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Identificación

Die Kunst Bücher zu lesen: Nebst Bemerkungen über Schriften und Schriftsteller [El arte de leer libros, incluyendo observaciones sobre escritos y escritores]

Johann Adam Bergk; Johann Adam Bergk
1797

Resumen

Johann Adam Bergk (1769–1834), discípulo de Kant y defensor de la Revolución francesa, fue profesor de Filosofía y Jurisprudencia en la Universidad de Leipzig, en cuya universidad realizó sus estudios sobre ambas disciplinas. Escribió bajo el seudónimo de Dr. Heinichen, recordando su ciudad natal. Sus numerosas publicaciones están directamente relacionadas con la filosofía kantiana que, junto al pensmaiento de Rousseau, constituyeron sus principales influencias. En las primeras décadas del siglo XIX fue muy conocido como periodista y editor de periódicos como Der europäische Beobachter y Die allgemeine Modern-Zeitung, eine Zeitschrift für die gebildete Welt.

Su tratado Die Kunst, Bücher zu lesen contribuyó a construir una cultura de la lectura en Alemania, así como a desarrollar la tradición literaria nacional. Evocando a Kant, desarrolló un planteamiento en torno a la lectura y el estudio basado en la idea de que el valor del conocimiento se alcanza cuando contribuye a la formación autónoma del individuo, al desarrollo de la razón, del juicio, de la moralidad y de la libertad. Aunque plantea una teoría racionalista de la lectura, incluye reflexiones acerca de la imaginación y enfatiza las responsabilidades del lector en su condición de tal. De ahí que proponga que las novelas tengan un propósito didáctico y que sirvan para ofrecer lecciones de moral que corrijan los vicios.

En relación con la Historia, sostiene que su estudio no consiste en el conocimiento de los datos, sino en comprender que las acciones, las ideas, las costumbres y los acontecimientos han contribuido al desarrollo cultural de la humanidad. Para ello, el lector debe poseer previamente nociones acerca del ser humano y del funcionamiento de sus facultades, de modo que pueda interpretar los hechos históricos atendiendo a sus causas, sus fines y sus consecuencias.

Esta concepción se extiende a las ciencias. Las disciplinas positivas, como la Teología y la Jurisprudencia, deben estudiarse distinguiendo lo que establecen históricamente las leyes y doctrinas de aquello que la razón considera verdadero, justo y moral. La razón debe conservar su función de guía y juez. La Medicina, en cambio, es presentada como una ciencia filosófica, porque debe investigar racionalmente las leyes y fuerzas del cuerpo humano. Del mismo modo, las ciencias físicas deben estudiarse buscando causas naturales, comprobando los hechos y examinando críticamente las explicaciones propuestas.

Bergk concedió gran importancia a las publicaciones periódicas. En su opinión, los periódicos y revistas permiten conocer el estado intelectual y político de una época, sus necesidades, debates, descubrimientos y preocupaciones. Sin embargo, deben leerse críticamente, pues especialmente la prensa política puede estar condicionada por el partidismo, la censura y la manipulación de los acontecimientos. Las críticas tampoco deben aceptarse ciegamente: el lector debe comprobar por sí mismo los argumentos y formar su propio juicio. La crítica literaria debería fundamentarse en razones, en el respeto a los autores, sin atacar a las personas ni dejarse influir por su posición social.

Respecto al estudio de las lenguas clásicas, rechaza que su principal utilidad consista en transmitir conocimientos científicos que los modernos han desarrollado más ampliamente. Su valor fundamental reside en la formación del gusto y del juicio estético. Las lenguas antiguas, al ser lenguas muertas, ofrecen modelos relativamente estables de belleza. La lectura de los clásicos permite además ejercitar la atención, el análisis, la comprensión y el conocimiento de las sociedades antiguas.

En cuanto a la lectura, debe realizarse siempre de manera activa. El lector debe seleccionar las obras, tomar notas, reflexionar sobre lo leído, reconstruir los argumentos y tratar de expresarlos con sus propias palabras. Conviene alternar materias y elegir obras ricas en ideas, originales y bien escritas. La conversación y la discusión sobre las lecturas favorecen asimismo el desarrollo intelectual.

En este sentido, el autor critica duramente la lectura pasiva y, especialmente, el consumo indiscriminado de novelas consideradas mediocres y, en general, las que responden al gusto popular. Según él, este tipo de lectura puede fomentar la inactividad, la superficialidad, el lujo, la dependencia de estímulos externos y el debilitamiento del pensamiento autónomo.

En definitiva, leer no debe constituir solo un pasatiempo o un instrumento para acumular información, sino para hacernos más racionales, cultos, independientes, libres, morales y conscientes de la  condición humana.

Índice

Prólogo
Capítulo I. Sobre libros y escritores
Capítulo II. ¿Qué significa leer libros?
Capítulo III. ¿Qué se entiende por el arte de leer libros?
Capítulo IV. ¿Cuál es la finalidad de la lectura?
Capítulo V. ¿Qué capacidad y fuerzas posee el ser humano por naturaleza?
Capítulo VI. ¿De qué manera y con qué medios puede desarrollar el ser humano respecto a su predisposición y sus fuerzas?
Capítulo VII. Sobre las Bellas Artes
Capítulo VIII. ¿Qué finalidad tiene la lectura de la obra de arte bella?
Capítulo IX. ¿Cómo deben leerse las obras hermosas para desarrollar el gusto?
Capítulo X. ¿Qué finalidad tienen las novelas?
Capítulo XI. ¿Cómo han de leerse las novelas?
Capítulo XII. ¿Cómo han de estar concebidas las novelas que han de servir de muestra de buen gusto?
Capítulo XIII. ¿Cómo han de leerse las malas novelas y qué utilidad tiene la lectura de las mismas?
Capítulo XIV. Sobre las novelas caballeresca y de fantasmas
Capítulo XV. Sobre la novela histórica y novela histórico-política
Capítulo XVI. Sobre las narraciones morales
Capítulo XVII. Sobre novelas románticas y místicas
Capítulo XVIII. Sobre novelas lascivas
Capítulo XIX. Apuntes sobre algunos escritores de novelas
Capítulo XX. ¿Cuál es la finalidad de la lectura de la comedia y cómo han de leerse las mismas?
Capítulo XXI. ¿Cuál es la finalidad de la lectura de obras de teatro y cómo han de leerse las mismas?
Capítulo XXII. ¿Por qué se leen las tragedias y cómo han de leerse?
Capítulo XXIII. Anotaciones sobre poetas de comedias, de tragedias y de obras de teatro
Capítulo XXIV. ¿Cuál es la finalidad de los poemas y cómo han de leerse?
Capítulo XXV. Anotaciones sobre poetas y poemas
Capítulo XXVI. ¿Cuáles son las obras de las Bellas Artes con las que debe iniciarse en su lectura la juventud?
Capítulo XXVII. ¿Cuál es la finalidad de la lectura de obras filosóficas y cómo han de leerse?
Capítulo XXVIII. ¿De qué manera y por qué orden han de leerse los escritos de Kant?
Capítulo XXIX. Anotaciones sobre escritores filosóficos
Capítulo XXX. ¿Por qué se leen escrituras varias y cómo han de leerse las mismas?
Capítulo XXXI. ¿Qué finalidad tienen los escritos históricos y cómo han de ser leídos?
Capítulo XXXII. Apuntes sobre los historiadores
Capítulo XXXIII. ¿Cómo han de leerse obras científicas teológicas, jurídicas, médicas, etc.?
Capítulo XXXIV. ¿Por qué se leen escritos periódicos y cómo han de leerse?
Capítulo XXXV. Anotaciones sobre los escritos periódicos
Capítulo XXXVI. ¿Por qué se leen lenguas antiguas y cómo han de leerse los clásicos?
Capítulo XXXVII. Anotaciones sobre algunos medios auxiliares en la lectura de libros
Capítulo XXXVIII. Sobre el público lector
Capítulo XXXIX. Conclusiones

Descripción bibliográfica

Bergk, Johann Adam, Die Kunst Bücher zu lesen: Nebst Bemerkungen über Schriften und Schriftsteller, Jena: Hempel, 1799.
416 pp.; 8º. Biblioteca Nacional de Viena, Sign.: 721973-B.

Ejemplares

Biblioteca Nacional de Viena

https://data.onb.ac.at/rec/AC09699615
https://data.onb.ac.at/rep/1097B00D

Bibliografía

Bledsoe, Robert, «Harnessing the Autonomous Work of Art: Enlightenment and Aesthetic Education in Johann Adam Bergk's Die Kunst, Bücher zu Lesen», German Life and Letters, 53 (2000), pp. 470-486.

Fiorillo, Vanda, Die politische als Pflicht im Jakobinischen Kantianismus von Johann Adam Bergk, Leipzig: 2001.

Van Horn Melton, James, The rise of the public in Enligthtenment Europe, Cambridge: Cambridge University Press, 2001.

Cita

Johann Adam Bergk; Johann Adam Bergk (1797). Die Kunst Bücher zu lesen: Nebst Bemerkungen über Schriften und Schriftsteller [El arte de leer libros, incluyendo observaciones sobre escritos y escritores], en Biblioteca de la Lectura en la Ilustración [<http://212.128.132.174/d/die-kunst-bucher-zu-lesen-nebst-bemerkungen-uber-schriften-und-schriftsteller-el-arte-de-leer-libros-ademas-de-comentarios-sobre-obras-y-escritores> Consulta: 29/10/2026].

Edición

PRÓLOGO

Quien reflexiona según las ideas y no según meros conceptos llega, mediante la prudencia y el esfuerzo, a dominar fácilmente cualquier materia que elija para su reflexión. Juzga todo conforme a fines que la razón le prescribe y por ello experimenta siempre un interés vivo e íntimo en la búsqueda de la verdad y de la justicia. Todos los objetos que guardan alguna relación con el ser humano le interesan y considera un deber sagrado adquirir conocimiento de todo aquello que pueda hacer realidad las tareas de su vida. Está libre del prejuicio de que algún asunto humano le sea ajeno, pues respeta a la humanidad y ha conquistado, mediante la lucha consigo mismo y con los demás, una receptividad siempre viva hacia todo lo que es y acontece. Su ánimo se ha convertido en un espejo en el que todas las cosas no solo se reflejan, sino en el que también permanecen de modo que puede siempre disponer de ellas con provecho.

Toda nuestra vida debe ser un esfuerzo por madurar. Todas nuestras facultades deben volverse activas por sí mismas y nuestro carácter debe llegar a ser independiente. No debemos dejarnos doblegar ni por la naturaleza ni por los seres humanos, sino reafirmarnos siempre como seres libres e independientes. Por tanto, todo lo que hacemos y decidimos debe orientarse al desarrollo y a la educación de nuestras facultades para la libertad y la actividad propia, a fin de que seamos capaces de atender a las exigencias de nuestra razón y de sostener siempre nuestra dignidad frente al ciego destino.

¿Qué medio más adecuado puede haber para formar nuestro espíritu que la lectura de libros? ¿Dónde encontramos un material tan rico y tan variado para ejercitar nuestras facultades y despertar en nosotros el interés por el pensamiento propio como en los libros llenos de ideas? ¿No han sido depositados en estas revisiones del espíritu los tesoros del pasado y las aportaciones de nuestros contemporáneos? ¡Cuánto nos importa, pues, saber para qué y cómo debemos leer libros! Pues, ¡qué ventajas nos esperan si adquirimos gran destreza en el arte de leer! ¡Qué placeres nos serán concedidos cuando sepamos manejar hábilmente este instrumento —la lectura—, y qué horizontes se abrirán ante nosotros cuando lleguemos a ser dueños de los múltiples materiales acumulados en los libros, procedentes tanto del mundo del espíritu como del mundo corporal!

