que desuela el reino, no venga a penetrar algún día en medio de las dobles corcheas» (pp. 8-11). Asimismo, el dramaturgo aprovecha la ocasión para atacar personalmente a Suard, el censor que había prohibido la representación de Charles IX (pp. 13-14).

Por otro lado, Chénier sostiene que todos los grandes escritores de Francia han sido perseguidos y han sufrido ataques, insultos e incluso encarcelamientos y exilios a causa de sus ideas (pp. 42-43). Sin embargo, es a ellos a los que la nación debe sus avances, puesto que, como afirma el poeta, «ellos solos prepararon la revolución que comienza» (p. 46). Después de todo, «sus escritos están llenos de un fuego sagrado que nos calienta e ilumina» (p. 46). Chénier mismo quiere seguir su estela, consagrando su vida a la patria y su odio a la tiranía (p. 48). Y esta vocación tiene, necesariamente, que afectar la manera de escribir de los autores: «El estilo orgulloso y apasionado», dice él, «es el de los amigos de la libertad. El estilo humilde y glacial es el de los amigos del despotismo. Yo no puedo escribir con el tono de un esclavo al denunciar la tiranía. ¡Maldito sea el escritor que no sabe decir la verdad que a medias, que compone, por decirlo así, con errores, y que acusa con tranquilidad las absurdidades indignantes!» (p. 49).

Por último, la carta abierta que reproduce al final (pp. 54-64) repite en gran medida los argumentos que ya ha expuesto aquí y en De la liberté du théâtre en France. Por tanto, basta destacar una sola idea: según Chénier, el teatro es mucho más seguro que los libros, dado que estos pueden ser publicados anónimamente y sin indicaciones de lugar o editor, mientras que se puede condicionar la representación de las piezas dramáticas a la declaración pública de la autoría. Hay, por ende, una manera de adjudicar responsabilidades, en caso de que se incumplan las leyes o se cometa calumnia. En este orden de ideas, si la censura es de por sí intolerable, aquella del teatro es, además, inútil (p. 61).

Descripción bibliográfica

Chénier, M. J. de [Marie-Joseph de], Dénonciation des inquisiteurs de la pensée, Paris: La Grange, 1789.
64 pp.; 12º. Sign.: 1 microficha; 105*148 mm. Sign: BNL Lb39-2240.

Ejemplares

Biblioteca Nacional de Francia

http://catalogue.bnf.fr/ark:/12148/cb372363415
ark:/12148/bpt6k481407

Bibliografía

Cita

Marie-Joseph de Chénier (1789). Dénonciation des inquisiteurs de la pensée, en Biblioteca de la Lectura en la Ilustración [<http://212.128.132.174/d/denonciation-des-inquisiteurs-de-la-pensee> Consulta: 29/10/2026].