Todo lo mecánico debe resultarnos un horror, porque en ello nos entregamos como víctimas a la materia. Debemos manifestar nuestra libertad allí donde dejemos ver huellas de nuestra existencia. Debemos acostumbrarnos a considerar nuestro cuerpo como un instrumento que el espíritu necesita únicamente para la ejecución de sus fines y que no tiene valor alguno si no se utiliza al servicio del espíritu; entonces también nos elevaremos del suelo, dirigiremos nuestra mirada hacia el cielo y consideraremos la vida como una escuela en la que hemos de llegar a ser libres y maduros. Quien en ocasiones no desprecia la vida no es digno de este don de los dioses y quien no se desprende repetidamente de la materia no intuye la alta misión que la divinidad le ha impuesto. Si, pues, contemplamos la vida desde puntos de vista morales, no prestaremos atención ni al peligro ni al esfuerzo que nos cuesta liberarnos de una carga que nos envilece y romper las cadenas que nos hacen considerar el breve lapso de nuestra existencia como el fin supremo.

El ser humano debe aprender a vivir en ideas y a dar forma a su aspiración conforme a ideales. Solo por medio de estos, muestra que es de origen más elevado, que no es hijo del polvo, sino criatura divina. Quien aún no se siente como en casa en la infinitud no aprenderá a juzgar correctamente ni a sí mismo ni a la naturaleza. Quien todavía no vive en el reino de los ideales, que son los frutos más nobles de la humanidad, camina aún en la oscuridad: vaga por un laberinto del que no encuentra salida y no percibe meta alguna cuya consecución corone su trabajo. Gira en círculos eternos y es un juguete del destino, que lo trata como a cualquier otra cosa, porque no contempla el mundo ni a los seres humanos con los ojos de la razón, sino que pretende modelarlo todo según meros conceptos.

El propósito de este trabajo ha sido considerar la lectura de libros desde un punto de vista que tiene su origen en la razón. He querido que se la entienda como una institución formativa para el despertar de nuestras disposiciones y el perfeccionamiento de nuestras facultades. Mi intención fue mostrar al lector cómo puede adquirir, mediante la lectura, la actividad autónoma del pensamiento y la independencia del carácter. Debe, ciertamente, reunir materiales, pero no dejarse someter por ellos, sino dominarlos libremente y aprender a considerarlos como moneda de cambio; pues ¿de qué nos sirve una riqueza de conocimientos que no podemos emplear para nuestro propio bien y para el bien de nuestros semejantes? En medio de toda abundancia estamos vivos y, sin embargo, muertos, y nos asemejamos al avaro que acumula solo por acumular. Cuán indigna ocupación es esta para el ser humano puede deducirse que todos los materiales que este reúne están destinados únicamente a la consecución de fines racionales, y de que todas las cosas deben servir al ser humano en cuanto ser dotado de libertad.

La lectura debe educarnos para la actividad propia; todas nuestras disposiciones han de ser despertadas por ella y todas nuestras facultades han de desarrollarse mediante ella. Los libros son, por ello, especialmente adecuados para fomentar nuestra madurez, porque son ricos en materiales interesantes y variados, y porque proporcionan al lector también un conocimiento de aquello hasta donde no alcanzan sus ojos ni llega su pie. Unen a la intuición los pensamientos, y a los sentimientos, los ideales; en cambio, el mundo y la naturaleza nos rodean únicamente con intuiciones, mediante las cuales se satisface nuestra sensibilidad, pero con demasiada frecuencia se sofocan las actividades de nuestro entendimiento y de nuestra razón. Los libros nos estimulan a pensar, nos muestran el camino que debemos seguir para iluminarnos sobre nosotros mismos y sobre el mundo. Activan varias facultades a la vez y nos proporcionan, mediante tal juego, un placer que actúa como estímulo para nuevos esfuerzos. Son, por tanto, para quien debe formarse a sí mismo, o aún no ha alcanzado la madurez de mente y corazón, un medio de formación más adecuado que cualquier otro que podamos emplear para nuestro propio bien.

He considerado cada ciencia y cada arte como especialmente aptas para la formación de una facultad determinada, porque el contenido que encierran es particularmente adecuado para ocupar dicha facultad y hacerla activa por sí misma, pues se comprende fácilmente que un poema es más apropiado para cultivar la imaginación que para desarrollar la razón, y que los escritos morales son más idóneos para formar la razón práctica que la sensibilidad.

Al principio extraje varios pasajes de otros autores, porque me parecían especialmente adecuados para demostrar mis afirmaciones mediante ejemplos. Sin embargo, a partir de la mitad del libro renuncié por completo a ello, ya que cada lector puede seleccionar por sí mismo pasajes de este o aquel arte, o de esta o aquella ciencia, para experimentar  a partir de ellos.

Los juicios que he emitido sobre escritos y autores son producto de mi sentir y de mi entendimiento. Puedo haberme equivocado en la valoración de los libros y de los autores. Sin embargo, para mí, lo que he dicho era verdad. He puesto por escrito mi convicción según mi propio criterio y reconozco en cada cual el mismo derecho.

He querido, con mi trabajo, ser útil a quien desea instruirse, y si mi intento no ha fracasado por completo y obtiene siquiera algún reconocimiento entre hombres pensantes, ello me servirá de mayor estímulo en la búsqueda de la verdad, aunque, al mismo tiempo, considere siempre el perfeccionamiento de mis propias facultades como uno de mis deberes más sagrados. Ciertamente, todo aquel que considera la cultura de la ciencia como el fin de sus escritos desearía que cada autor siguiera aquella regla de Horacio, pero ¡cuán a menudo el destino no es más imperioso y poderoso que todas las sabias reglas!

 

Leipzig, a 19 de abril de 1799

 

CAPÍTULO I
SOBRE LOS LIBROS Y LOS ESCRITORES

El ser humano es una fuente inagotable y eterna para el observador atento. Siempre cambiante, como el camaleón, y siempre nuevo, como la salida del sol, lleva en su seno un mundo que ningún espíritu finito podrá explorar por completo. Su vida transcurre, en parte, atada a los lazos de la necesidad; en parte, es producto de su libertad, la cual derriba todos los cálculos e investigaciones fundados en el mero mecanismo de la naturaleza.

Hoy el ser humano aparece como una bestia de carga paciente; mañana, como un tirano indomable. Hoy es bondadoso; mañana, despiadado. Hoy participa con el más sincero interés en todos los asuntos humanos; mañana contempla sin emoción cómo se asesina a miles. Hoy está dispuesto a sacrificar su vida por el derecho y la libertad; mañana rechaza a su hermano perseguido y desgraciado y lo arroja al polvo. ¿Quién puede desentrañar las causas de todas estas manifestaciones contradictorias que se suceden en tan breve tiempo en un mismo sujeto? ¿Y quién, siguiendo el hilo de la causalidad, logra penetrar en el reino de la libertad, donde la causa primera del ser y del obrar humanos yace en la oscuridad? De un mundo invisible brotan su actuar y su omitir, y provocan poderosas revoluciones en el mundo sensible. ¿Cómo se enlazan aquí causa y efecto? Por su voluntad es todopoderoso, y, sin embargo, todo mal y toda adversidad lo doblegan y lo vuelven humilde. ¿Dónde queda entonces la grandeza del espíritu y el desprecio de todos los sufrimientos que antes lo elevaban tan por encima de todo lo mortal?

Vivimos con y entre los seres humanos para cultivarnos, y solo hacemos escasos progresos en la formación de nuestra mente y nuestro corazón mientras no procuremos investigar los secretos de su obrar y su omitir, de sus inclinaciones y pasiones, de sus caprichos y de su carácter, pues necesitamos su ayuda para nuestra existencia. Por ello debemos estar siempre al acecho en el conocimiento del ser humano; debemos lanzarnos al bullicio de la sociedad, donde más de uno se muestra tal como es. Pero ¡cuán pronto nos cansamos del ruido que nos aturde!, y ¡cuántas veces nos desagrada el caótico espectáculo de la vida humana, en el que no se percibe ningún propósito! Necesitamos una distracción que sea a la vez recreo e instrucción. ¿Dónde podríamos buscarla sino en nuestros libros, que disipan el mal humor, ahuyentan las preocupaciones, alivian el dolor, elevan el espíritu y fortalecen el corazón? En ellos, el mundo ideal se ha mezclado con el real, lo celestial se ha unido a lo terrenal y así, reanimados con nuevas fuerzas y fortalecidos con nuevo ánimo, regresamos de la lectura de las obras de Wieland, Kant y Goethe al trato con los seres humanos.

Los libros son compañeros instructivos: los buenos enriquecen nuestros conocimientos y los malos nos llaman la atención sobre los defectos que en ellos predominan y nos inducen a innumerables desviaciones en el pensamiento.

En los libros ingeniosos nos leemos a nosotros mismos, si tenemos entendimiento: nos responden a todo aquello que deseamos saber. Halagan los deseos de nuestro corazón, alimentan la imaginación, forman el gusto y agudizan la capacidad de pensar. Pasamos de los amenos campos del mundo de las ideas al ruidoso y triste caos de la vida real, pero nunca sin el vivo deseo de idealizar el mundo y de ordenar nuestra vida conforme a los preceptos de la razón. Llegamos a amar el bien y, finalmente, nos atrevemos a la acción heroica de hacer el bien porque es nuestro deber.

Los buenos libros nos hacen sabios y prudentes: habríamos caído en innumerables errores si no hubieran desenmascarado las ilusorias apariencias del mundo. Nuestra educación nos vuelve supersticiosos, porque pasamos los primeros años de la vida en manos de criaturas ignorantes y negligentes en cuyo espíritu no se ha arraigado más que la superstición. ¿Quién nos rescata entonces de los fantasmas de nuestra propia imaginación y quién extirpa la falsa creencia que ha echado raíces tan profundas? ¿No son las enseñanzas, orales o escritas, las que nos liberan de este tormento interior?

El mundo pierde en los libros lo insípido y monótono que a menudo nos causa tedio y desánimo. Se vuelve lleno de acción, elocuente, atractivo y aleccionador, y aumenta el interés que ponemos en los juegos de la imaginación. El pensador perspicaz, el observador cuidadoso, que nos comunica en los libros el tesoro de su experiencia y el resultado de su reflexión, nos llama la atención sobre conexiones y relaciones de las que quizá no habríamos sido conscientes. Por ejemplo, cuando un excelente observador nos dice: «Si se han de comunicar muchas noticias tristes, no se debe pasar de la menor a la mayor, sino de la mayor a la menor, pues entonces la noticia menos terrible se convierte en motivo de consuelo»; o: «Es un rasgo singular de la naturaleza humana que no se irrita tanto contra los vicios como se encona contra las debilidades. Muchas amistades se rompen de este modo. Podemos odiar los vicios de un amigo y, sin embargo, seguir amándolo, pero sus pequeñas debilidades las odiamos especialmente cuando coinciden con las nuestras, y desde ese momento dejamos de amarlo»; o: «Un padre, aunque sea librepensador, ve con agrado que su esposa y su hija recen»; o: «Se ha observado que la mayor parte de las mujeres de cuyo favor presumen los petimetres tienen un corazón frío, sentimientos bastante comunes y mucha obstinación. No es el entendimiento, ni el amor, ni siquiera la sensualidad lo que determina su elección. Arranques de necedad excitan su imaginación por un hombre que, sucesivamente, se convierte en objeto, cómplice y víctima de un capricho pasajero. Un pretendiente les agrada solo porque fue el primero en presentarse como tal, y pronto es sacrificado a un segundo, que no tiene otro mérito que haber llegado después»; o: «A menudo no le desagrada a un hombre que su mujer sea celosa: así oye hablar con frecuencia de la persona que ama»; o: «Aquello que se desea con ardor pierde valor en cuanto se posee y nada pasa de nuestra imaginación a la realidad sin perder algo»; o: «Muchas jóvenes creen amarrar más firmemente a sus amantes permitiéndoles ciertas libertades, pero esto es precisamente la muerte del amor»; o: «Las personas alegres tienen más inclinación amorosa; las serias, más amor verdadero»; o: «Cuantos más conocidos se tienen, menos amigos se encuentran. Quienes se exhiben en público rara vez tienen amigos íntimos. Quien tiene al público por amigo tiene pocos o ningún amigo privado. Se cree que las puertas del corazón de aquella persona han sido abiertas y cerradas tantas veces que ya no pueden sostenerse»; o: «De aquello que sabemos y de lo que estamos convencidos hablamos poco. En cambio, a las cosas de las de las que no estamos convencidos les damos fundamento con cierto ardor: buscamos, al convencer a otros, convencernos también a nosotros mismos».

¡Cuántos fenómenos se han captado y explicado en estos pasajes que otros no habrían sabido percibir y, mucho menos, comprender en profundidad! Un pensador convierte la experiencia en escuela de sabiduría. Hace que esta hable con mil lenguas, aunque antes la consideráramos muda. Su agudeza penetra en el caos de los efectos del espíritu humano y nos ofrece el hilo que nos permite adentrarnos en el laberinto de nuestro propio interior y aprender a comprender sus actividades. Desentrañamos los movimientos de nuestro espíritu que, de otro modo, no habríamos sabido distinguir, y aprendemos a leernos a nosotros mismos.

El poeta nos enseña a disfrutar de la vida con gusto, el filósofo ilumina la oscuridad que existe dentro y fuera de nosotros. Aquel esparce flores por el camino de nuestra vida, este retira las espinas que nos impiden seguir avanzando. Aquel pone en juego la imaginación y el propio trabajo se convierte en entretenimiento; olvidamos las desgracias reales que pesan sobre nosotros mientras nos transporta mágicamente a otro mundo. Este, en cambio, nos infunde valor para elevarnos por encima de las adversidades que parecen ser el destino constante de los mortales al mostrarnos la fuente de la que podemos extraer la grandeza de espíritu y el desprecio de lo terrenal. Aquel vivifica toda la naturaleza y la puebla de las encantadoras criaturas de la imaginación, que nos proporcionan el mayor placer; este nos hace comprensibles sus secretos. Aquel hace surgir a nuestro alrededor un Elíseo [1]; este nos lleva, sobre las alas de las ideas, hasta la morada de la divinidad.

Cuando el mundo no nos comprende, cuando somos objeto de burla o de calumnia, cuando la muerte nos arrebata a un ser querido, ¿dónde encontramos fortaleza y consuelo? Nuestro envoltorio terrenal sucumbe bajo el dolor que corroe nuestro corazón y la debilidad del cuerpo repercute en el espíritu: este queda, por tanto, demasiado falto de fuerzas como para poder elevarse por sí mismo por encima de lo terrenal y encontrar alivio. Nos apresuramos entonces a acudir a un libro que se lamenta con nosotros, nos compadece y comparte nuestros dolores. Encontramos sosiego, nuestro espíritu recobra el ánimo y, fortalecidos, regresamos al mundo.

Nuestro cuerpo es atormentado por los dolores más terribles y nuestro espíritu sucumbe impotente bajo la carga que el destino ha depositado sobre nosotros. Pensamos únicamente en nuestros sufrimientos; estos absorben toda nuestra atención y, por ello, se vuelven cada vez mayores y más intensos. Fantasmas y quimeras nos atormentan, y nuestra vida se convierte en un cúmulo interminable de tormentos creados por nosotros mismos. ¿Qué medios existen, pues, para calmar nuestro dolor y ahuyentar los espíritus atormentadores de nuestra mente? Debemos refugiarnos en un libro que nos invite a la reflexión más profunda, que sea rico en ideas, atractivo por las nuevas perspectivas que nos ofrece y reconfortante para el corazón. Nuestros sufrimientos desaparecen, los sepultamos en la no conciencia de ellos. Al dejar de atender a su existencia, extingimos el dolor y tranquilizamos el ánimo. Los seres humanos son poderosos en cuanto dominan sus propias representaciones y este dominio les será concedido en la medida en que sepan gobernarse a sí mismos y quieran ser dueños de sí por medio de la razón y la libertad, renunciando a la esclavitud de sus apetitos y pasiones animales.

¡Cuántas veces nos invade un tedio mortal y un amargo descontento! El antídoto con el que podemos destruir estos espíritus atormentadores son los libros ingeniosos, que llenan el vacío de nuestro ánimo, vacío que nuestro espíritu no puede soportar, y que, si se prolongara, nos precipitaría o bien a la locura, o incluso nos convertiría en presa de la muerte.

¿Quién nos salva del odio a los hombres cuando vemos al bribón honrado, al justo desconocido, al astuto recompensado, al malvado en la abundancia y al inocente en la cárcel, cuando vemos desencadenarse la envidia, la avaricia, el egoísmo, la ambición insensata, la malicia, el espíritu de partido y todas esas pasiones odiosas que devastan la tierra y degradan a los hombres? ¿Quién nos sostiene entonces y quién hace soportable nuestro destino cuando sucumbimos ante estos monstruos que se abalanzan sobre nosotros? Ningún remedio físico cura estos males, ninguna fuerza material puede extirparlos: tienen su asiento en la naturaleza moral, adonde no alcanza la física. Solo lo espiritual proporciona un remedio eficaz. Los pensamientos son las medicinas que obran en nosotros una revolución hacia lo mejor. Recordamos nuestra dignidad y despreciamos la furia destructora y las injusticias de los hombres.

Pero ¿cómo aprehender estos pensamientos, capaces de obrar tales maravillas, cuando nuestro espíritu es arrastrado de un lado a otro sobre el océano tempestuoso y no encuentra reposo para reflexionar? Solo los libros afinan de nuevo las cuerdas de nuestro espíritu y nos ofrecen un bálsamo de vida. Por su lectura adquirimos nuevas fuerzas y volvemos a encontrarnos a nosotros mismos. Debemos, pues, arrojarnos a las corrientes de la vida puestas en movimiento por las ideas: ellas reconcilian nuestro espíritu consigo mismo y hacen de la envoltura terrenal, que ya queríamos abandonar, una morada nuevamente agradable. Los libros poseen una fuerza mágica: son evocadores de espíritus, hacen visible lo invisible, vivifican lo muerto, vuelven presente lo pasado y lo futuro, dan voz al desierto y hacen descender el cielo a la tierra. Aplacan las tempestades del alma, curan los dolores del cuerpo y del espíritu, y nos muestran el camino hacia la verdadera felicidad.

Mas los libros no solo nos consuelan y derraman calma en nuestra alma, sino que también nos instruyen y nos enseñan a conocer la naturaleza y al ser humano. ¡Cuántas veces un destino adverso nos niega la compañía de los hombres! ¡Cuántas veces las circunstancias sociales nos relegan! Y, sin embargo, ¡qué necesario y provechoso es observar al ser humano en las más diversas situaciones! Nuestras sociedades refinadas están abiertas únicamente al nacimiento, a los títulos y a la riqueza; en cambio, a la humildad, a la falta de rango y a la pobreza se les niega todo acceso.

Pero aun cuando disfrutemos de la fortuna de contemplar la abigarrada variedad de la vida humana, ¿estamos realmente en condiciones de descomponerla y observarla con provecho? ¿Sabemos cómo y qué debemos observar y por dónde empezar? El caos confuso que se presenta ante nosotros a menudo nos confunde también a nosotros mismos. Se apodera de nuestro espíritu y caemos en una oscuridad de la que no encontramos salida. En los libros, en cambio, los fenómenos se nos presentan de manera aislada; por ello podemos comprenderlos con facilidad. Nuestro espíritu está a salvo del aturdimiento y dispone del tiempo necesario para hacerse inteligible todo y enlazarlo con sus experiencias previas.

La mayoría de los hombres anhela la tranquilidad y todos saben que deben abandonar sus necedades, no conceder prórroga a sus vicios y defectos, sino esforzarse con empeño en despedirse de ellos. Pero ¿quién se representa la vanidad de la promesa de enmendarse, el peligro de aplazar ese propósito en tal conexión, y quién lo describe con tanta fuerza y verdad como lo hace Steele en El Espectador inglés dice:

Difícilmente habrá un hombre reflexivo, enredado en los asuntos del mundo, que no suspire en secreto por librarse de la confusión y de las molestias que padece, y que no haya tomado la resolución de retirarse, tarde o temprano, a un estado más conforme con el fin de su existencia. A diario se oye a personas en sociedad confesar que todo el honor, el poder y las riquezas que aspiran a adquirir no pueden proporcionarles tanto placer como para compensar siquiera la mitad del disgusto que deben soportar en su persecución o en su posesión. Mientras un hombre se encuentra en esta disposición de ánimo, y esto ocurre muy a menudo, ¡cuán poco está en armonía consigo mismo! Cansado de todas las cargas que ha de soportar, no tiene, sin embargo, el valor de renunciar a ellas; la soledad y el recogimiento es lo que le falta, y, sin embargo, no puede abandonar el mundo. Mientras suspira por la sombra y el retiro, sigue deseando aparecer en las escenas más brillantes de la vida; y esto es, en verdad, tan razonable como si un hombre que desea dormirse pidiera cada vez más luz.

El hombre de negocios cree siempre que solo le queda un asunto más por resolver y entonces —asegura él mismo— se despedirá de todas las vanidades de la ambición. El hombre de placer está decidido, por fin, a acabar con su vida disipada y a despedirse cortésmente de su amada, pero el ambicioso se ve envuelto a cada instante en nuevos planes, y el amante descubre nuevos encantos en el objeto que en su imaginación creía poder abandonar con tanta facilidad. Es, por tanto, pura fantasía esperar que un cambio de lugar o de circunstancias modifique nuestra conducta; estemos donde estemos, siempre nos perseguirán las mismas pasiones mientras no hayan sido vencidas, y jamás podremos vivir satisfechos en la más profunda soledad mientras no seamos capaces de estar, en cierto modo, satisfechos incluso en medio del bullicio y de los negocios del mundo [2].

[...] ¡Cuántas veces nos repugna el mundo real y huimos al mundo de la imaginación para disipar ese desagrado y evitar la monotonía! La imaginación, por tanto, requiere cultivo, el cual adquirimos principalmente mediante la lectura de obras de Bellas Artes [3]. Si descuidamos por completo su formación o la menospreciamos, nos convertimos en hombres vulgares, sobre todo si evitamos el goce de la naturaleza libre y nos enterramos en las grandes ciudades, donde los hombres parecen todos cortados por el mismo patrón, ya que la moda y el modo de vida artificial han embotado todas las cualidades originarias del espíritu y sofocado todos los gérmenes naturales. Los poetas nos ofrecen, para salvar y conservar nuestra humanidad, un mundo que nos infunde nueva vida, que nos preserva de la unilateralidad que nos acecha constantemente y nos reconduce a la naturaleza, de cuyo camino nos han apartado nuestras costumbres y artificios.

El hombre siente nuevas fuerzas y despierta a un nuevo goce de la vida y a una nueva actividad cuando recrea su mirada en los campos eternamente florecientes de la poesía. Recuerda de nuevo su humanidad cuando ve ante sí la naturaleza evocada en toda su magnificencia y belleza. El poeta presta a la naturaleza, que, agotada por las ocupaciones del día, parece muda para nosotros, una voz que hace vibrar todas las cuerdas de nuestro corazón y despierta los sentimientos de amistad, amor, compasión y nobleza. Todo avanza con lentitud cuando no arde en el hombre el fuego de la imaginación. Pero el mundo real lo apaga con su uniformidad y con los sufrimientos y miserias que prodiga tan abundantemente: vuelve a los hombres perezosos y fríos, y priva a la humanidad de un impulso que la incita a grandes y heroicas acciones. Solo la lectura de los poetas y el frecuente contacto con la naturaleza mantienen viva esa llama y la alimentan. Quien no encuentra gusto en los poetas puede ser un buen calculador, pero nunca un gran hombre. Jamás emprenderá nada audaz. Quien no se deleita en los encantos de la imaginación no vive una vida humana, sino meramente vegetal. Es un juguete de un mecanismo ciego y no un hombre libre que somete el destino a su voluntad. La imaginación, mediante su actividad, pone en movimiento todas las facultades del espíritu: el entendimiento piensa de forma lúdica, y la razón trata de reunir la variedad encantadora que la imaginación ha suscitado. Los poetas, portavoces e intérpretes de la imaginación, nos instruyen y nos deleitan al mismo tiempo. [...] 

Los libros están hechos para leerse, no para adornar habitaciones. Las encuadernaciones ostentosas son como cerraduras de exhibición que no nos atrevemos a forzar; ¡qué fácilmente podría ensuciarse el hermoso exterior! Quien, por tanto, destina sus libros a la lectura, no debe vestirlos con ropajes lujosos, pues de lo contrario su contenido le quedará eternamente oculto. Deben presentarse con ropa de diario, para servir al uso cotidiano: las encuadernaciones suntuosas son trajes de fiesta, hechos para el lucimiento, no para el uso diario. Es una fortuna para la cultura del espíritu humano que pocos libros aparezcan en ediciones de lujo, pues estas convierten un libro en un castillo encantado en el que nadie habita y que nadie se atreve a abrir.

Poseer un número demasiado grande de libros suele apartarnos de su estudio riguroso. Hacemos como cierto estudiante que considera sus cuadernos copiados como la erudición adquirida en la academia. Creemos poder ahorrarnos el esfuerzo de apropiarnos, por nosotros mismos, de las ideas de otros y de incorporarlas a nuestra mente, solo porque las tenemos en nuestros libros. Así, más de uno se tiene ya por perspicaz y erudito simplemente por poseer una biblioteca numerosa. Solo los libros útiles y las obras maestras deberían ser nuestros compañeros. Una cantidad excesiva de libros, como todo exceso, nos inspira hastío y desprecio incluso por lo más excelente. Surge desgana cuando se amontonan a nuestro alrededor grandes masas de alimento espiritual.

Leemos menos los libros que poseemos cuando vivimos en un lugar donde hay grandes bibliotecas públicas y siempre podemos elegir lo más reciente. Solemos leer primero los que no son nuestros; por eso, los libros ajenos nos aprovechan más que los propios. La lectura de los nuestros la aplazamos siempre para el futuro, pero ¿cuándo llegará ese momento?, ¿cuándo tendremos el deseo de dedicarnos al estudio de nuestros propios libros?

Es un gran error leer superficialmente un libro instructivo: tomamos solo el caldo y después ya no sentimos deseo de volver a él o no encontramos tiempo para hacerlo; así, los más excelentes tesoros del conocimiento de la naturaleza y del ser humano se pierden para nosotros. Rara vez logramos decidirnos por una segunda lectura de un libro cuyo contenido principal ya conocemos y este es, sobre todo, el destino de las obras de las Bellas Artes, que por ello debemos leer por primera vez con la mayor atención.

Se suele hacer una distinción entre libros buenos y malos, útiles y perjudiciales, pero ¿en qué se diferencian realmente unos de otros? Todo libro es bueno si aumenta nuestros conocimientos. ¿Existe acaso el mismo grado de saber entre los hombres o no es este tan diverso como ellos mismos? ¿Se puede, pues, afirmar que un libro es absolutamente bueno y otro absolutamente malo, o no habrá que referir más bien ese juicio a la propia persona a la que el libro puede ser útil o no? La diferencia consiste, por tanto, en el más y el menos. Todos los libros son buenos en la medida en que de ellos puede aprenderse algo, incluso el peor nos hace notar carencias y vacíos en nuestros conocimientos que antes no advertíamos, al esforzarnos por suplir con nuestro propio pensamiento la falta de ideas en él. Por eso, es un juicio precipitado afirmar que un libro es completamente inútil solo porque no nos resulta útil a nosotros, pues siempre hay personas cuya capacidad intelectual y nivel de conocimientos se ajustan a él, y que pueden aumentar con él su saber. El hombre ingenioso vuelve ingenioso todo, pero a una mente vacía, hasta el libro más brillante le parecerá vacío y sin interés. Quien no tiene inclinación a pensar por sí mismo, tampoco verá despertada su atención por los escritos de Christoph Martin Wieland ni de Johann Wolfgang von Goethe [4].

Aún más infundado y llamativo es el reproche que se hace a ciertos libros por el supuesto daño que causan. Si un escritor nos describe la corrupción de las costumbres y la bajeza de las formas de pensar, tal como, ¡por desgracia!, se encuentran con demasiada frecuencia en el gran mundo y entre las clases altas, enseguida se clama contra la perniciosidad de su publicación y se dicta una sentencia de condena contra el autor y su obra, aunque uno mismo no se avergüence de exhibir públicamente sus propios vicios y su depravación. ¿Por qué no se abandona, en cambio, esa propia disposición vergonzosa y se renuncia a una vida viciosa? ¿Por qué no se trabaja en mejorar las costumbres de los hombres mediante la enseñanza y el ejemplo que los gobernantes deberían dar y en ennoblecer una mentalidad corrompida?

Todo lo que se muestra en el mundo, ya sea virtud o vicio, sabiduría o necedad, puede servir de materia para un libro que, bien elaborado, resulte instructivo y útil para miles. Además, el vicio y la necedad no son tan amables ni atractivos como para seducirnos y cautivarnos, antes bien, deberían suscitar rechazo y desprecio en todo ánimo no corrompido. A quien ya tiene el corazón corrompido, tales libros pueden resultarle dañinos, cuando representan al mundo con sus placeres y excesos, pero no al puro, que es capaz de transformar incluso lo impuro en oro. Si existen infamias y vicios en el mundo, ¿por qué no habría de conocerlos todo el mundo? Cuando son públicamente señalados, o bien desaparecen por completo, o al menos dejan de mostrarse tan abiertamente y con tanta desvergüenza como antes. Solo la criatura más depravada, la que comercia con su propio cuerpo y se entrega a cualquiera para satisfacer sus instintos animales, carece ya de pudor ante el público; cualquier otra persona procurará evitar exponer sus vicios y su bajeza de forma tan abierta. Es necesario conocer al ser humano en todas sus situaciones, incluso en aquellas en que ha caído más bajo, pues entonces el temor a la vergüenza y al desprecio público del que ningún malvado ni vicioso puede escapar, si no el respeto al deber mismo, nos aparta de tales desvíos. Donde la ley moral no basta, debe actuar el miedo. Es preciso conocer los extravíos del corazón humano, pues aquello que no se conoce puede arrastrarnos, sin saberlo ni quererlo, a nuestra mayor desgracia. Por tanto, los libros que nos presentan fielmente la inmoralidad del mundo mediante la magia de la imaginación son ejemplos de advertencia que disuaden a miles de caer en la deshonra. Estigmatizan el vicio que antes brillaba con el mayor esplendor y lo expulsan de nuevo a la oscuridad de la noche, donde antes ocupaba el trono. Solo el propio vicio puede inducirnos a la ilusión de que prohibir tales libros en los que se describen con fidelidad los excesos y necedades del mundo aumentaría la virtud, erradicaría el vicio, purificaría las costumbres y ennoblecería la manera de pensar.

Aún más extraños son los reproches que se hacen a ciertos libros por las opiniones que contienen, consideradas peligrosas para el Estado, la fe y las buenas costumbres. Se los prohíbe porque aquello que contradice nuestra manera de pensar y de sentir se juzga ofensivo para la opinión pública, y la transgresión de estas prohibiciones se castiga a menudo con las penas más severas. Pero ¿de qué sirven tales medidas, si no hacen sino considerar justas la fe ciega y la ambición de dominio? Los libros prohibidos se leen igualmente y por tanto la prohibición no ocasiona un gran daño en ese sentido. Sin embargo, produce un efecto mucho más perjudicial para el cultivo del espíritu humano y para la búsqueda de la verdad. Tal efecto es la ilusión de que las opiniones vigentes son la verdad pura y que, por consiguiente, puede abandonarse sin peligro su investigación. Al difundir esta idea, se proporciona a la razón un cómodo lecho de reposo, desde el cual, en lugar de dudar e investigar, mira con orgullo y desprecio todo lo que no coincide con las opiniones aceptadas, lo rechaza sin examen y abre así las puertas a la superstición y al escepticismo vacío, al fanatismo y al vicio. El escepticismo es un gran beneficio para el espíritu humano y felices son los mortales en quienes habita el impulso de buscar razones para todo, de rechazar lo infundado y de no tocar lo excesivamente sensible por considerarlo incognoscible. Ellos prestarán mayores servicios al mundo y a sí mismos que los creyentes que nunca dudan de aquello que desde la juventud se les ha inculcado con un temor reverencial, y que persiguen y odian a todo aquel que no contempla lo irracional en el mismo espejo teñido en que ellos están acostumbrados a verlo. David Hume dio origen a Immanuel Kant, porque este comprendió la indicación que aquel había dado acerca de la aplicación del principio de causalidad y porque se atrevió a dudar del método filosófico hasta entonces vigente.

Muchos creen estar en plena posesión de la verdad, pero ¿sabemos acaso qué es lo verdadero en las cosas? ¿Y es, en realidad, verdad para todos los hombres aquello que a nosotros nos parece serlo? ¿Es tan común la verdad que basta con abrir los ojos para contemplarla en todo su esplendor? ¡Ay!, por desgracia hay muy pocas verdades para quien no cree ciegamente, sino que duda, para quien no es un extraño en su propio interior, sino que conoce las leyes y los límites de sus facultades. Todo nuestro conocimiento debe comenzar con la duda, ¿y pretendemos haber entrado en el reino de la verdad mediante una fe voluntaria? Quien nunca ha dudado, nunca ha saboreado la dulzura de una verdad conquistada por sí mismo y quien no se atreve a mirarla de frente no es digno de este hijo del cielo. El creyente lo tiene todo por verdadero: ya se le cuente un cuento de nodriza o se le demuestre la realidad de un fenómeno del mundo exterior con las razones más sólidas, ambos tienen para él el mismo valor. ¿Permanecemos siempre los mismos como para aferrarnos con tanta obstinación a la verdad de lo que en otro tiempo tuvimos por cierto? Todo cambia en nosotros: nuestro cuerpo y nuestro espíritu. Nuestro entendimiento se desarrolla cada vez más y adquiere, mediante el ejercicio, una mayor capacidad de reflexión. Nuestros conocimientos aumentan, ¿y cómo podría seguir siendo realidad y verdad para nosotros todo aquello que antes considerábamos como tal? Nuestra manera de pensar y de sentir se transforma, ¿y no proyectamos a menudo esas mismas disposiciones sobre aquello que nos parece verdad?

El ser humano parece no estar destinado en esta tierra a poseer la verdad, sino únicamente a buscarla. Hoy nos sonríe el campo que ayer nos parecía un desierto; hoy nos reconforta la idea de un gobernante moral del mundo y mañana nos entristecemos al ver sufrir al justo y prosperar al malvado; hoy se abre ante nuestros deseos una magnífica perspectiva de ver a la humanidad mejorada y feliz, y mañana vagamos en la oscuridad, porque un solo día destruyó el bien que siglos habían construido. No pronunciemos, pues, nunca una sentencia de condena contra quien piensa de otro modo y contempla las cosas de manera distinta a nosotros, ni contra quien no cree en aquello de lo que nosotros jamás hemos dudado. Ninguna opinión es dañina, salvo la creencia en la infalibilidad y la ilusión de estar desligado de la ley moral y del derecho y, sin embargo, tampoco esta última debe ser condenada ni castigada, pues es una opinión: solo las acciones que, conforme a tal disposición, lesionan el derecho ajeno merecen castigo. Los seres humanos son inconsecuentes y un librepensador en cuestiones morales no es por ello un héroe en acciones malvadas. La naturaleza humana impide muchas cosas que el razonamiento considera posibles: es más poderosa que toda sofistería. Las herejías preservan al espíritu humano de la torpeza y del letargo; lo extraordinario y lo inusual lo incitan a una actividad que el curso ordinario de las cosas no despertaría. Un error al que hemos llegado por nuestro propio pensamiento vale más que un puñado de verdades que otro nos ha dado como limosna y una equivocación que es fruto de nuestra propia actividad nos hace más felices que una multitud de proposiciones demostradas cuya evidencia no hemos comprendido por nosotros mismos. Solo la armonía entre nuestra actividad y nuestra razón nos hace felices; la desarmonía destruye la paz de nuestro corazón.

Las expresiones «buenos» y «malos», «útiles» y «perjudiciales» libros son, por tanto, conceptos relativos: lo que beneficia a uno perjudica a otro; lo que instruye a uno resulta completamente incomprensible para otro. ¿Por qué exigimos entonces únicamente buenos libros? ¿Poseen acaso todos los hombres la agudeza de Immanuel Kant, el talento de representación de Johann Wolfgang von Goethe y el conocimiento del ser humano de Christoph Martin Wieland? Si solo se escribieran libros de esa clase, que nosotros llamamos buenos, el número de lectores sería muy reducido y la utilidad de la lectura quedaría muy limitada. Quien hoy lee con agrado una novela de Cramer o Spieß, sin duda encuentra poco placer en las obras de Wieland o Goethe. Si no existieran escritores del primer tipo, toda lectura le resultaría tediosa; y aunque lo que lee ahora no le enseñe mucho bien, al menos lo aparta de más de un mal. Pero incluso el peor de los escritores tiene la utilidad de mantener ocupado el espíritu y cabe esperar que finalmente despierte en el lector el deseo de pensar por sí mismo. Ahuyenta el letargo del espíritu, aunque no le infunda nueva vida. La diferencia entre los buenos y los malos libros consiste en que aquellos proporcionan un provecho positivo, mientras que estos ofrecen uno negativo: los primeros aumentan nuestros conocimientos mediante el caudal de observaciones que contienen sobre el ser humano y la naturaleza; los segundos nos arrojan juguetes que nos preservan del aburrimiento y nos protegen contra el mal.

La lectura de un buen libro nos proporciona tanto placer como aumenta nuestros conocimientos. Si leemos el siguiente pasaje, nos sentimos a la vez instruidos y deleitados:

Los ejemplos son más poderosos que las palabras ¿Y no hay acciones elevadas y poéticas a las que el fuego de la imaginación no solo no se opone, sino que incluso produce tal disposición del espíritu y del corazón? ¿Qué es el brillo deslumbrante de las palabras frente a una acción noble? Por esta uno queda conmovido, sobrecogido y convencido vivamente. El valor y el consuelo de la necesidad, propios de las almas firmes y profundas, ¡cuánto han logrado! ¡Cuántos mártires admirables han suscitado! No siempre, no a todos se les exigen tales epopeyas de acciones. Pero en el Nuevo Testamento todo depende de la transformación moral del ánimo y, aunque esta comience ciertamente por principios expuestos con frialdad, hay casos en los que necesitamos la ayuda de la imaginación y el fortalecimiento de la fe para llevarla a término y manifestarla en obras.

No se diga que la poesía es hipocresía. ¿Acaso vestirse bien es fingir? ¿Y no es la poesía sino la sensibilización, la encarnación de los principios del alma? ¿No es la representación del hombre interior, del espíritu que hay en nosotros, sin el cual ninguna acción puede ser comprendida ni juzgada? Un corazón puro y una disposición limpia ennoblecen nuestras acciones y les asignan su verdadero valor.

La necedad une a menudo a quienes estaban separados por sus convicciones; el canto, en cambio, armoniza a los hombres en un mismo sentir. Lo que el aire fresco logra en la enfermedad, lo produce el suave aliento de los sentimientos nobles en los ánimos perturbados. El derecho y la justicia no se practican según el oscuro y severo código legal, sino según el evangelio de la imaginación: que ningún hombre es completamente malo, aunque tampoco tenga el honor de ser completamente bueno.

¿Debe el canto producir solo una ventaja negativa y no satisfacer a quien busca algo positivo? ¡De ningún modo! Habla, y eres mi prójimo; canta, y somos hermanos y hermanas. Una canción ayuda en el trabajo y es la mejor compañía en la soledad; reconcilia a nuestro genio protector cuando lo hemos ofendido, y aun cuando esté a punto de marcharse, se queda y hasta se sienta de nuevo.

El canto es el juramento de la fraternidad humana, el lenguaje del sacrificio: se oye una sola voz cuando se guarda el ritmo. Es como el crepúsculo de la mañana y de la tarde, donde no es ni demasiado claro ni demasiado oscuro. Un canto hace brotar lágrimas y las seca. Es un incienso que divide las nubes y asciende al Señor sin anunciarse.

¿No están la mayoría de los pensamientos humanos revestidos de colores sombríos? La poesía les da los vestidos más bellos, más agradables y más nobles; son espirituales y más ligeros que los ropajes que los antiguos daban a sus diosas.

¿Se quiere saber en qué se diferencia el poeta del matemático y del filósofo? El matemático es un idólatra: enseguida tiene una figura que contempla y adora —un becerro de oro, dirían los burlones—. Sin embargo, merece ser envidiado porque, gracias a sus figuras, rara vez olvida lo que una vez ha sabido: tiene un apoyo firme. El poeta, en cambio, es espiritual: crea ejércitos enteros, y quien lo lee se entusiasma, aunque no de toda madera se haga un Mercurio ni de todo oro un anillo nupcial. El filósofo propiamente dicho no se atiene ni al cuerpo ni al espíritu: no oye ni ve nada más que a sí mismo, y a menudo está tan aislado como un ermitaño, rodeado únicamente de su propio yo multiplicado. Da su nombre a su sistema; el poeta renuncia a ese honor.

Se dice que la Filosofía puede degenerar en enfermedad y entonces no hay remedio más eficaz que la poesía: acercar lo suprasensible a los sentidos y ese es el oficio del poeta. El poeta, químico superior del alma, transforma la filosofía más abstracta en el lenguaje de la vida común. Por esta química superior encuentra a veces la piedra filosofal que la filosofía busca en vano. La poesía no solo nos acerca a nosotros mismos, sino también a lo insondable, con lo cual el ser humano está emparentado por su espíritu. A la poesía debemos este descubrimiento. El culto a Dios no surgió hasta que comenzó el comercio de honores entre los hombres; hasta entonces Dios era padre, la devoción un elevado recuerdo de Él, y su consecuencia era la elevación y el apego a este padre invisible.

Hay espíritus que saben extraer sabiduría de cada fenómeno y que pueden esculpir un Mercurio de cualquier bloque. Dan vida a masas muertas, y todo se convierte bajo sus manos en la escuela más instructiva. La experiencia es para ellos una materia blanda, a la que imprimen cualquier forma que desean. Arrojan jugando las enseñanzas más sabias y parecen haber comprado la experiencia de todos los tiempos. «Simplicidad y arte —dice Hippel—, separar lo puro de lo impuro, la bendición de la maldición, la luz de la oscuridad, es la cumbre del arte de curar. El médico no debe actuar en los primeros conductos de la digestión, sino en la esencia del ser humano, en su espíritu, y unir mediante un mediador lo que es contrario, como el cuerpo y el alma están unidos por el espíritu» [5]. Mi remedio casero para una larga vida es: empieza poco y haz mucho, goza hoy de tal modo que mañana no seas incapaz de gozar, disfruta espiritualmente o mediante la imaginación, pues en eso el exceso rara vez perjudica. Aprende a soportar contradicciones, incluso de quienes antes compartían tu opinión y se apartaron por motivos secundarios. Camina despacio, pero con seguridad. La paciencia no es debilidad: puede convertirse en el mayor esfuerzo. Cuantas menos necesidades, tanto mayor el disfrute; un diamante de gran valor vale más que muchos sacos de moneda menuda. La abstinencia aumenta el apetito; la mortificación acrecienta el deseo de la carne.

Con pocas necesidades se puede ser más grande que un príncipe. El honor no depende de estrellas ni condecoraciones, ni de juicios ni de leyes, ni de bastones ni de espadas, sino de la esencia interna de las cosas y de la opinión fundada en ella del sabio. ¿No se pierde a menudo ese honor cuando se gana en los tribunales tras tres instancias? La justicia suele buscar nidos cuando los pájaros ya han volado. A menudo te quita lo tuyo para concederte una tercera parte de lo que es de otro.

La omnisciencia humana especulativa es más insoportable que la ignorancia. Empezar con la práctica y la experiencia es el camino más corto y seguro. No odies a nadie, ama a los hombres; sé, como un obispo, esposo de una sola mujer: no tener ninguna o tener muchas es perjudicial para el cuerpo y el alma. No te asustes por cada estruendo ni te irrites por cada grano de arena que cruje bajo tus pies. Haz lo correcto, no temas a nadie; trata a tus enemigos como si pudieran llegar a ser tus amigos. Quien no duda, tampoco sabe; todo lo bueno es como la rosa, rodeada de espinas.

No se puede juzgar si no ha precedido una investigación del asunto. La censura excesiva es más soportable que la alabanza excesiva. La pereza es el mayor de los vicios. Un rey joven y un ministro viejo suelen ser más útiles al Estado que un ministro joven y un rey viejo. No camines con pies ajenos, no pienses con cabezas pagadas, no ganes tu pan con las manos de tu prójimo; oye y ve con tus propios oídos y ojos: así te irá bien y vivirás largo tiempo sobre la tierra. Solo es libre quien respeta la libertad del otro. Las pasiones son contagiosas; son tiranos que derriban todo lo que se interpone en su camino. No te engrandezcas a costa de los demás. La envidia disfruta tan poco como la avaricia de aquello a lo que aspira: perjudica, aunque no pueda beneficiarse a sí misma. Evítala como a una brasa que, si no quema, al menos ennegrece.

Los amigos roban tiempo; los enemigos nos enseñan a rescatarlo y a emplearlo. Los amigos nos fortalecen en el bien; los enemigos nos hacen evitar errores. El arrepentimiento temprano es del corazón; el tardío, del entendimiento; cuando ambos se unen, surge una tristeza divina de la que nadie se arrepiente.

El miedo hace audaz al adversario; el valor es una espada que no hiere, pero mantiene envainada la del necio y del malvado. Hay cosas por las cuales pedir perdón es imperdonable. La obstinación y la firmeza no son lo mismo. No la astucia refinada, sino la virtud es la fuente de la felicidad humana. Estamos aquí para vivir y morir. Vivir es difícil, morir es fácil, pero nadie puede pensar sabiamente en la muerte si no sabe vivir sabiamente. Hay guías ciegos que quieren que todo se ajuste a una sola forma: todos deben vivir como ellos y morir como ellos y, sin embargo, hay grados de perfección y de libertad.

¿Libertad? Sin duda. De una forma de ella se dice: cuanto más libre, más perfecto. El malvado es esclavo de la muerte toda su vida y, aunque su vida sea despreciable, la ama como un mono. ¿Qué tiene él más que ese puñado de vida que para el sabio no vale nada y para el insensato lo es todo? El hombre noble casi podría alegrarse de sacudir las cadenas con que la vida lo ata; sabe que le espera la tierra de la libertad tras un camino por el desierto, donde rara vez caen maná y codornices y brota agua fresca de la roca.

La alegría, como el dolor, perturba la serenidad; el sabio es ecuánime. ¿Por qué habría de ser de otro modo? ¿Por qué la insatisfacción con una vida a la que, si fuera mejor, debería seguir un mundo completamente distinto del que esperamos? No es benefactor del necesitado quien solo le da regalos, sino quien lo pone en condiciones de ayudarse a sí mismo. He aquí el deber de los sabios: no ayudar, sino consolar y dar ocasión a la autoayuda. Si la sabiduría lograra reunir más seguidores y, mediante ideas que eleven el alma, atraer a la mayoría a su lado, ¿no podría realizarse mucho bien que ahora se pierde en corazones duros como roca y es sembrado en vano por unos pocos nobles? Entonces sí valdría la pena vivir. Pero aun ahora, ¿está la vida tan mal? Te quejas de que los mejores planes se frustran, ya sea por la maldad humana o por el azar, que parece favorecer más a lo malo que a lo bueno. ¡Es cierto! Solo los entusiastas esperan sin dudar; el sabio duda incluso cuando sus esperanzas están casi cumplidas.

Duda no para reservarse el cáliz de la alegría, sino porque hasta el último momento todo puede fracasar. Y aun cuando todo llegue a su fin, ¿no puede un necio destruir en un instante lo que diez sabios construyeron durante toda su vida? ¿Sabes acaso cuándo llegará el tiempo en que los hombres pasen de la oscuridad a la luz y de la necedad a la sabiduría? La mayor prueba de que estamos destinados a sufrir es que el sufrimiento, cuanto mayor es, tanto más seguramente conduce a la perfección. ¿Qué más quieres, si solo alcanzas la perfección? Si es un error pensar mejor de los hombres de lo que se debe, es un error noble, preferible a una aparente justicia que nunca necesita arrepentimiento. Se piense lo que se quiera de la vida, ¿no hay acaso situaciones familiares y políticas en las que una vida más larga puede traer felicidad y paz? Sin embargo, no hay mayor desgracia que sobrevivirse a uno mismo.

La insatisfacción es la enfermedad universal de la que muere la mayoría de los hombres; la satisfacción es cuidado de sí mismo y el mejor medio para gozar de la vida. Solo quien sabe privarse sabiamente sabe disfrutar; quien no exagera sus sentimientos se adapta al tiempo y al mundo, incluso si encuentra a los hombres cambiados como Sully a los hombres de la Corte tras la muerte de Enrique IV.

Por medio de los libros, el ser humano ha adquirido un nuevo sentido, gracias al cual puede contemplar en su conjunto las comedias y tragedias del mundo, y percibir los resortes más ocultos que mueven a los actores.

Los escritores son como mineros que depositan su extracción en sus libros. También aquí hay hijos de la fortuna y de la desgracia. El vidente consagrado descubre toda veta de oro. Otros, en cambio, solo sacan a la luz plata y algunos incluso metales de menor valor.

Un buen escritor es el partero de la naturaleza: saca a la luz todas las criaturas de las que esta madre eternamente joven y fecunda está encinta. Está iniciado durante tanto tiempo en sus secretos más íntimos; todos sus indicios le son comprensibles y todos sus movimientos le resultan perceptibles. Mientras aún no escribimos nosotros mismos libros, consideramos a un escritor que nos sumerge en un mar de sentimientos, que nos presenta el espectáculo de la vida de manera viva y verdadera, que inventa y crea todo según su necesidad, que sabe evocar con tanta vivacidad las bellezas de la naturaleza sobre el papel, y que hace aparecer a sus personajes ante nosotros como si vivieran y respiraran, como un ser superior de otro mundo. Pero tan pronto como nos hemos introducido nosotros mismos en la clase de los escritores, lo consideramos, al igual que a nosotros mismos, un hijo de la tierra. Ya provenga esta creencia de la envidia, de la ambición o de una verdadera comprensión de la naturaleza de las cosas, en cualquier caso, lo tenemos, aunque esté muy por encima de nosotros en fuerza y en obra, por nuestro igual. Nos formamos de cada escritor cuyo libro leemos, y además con placer, una imagen que adornamos con todas las cualidades que inferimos de las disposiciones de ánimo que ha manifestado en su obra.

Los libros anónimos no nos agradan tanto como aquellos cuyos autores se han dado a conocer, aunque estén llenos de nuevas experiencias y observaciones. Sentimos de manera completamente involuntaria un cierto desagrado: nos parece que falta en la sociedad una persona que, sin embargo, nos gustaría ver presente.

Desde la distancia, consideramos a un escritor que sabe predicar la virtud con unción como a un santo; de cerca, la ilusión se desvanece, desciende a ser un hombre como nosotros y nuestros semejantes. Y a aquel que pinta los vicios y los excesos de los hombres con deleite lo tenemos por un desecho de la naturaleza, pero en su trato descubrimos que es un hombre honrado y noble.

No podemos evitar considerar como hipócritas los sermones de virtud que encontramos en los escritos de los eclesiásticos, pues no podemos separar del hábito negro la imagen de la hipocresía y la disimulación, ya que hay tantos que predican la virtud, pero no la practican, que condenan el vicio en sus escritos, pero lo han adoptado en su propia conducta. Dado que los eclesiásticos quieren situarse a medio camino entre la razón y la revelación, no podemos evitar verlos como lobos con piel de oveja. Creemos, y a menudo no sin razón, que no son sinceros con ninguna de las dos. Dos cosas tan contradictorias no pueden unirse mientras estemos sujetos a las leyes de nuestra mente, que constituyen la esencia de nuestra racionalidad.

A un escritor que vive en el mismo lugar que nosotros, o que ha crecido con nosotros, no queremos reconocerle de buen grado las cualidades que el mundo entero le concede y que sus escritos realmente poseen. Siempre estamos examinándolos hasta descubrir en ellos una multitud de defectos y debilidades.

La envidia y la malevolencia nos vuelven ciegos ante sus bellezas y nos dan ojos de lince para sus defectos. El ser humano quiere rebajar todo aquello con lo que trata y ponerlo a su mismo nivel para borrar las ofensas que le causa el elogio que otros le tributan. Por eso, para más de un escritor es una suerte ser conocido personalmente por pocos.

Los escritores ocupan el lugar de los profetas de la Antigüedad. Exhortan, advierten y reprenden, pero ¿quién les presta atención? Son predicadores en el desierto. Nadie les escucha, salvo cuando encuentra halago para sus pasiones. Son videntes del futuro y anuncian de antemano las consecuencias que inevitablemente acarrean las acciones y los comportamientos de los hombres y de los Estados.

¿A quién debemos la difusión de los conocimientos que hoy predominan en la mayor parte de Europa, y la destrucción de una enorme masa de supersticiones que antes hacían infelices a los hombres? ¿No son los escritores, que como sembradores esparcen continuamente semillas de nuevos descubrimientos y de conocimientos útiles? Sus libros se convierten en nuestros amigos más íntimos cuando coinciden con nosotros en sentimientos y manera de pensar, cuando enriquecen nuestras ideas y ocupan agradablemente nuestro entendimiento. Pero no solo amamos sus escritos, sino que también trasladamos nuestro afecto a la persona de sus autores.

Un libro que nos deja indiferentes tampoco despierta nuestro interés por conocer a su autor; pues suponemos que en él encontraremos tan poco placer como en aquel. En cambio, el autor de un libro interesante e instructivo es, durante su lectura, nuestro compañero constante. Le confiamos los secretos de nuestro corazón, pues nos hace conscientes de cosas en nosotros cuya existencia antes no sospechábamos, y nos lleva a reconocer en nosotros mismos errores y defectos que de otro modo no nos habríamos atrevido a confesar ni siquiera ante un tribunal.

Un escritor debe reflexionar más profundamente sobre el tema acerca del cual escribe y presentarlo en una conexión más rigurosa que el profesor en la cátedra, quien con demasiada frecuencia se limita a recitar su lección diaria sin preguntarse si con ello la ciencia gana algo y si su exposición forma y enriquece el entendimiento de sus oyentes. Conozco profesores académicos cuyas clases, tras oírlas una sola vez, podían saberse completamente de memoria y, al oírlas por segunda vez, se podía decir siempre qué pensamiento, qué expresión favorita, qué broma, qué ejemplo y qué observación lateral vendrían a continuación. Los libros ingeniosos nos proporcionan siempre un nuevo alimento y nos conducen a nuevas perspectivas sobre las cosas, por eso han sido siempre más instructivos e interesantes para mí que las lecciones que duran medio año, y que se dictan y se escuchan en medio de innumerables cambios del cuerpo y del espíritu. La gran cantidad de libros que hoy aparecen sobre todas las ciencias, entre los cuales hay a menudo obras excelentes, amenaza con dar muerte a nuestras academias, si estas no se apresuran a marchar al mismo paso que su época en el cultivo del saber y a poner de relieve de nuevo la utilidad de la enseñanza oral, en la que se activan varios sentidos a la vez y por ello se facilita la comprensión, frente a la escrita.

Un escritor debería poseer más espíritu y conocimientos que las personas comunes, pues aparece como maestro del público, y ¿quién podría perdonar a un simple necio o a un ignorante el atrevimiento del que se hace culpable quien, sin talento ni entendimiento, se erige en maestro público?

Nuestros escritores desarrollan más de un genio cuyo paso por el mundo habría sido tan desconocido como su llegada, pero que ahora, gracias al libro de este maestro, despertado y alimentado, brilla como una estrella de primera magnitud.

Los escritores geniales son personas con estrella. Ven nuevos mundos cuya existencia ni siquiera sospechábamos y determinan las leyes según las cuales manifiestan su actividad. Lo que las mentes comunes consideran imposible, su poder y su agudeza lo hacen realidad. Kant buscó y encontró las leyes naturales del espíritu humano, y Lavoisier y Brown provocaron revoluciones en la Química y en la Medicina.

Los grandes espíritus convierten durante cierto tiempo en esclavo todo lo que se les acerca. Por eso, el progreso en la ciencia en la que han hecho descubrimientos queda por algún tiempo detenido. No se osa avanzar más, ni desviarse ni a la derecha ni a la izquierda, porque se teme exponerse al peligro de extraviarse por completo, ya que aún no se está bien orientado en el territorio recién descubierto. Sin embargo, aunque por la superioridad de su espíritu pongan obstáculos a la libre investigación, esta parálisis solo puede durar poco tiempo, pues al espíritu humano le resulta insoportable toda carga que le impone un extraño.

Muy a menudo se ridiculiza a los seguidores de un gran hombre como si fueran espíritus serviles, pero no siempre constituyen la parte más despreciable del mundo literario: al menos avanzan con la ilustración de su tiempo y, aunque durante un tiempo lleven cadenas, muchos pronto recobran el ánimo y vuelven a entrar en escena enriquecidos con conocimientos útiles y animados por un nuevo valor. Los críticos de esta adhesión no son a menudo más que encubridores de su propia ignorancia y pereza. Rehúyen el esfuerzo de familiarizarse con aquello que un gran espíritu ha descubierto, adoptan un aire de superioridad para ocultar su pobreza y aparecen con lugares comunes gastados para granjearse la reputación de hombres experimentados.

Los pensadores originales y los espíritus elevados determinan la manera de pensar de épocas enteras. Con Rousseau se comenzó especialmente a filosofar sobre la educación. La aparición de Las desventuras de Werther y de Siegwart [6] volvió a todas las jóvenes y a todos los muchachos enfermizos de amor. Todo se volvió sensibilidad y llanto. Podría llamarse a ese momento la época de las lágrimas y de una sentimentalidad heroica.

Cuando muchos buenos escritores viven en una misma época, despiertan un vivo empeño por distinguirse mediante el pensamiento propio; su emulación presta así servicios magníficos a la humanidad. Bajo cada uno de sus pasos brotan flores. La cultura de los hombres gana cada vez más terreno. Se osa examinarlo y ponerlo todo en duda. Nada es tan sagrado ni tan profano que no se ilumine con la antorcha de la razón. Los hombres pensantes que comunican sus ideas por escrito son revolucionarios en el sentido más noble de la palabra. Ven defectos y manchas que permanecen ocultos a los ojos no iniciados. Pero no solo derriban, también vuelven a construir. No solo enseñan a los hombres a conocer su destino, sino que también les muestran los medios y caminos para alcanzarlo; encienden la imaginación y estimulan la fuerza del pensamiento para emprender la lucha y desterrar la injusticia y el error. Despiertan entusiasmo, ¡y qué maravillas no puede obrar este en una época en la que encuentra espíritus receptivos!

Los escritores ricos en ideas y, en el verdadero sentido de la palabra, paradójicos, son la sal del espíritu humano: estimulan y despiertan el deseo de investigar, destierran la somnolencia y esparcen la semilla de una nueva vida y de nuevas actividades. Los hombres nunca darán pasos atrás significativos en su desarrollo, una vez que se haya encontrado el medio de difundir los pensamientos con facilidad. Los libros y los escritores son, por tanto, los pilares de la Ilustración y los difusores y conservadores de los conocimientos útiles para la comunidad.

¿Qué se sigue ahora de estas observaciones expuestas? Que es de gran importancia saber cómo manejar un instrumento tan importante como los libros y con qué propósito se los lee. Leer un libro solo para matar el tiempo es una alta traición contra la humanidad, porque se degrada un medio destinado a fines más elevados y se abusa de un don que nos fue dado para propósitos más nobles. Leer sin obtener provecho para el corazón y para la mente es un pecado que ningún hombre debería perdonarse mientras conserve el uso de su razón. 

 

CAPÍTULO II
¿QUÉ SIGNIFICA LEER LIBROS?

Las necesidades de los hombres aumentan con los progresos de la cultura. La naturaleza exterior ya no ofrece suficientes medios de satisfacción; el espíritu humano debe desplegar sus múltiples e inagotables tesoros para suplir la falta de medios de sustento. Debe satisfacer deseos y caprichos que ninguna fuerza de la naturaleza puede colmar. Cuando la melancolía nos vuelve hoscos o el aburrimiento nos atormenta, recurrimos a un libro para verter un bálsamo curativo en nuestra herida, cuyo dolor ningún remedio físico puede sanar.

Uno lee para matar el tiempo, otro para instruirse; uno para alegrarse, otro para adormecer sus dolores físicos. Los hombres quieren, mediante la lectura, trasladarse como por un golpe de magia a un mundo mejor. Se sirven de los libros como los turcos del opio. Sueñan y fantasean, y el curso del mundo se ajusta a sus deseos.

¿Qué es, pues, lo común en todos estos esfuerzos e intenciones? Todos los lectores quieren suscitar en su ánimo sentimientos, conceptos o deseos. ¿Cómo debe procederse entonces para alcanzar este fin al leer? Hay lectores a quienes solo interesa la historia de una novela; otros observan cuidadosamente el nacimiento y desarrollo de una pasión. Algunos atienden a la coherencia y evolución de los caracteres; otros buscan las observaciones que, en forma de sentencias, se hallan dispersas sobre el mundo y la vida humana. ¿Han tomado tales lectores el camino que les procure todo el provecho y el pleno goce de la lectura?

Lo primero que debe hacerse al leer es encender el fuego de la imaginación para infundir vida a las representaciones, poder abarcar el conjunto de manera intuitiva y contemplarlo con reflexión. Si esta facultad permanece inactiva o débil, el libro nos deja fríos e indiferentes. Permanecemos adheridos, sin vida, a una materia informe, y atormentamos nuestro espíritu con vacío y aburrimiento, en lugar de procurarle un goce benéfico y un suave recreo. Debemos dar vida al libro que leemos mediante nuestra propia actividad y hacerlo hablar. ¿Cómo lograrlo? Debemos ser activos y producir en nosotros el contenido del libro por medio de los movimientos de nuestro ánimo y las operaciones de nuestro entendimiento para hacerlo comprensible. Nuestro espíritu, con libertad y actividad propias, debe hacer vibrar las cuerdas que el libro ha tocado en él y mantener vivas las impresiones que ha suscitado.

El poeta que nos pinta la naturaleza con todos sus encantos y en toda su magnificencia, que la anima con reflexiones morales y le infunde vida humana, no debe dejarnos fríos e insensibles si queremos obtener provecho de la lectura. El filósofo que nos ofrece conclusiones sobre los movimientos de nuestro corazón y levanta el velo de las operaciones misteriosas del espíritu humano no debe encontrar en nosotros una máquina inerte ni un mero repetidor, sino un pensador libre y activo.

No debe parecernos que el libro nos da la explicación de tal o cual fenómeno, sino que los movimientos de nuestro propio ánimo deben obligar al entendimiento a reflexionar sobre su actividad y a explicarse por sí mismo el hecho narrado. Debemos leer en nosotros aquello sobre lo cual el libro nos invita a reflexionar. Debemos buscar en nosotros la explicación de los fenómenos que se nos presentan, y no en la letra escrita, para que el ser humano viva en nosotros y aprendamos a conocer a los hombres en y a través de nosotros mismos. Todo lo que es y sucede debe girar en torno a nuestro yo, como la Tierra alrededor del Sol. Todo debe partir de nosotros como de su fuente originaria, si queremos comprenderlo. Leer, por tanto, no significa captar conceptos dados desde fuera, sino dar vida en uno mismo a la materia de ellos; no significa contar letras y sílabas, sino aprender a comprender en uno mismo los diversos estados del ánimo humano; no significa recibir impresiones aisladas, sino reunirlo todo bajo un mismo punto de vista; no significa entender el sentido de las palabras aisladas, sino abarcar el conjunto y reflexionar sobre él.

El libro que leemos no debe tratarnos como esclavos; nosotros, como seres libres, debemos dominar su contenido. Debemos suscitar en nosotros la actividad necesaria para comprender una reflexión, una imagen, una descripción de carácter o un hecho. No debemos dejarnos subyugar por la materia del libro, sino trabajarla como pensadores autónomos y tratarla como propiedad de nuestro espíritu. Nuestro empeño al leer debe consistir siempre en elevarnos por encima del material para poder dominarlo.

Es una pérdida inútil de tiempo y una vergonzosa anulación de nuestra propia autonomía cuando, al leer libros, nos comportamos de manera meramente pasiva. Debemos siempre, para afirmar nuestro carácter como seres humanos, actuar de forma libre y activa sobre la materia del libro, a fin de poder juzgar y examinar lo verdadero o lo falso.

Muchas personas no alcanzan jamás firmeza de carácter a lo largo de su vida, porque solo quieren ser entretenidas y porque son un eterno juguete de las impresiones externas. Se comportan de manera meramente pasiva ante todas las influencias sobre su ánimo y nunca se atreven a pensar por sí mismas ni a elaborar de forma propia y activa el material que un libro o la vida humana les ofrece. Muchos pierden su dignidad a causa de la lectura, porque leen libros sin carácter y se acostumbran a una pasividad constante que, aunque halaga su comodidad, les arrebata todo el respeto propio de seres libres. La lectura entraña peligro cuando encuentra en nosotros un ánimo solo receptivo, pero no activo. Debemos, en todo lo que hacemos y padecemos, dominar; la materia debe obedecernos, y la libertad de nuestro espíritu debe disponer soberanamente de todo lo que se nos presenta para contemplación y reflexión.

Puesto que con tanta frecuencia nos comportamos de manera meramente pasiva al leer, no comprendemos muchas cosas, por ello permanecemos indiferentes y sin instrucción incluso ante la lectura de los libros más instructivos. Perdemos el gusto por el trabajo y por todo esfuerzo de nuestras facultades. Rehuimos cualquier esfuerzo y toda reflexión, y así pasamos con ligereza por pasajes cuyo sentido no se nos revela a primera vista, y malinterpretamos al autor porque no ponemos en actividad en nosotros las mismas fuerzas que actuaron en él cuando escribió su libro.

Nos quejamos con razón de la falta de carácter que domina en nuestros contemporáneos, sin embargo, ¿no podría provenir también de que se lee tan a menudo sin plena atención, de que uno se comporta con tanta frecuencia de manera pasiva y de que no se atreve a apoyarse en sus propias facultades intelectuales? Piénsese en la gran masa de lectores de novelas, que devoran un plato insípido y sin fuerza tras otro, para salvarse del insoportable vacío del espíritu. Ven los acontecimientos aparecer y desaparecer como en un espejo mágico, siendo uno siempre más disparatado que el otro. Como no se percibe ni regularidad en los sucesos ni carácter en las personas que aparecen, el espíritu se acostumbra a la falta de orden y acaba por volverse extraño a sí mismo. Pierde todo gusto por pensar, porque nunca deja surgir el deseo o la inclinación de darse cuenta por sí mismo de lo que ocurre.

La mayoría continúa leyendo porque no siente en sí ni un atisbo de actividad propia ni de energía. La actividad del espíritu queda completamente sofocada por la masa de impresiones: el ser humano vegeta y ni siquiera sospecha que está destinado a algo mejor que dormir, comer y beber. La perpetua abundancia de libros sofoca en él toda nobleza humana.

Nuestra conciencia no debe estar dispersa durante la lectura, de lo contrario, no podemos captar el contenido del libro ni poner en juego nuestras fuerzas. Si no prestamos una atención rigurosa a lo que leemos, nos habituamos a la distracción y acabamos por percibir todo con una conciencia oscura. Tal estado pronto se convierte en una segunda naturaleza. Debemos, por tanto, evitar la lectura de libros completamente vacíos de contenido porque no despiertan ningún interés en nosotros. Como nuestra atención no es estimulada ni ejercitada por tales libros, nuestra imaginación divaga hacia otros lugares y perdemos la reflexión. Estamos distraídos en todo lo que emprendemos, no estamos en pleno uso de nuestras facultades y corremos el peligro de perder por completo el uso correcto de nuestro entendimiento, cuando la fantasía sustituye al mundo real, o de no aprender a comprender, recogiendo así solo fragmentos de conocimiento.

La distracción que hoy se observa con tanta frecuencia entre las personas me parece tener también su origen en que se lee a menudo sin pensar, y en que se salta de un objeto a otro sin haber llegado a dominarlo ni haber adquirido conciencia de uno mismo como algo permanente y como un fin en sí mismo.

Cada libro que leemos debe poner en actividad en nosotros las facultades necesarias para producir una buena composición. El poeta ha de ocupar nuestra imaginación y nuestro entendimiento; el filósofo, nuestra razón, para poner en marcha en nosotros mismos las operaciones que son necesarias para crear algo, y hacernos así objeto de nuestra propia reflexión.

Los fenómenos que el poeta pinta y que el filósofo explica deben ser suscitados en nuestro propio ánimo, si queremos elevarnos mediante la lectura a la actividad propia y a la libertad.

El lector de un libro debe hacer lo que hace el actor, el artista. Debe ayudar al escritor: no debe renunciar a pensar por sí mismo, sino que debe pensar antes y después de él. No debe convertirse en esclavo de materiales ajenos, sino gobernar sobre ellos como dueño de sí mismo.

Su propio pensamiento debe adelantarse a la tarea que el escritor le propone. Siempre debe preguntarse: ¿no hay acaso más maneras de explicar la causa de este o aquel fenómeno? Por ejemplo, alguien tiene una idea fija: ¿cuál es la razón de ello? ¿Se explica suficientemente el origen de este estado afirmando que cae en tal enfermedad del espíritu quien gusta de ocuparse constantemente de aquello que halaga su orgullo y su amor propio, quien se complace en pensamientos que lo elevan en su imaginación muy por encima de los demás, con quienes convive, quien es atormentado por remordimientos, ya sea que la mala acción sea solo imaginada o real, o quien siente algún dolor y no puede desprenderse de la idea de que ha sido causado por algo extraordinario?

¿No es necesario también, al explicar el origen de tales ideas, tener en cuenta el cuerpo del enfermo, que por su modo de vida ha adquirido cierta disposición a esta enfermedad mental? Las fantasías que lo atormentan pueden tener su causa en su cuerpo, que desgraciadamente ha adquirido un dominio absoluto sobre el espíritu y lo tiraniza. ¿No contribuyeron también la educación y la enseñanza que recibió al no haberlo acostumbrado al pensamiento propio ni al autodominio? ¿No tuvo quizá trato frecuente con exaltados o se sumergió en libros místicos? ¿No era acaso supersticioso o ambicioso? ¿No estaba su imaginación mucho más desarrollada que sus demás facultades y no adquirió así el predominio sobre todas las demás actividades de su espíritu? ¿No contribuyeron también esperanzas frustradas sobre las cuales había fundado la felicidad de su vida?

¡En fin! Hay muchas más preguntas de este tipo para llegar al fondo de tales ideas. Solo que no hay que cansarse de investigarse a sí mismo y a los demás, ni dejar decaer el ánimo si la primera explicación de un fenómeno no resulta satisfactoria. Debemos avanzar con valentía por el camino de la reflexión y de la actividad propia: al final, la victoria será nuestra, si nos hemos hecho dignos de ella.

Aquello que leemos debemos hacerlo nacer nosotros mismos en nuestro interior, pues lo que no encontramos en nuestro propio estado de ánimo no podemos comprenderlo. A menudo, el mejor libro no nos agrada porque no estamos en la disposición en la que fue escrito.

Los escritos ingeniosos deben leerse en momentos de calma y no en medio del tumulto de las pasiones, si queremos saborearlos. Laurence Sterne no nos gusta cuando nuestro ánimo es sacudido por tormentas y Christian Fürchtegott Gellert (aquí «Thümmel», es decir, Moritz August von Thümmel) no satisface nuestras expectativas si estamos melancólicos, tristes y poco dispuestos al placer al acercarnos a la lectura de sus obras [7].

En cambio, Friedrich Gottlieb Klopstock [8] nos agrada incluso cuando hay agitación en nuestro interior, pues vemos el sufrimiento de los personajes como un sufrimiento compartido que se nos ofrece y que apacigua las tormentas de nuestro propio pecho. [...]

La lectura en voz alta ocupa el lugar de un paseo. El esfuerzo que nos cuesta pone nuestra sangre en movimiento previene el estancamiento de los humores y ahuyenta las enfermedades y el malestar. Por ello, cuando el tiempo es lluvioso o insalubre, o en caso de enfermedad, debemos recurrir a la lectura en voz alta para sustituir así los placeres y los beneficios de un paseo al aire libre que en ese momento un destino desfavorable nos niega.

Si queremos aprender a hablar y comprender bien una lengua, tanto la materna como cualquier lengua extranjera, debemos leer en voz alta con frecuencia para que nuestro oído se acostumbre a los sonidos y para que lo inusual de estos no nos dificulte al hablar. Alguien puede ser un gran conocedor de una lengua y, sin embargo, no entender las palabras de otro cuando habla porque no es capaz de distinguir los sonidos ni de percibirlos de manera individual. Intenta abarcar secuencias enteras de una vez, cae así en confusión y no puede comprender lo que se dice.

Quien quiera aprender a hablar con emoción y fuerza expresiva debe leer en voz alta con frecuencia porque en este tipo de lectura ha de penetrar más profundamente en el sentido del libro y procurar dar a cada sentimiento su tono adecuado. Se esfuerza por reproducir los tonos que el libro ha hecho vibrar en él.

Además, la lectura de libros ricos en contenido despierta una alternancia de sentimientos, ideas y deseos que nos facilita la expresión porque mantiene nuestro espíritu agradablemente ocupado. Es alimento para el alma, que fortalece nuestras facultades y les infunde el deseo de nuevos esfuerzos.

Mediante la lectura en voz alta se pueden mejorar los órganos del habla defectuosos, siempre que se pronuncien los sonidos lentamente, con énfasis y claridad. Demóstenes perfeccionó sus órganos del habla gritando; a nosotros, la lectura en voz alta nos presta los mismos servicios beneficiosos.

Leer de pie es perjudicial tanto para la cabeza como para los pies: aquella sufre mareos, estos sienten una debilidad antinatural, y casi no somos capaces de sostenernos por nosotros mismos. Esto se debe sin duda a que forzamos intensamente al mismo tiempo los dos extremos de nuestro cuerpo y, en lugar de concentrar la fuerza vital en un solo punto, la dividimos y, con ello, la debilitamos.

La lectura de libros que no requieren demasiado esfuerzo de reflexión favorece el sueño. Quien, por tanto, no puede dormirse inmediatamente al acostarse y, por el deseo y la voluntad de dormir inquieta y agita aún más su espíritu, debe leer hasta dormirse.

Nuestro espíritu olvida su propio estado cuando se ocupa de una diversidad de cosas que puede reunir sin esfuerzo, de manera agradable y ligera. Nuestra atención no se ve excesivamente forzada por la dificultad de resolver un problema y si el contenido que el libro nos ofrece no despierta demasiado nuestro interés ni nuestra curiosidad, pronto Morfeo esparce sobre nosotros sus granos de sueño y caemos sin darnos cuenta, suave y silenciosamente, en sus brazos. Así pues, aunque los malos libros no tuvieran otra utilidad que la de arrullarnos hasta el sueño, su ventaja no sería pequeña para aquel cuyo espíritu, eternamente inquieto y agitado, consume todas sus fuerzas corporales.

Leer en voz alta después de comer es tan poco saludable como un paseo fatigoso. Le quitamos al estómago los jugos necesarios para la digestión y, por ello, sentimos cansancio y malestar.

La prueba más difícil de la lectura en voz alta es la lectura de obras teatrales. En ella debemos asumir todos los caracteres y adaptarnos a todos los estados de ánimo; nuestra voz y nuestros afectos deben corresponder a los personajes que aparecen y nuestras pasiones deben revestirse de todos los matices.

Ahora amor, ahora odio, ahora bondad, ahora misantropía, ahora heroísmo, ahora cobardía, ahora orgullo, ahora condescendencia deben alternarse en nuestro pecho. Pero ¿quién es dueño de sí mismo hasta tal punto que pueda hacer sonar siempre todos los tonos de su espíritu y ser en todo momento señor absoluto de sus pasiones y sentimientos? A menudo nos vence el peso de nuestro cuerpo y sucumbimos a la materia. ¿A quién le concedió el destino el talento de ser siempre todo para todos, y quién puede olvidarse tan completamente de sí mismo como para, despojándose de su propia personalidad, representar siempre caracteres ajenos con expresión y verdad?

Los escritos filosóficos no deben leerse en voz alta porque el oír los sonidos nos impide abarcar el conjunto. Olvidamos lo que hemos leído y pensamos siempre solo en lo que está presente. Por ello, no podemos examinar ni la coherencia ni la verdad de las proposiciones afirmadas.

Es muy importante leer despacio, especialmente los escritos importantes, porque de lo contrario se pasan por alto fácilmente ideas y no se comprende el conjunto. Al final, ya no se puede leer ningún libro con provecho porque uno se ha acostumbrado a pasar por encima con ligereza incluso de los puntos más difíciles.

 

CAPÍTULO III
¿QUÉ SE ENTIENDE POR EL ARTE DE LEER LIBROS?

Todo lo que el ser humano hace, lo hace conforme a reglas. Si conoce con exactitud las reglas según las cuales procede en su actuar, entonces posee ciencia. Sabe qué medios debe emplear para ejecutar algo y para alcanzar un fin. Sin embargo, alguien puede estar perfectamente instruido en todo lo necesario para llevar algo a la realidad, por ejemplo, en lo que se requiere para curar la locura de una persona, y aun así no ser capaz de llevar a cabo esa cura. Por ello, no basta con poseer conocimiento, sino que también es necesario haber adquirido la habilidad de aplicar las reglas que se conocen. Es preciso adquirir arte.

Por arte se entiende, entonces, la destreza de poner en práctica las reglas para lograr algún propósito. El arte no se opone aquí a la naturaleza, sino a la ciencia: aquel es práctica, esta es teoría. Aquel se fundamenta en el hacer, esta en el saber; aquel solo puede seguir a esta si no se quiere proceder de manera torpe.

Existen charlatanes en todas las ciencias: son aquellos que únicamente han adquirido algunos trucos y habilidades en la práctica de una actividad, sin conocer las reglas conforme a las cuales deberían proceder.

El acto de leer libros, concebido como un arte, presupone por tanto la ciencia. ¿Cuáles son entonces los conocimientos que deben precederle? El objeto sobre el cual se quiere influir mediante la lectura es el ser humano, cuya naturaleza y facultades es preciso conocer. Por ello, si una instrucción sobre el arte de leer ha de ser completa, es necesario ofrecer un breve esbozo de las facultades del ser humano, para saber sobre qué se actúa, y exponer los distintos modos de acción y sus leyes, a fin de que puedan ponerse en actividad mediante el contenido adecuado.

No es la sensibilidad la que piensa, sino el entendimiento; no es este la fuente de las ideas, sino la razón. El entendimiento juzga, la razón concluye. No es la voluntad la que da las leyes que sigue, sino la razón práctica. El gusto es distinto del genio: el juicio de gusto se diferencia del juicio de conocimiento; la facultad de conocimiento teórica, de la práctica. Por tanto, si se quisiera formar el gusto mediante las matemáticas, o fomentar el pensamiento lógico mediante el Oberon de Wieland, o desarrollar la imaginación mediante la Crítica de la razón pura de Kant, se procedería de manera equivocada.

Todo arte y toda ciencia tienen su disposición propia en la naturaleza humana, a la cual deben su existencia y sobre la cual vuelven a actuar en otros para insuflarle vida y actividad y perfeccionarla. Pero no solo es necesario conocer las disposiciones y facultades del ser humano, así como el material con el que pueden ejercitarse y desarrollarse, sino también el fin de cada ciencia, es decir, aquello para lo cual es especialmente apta en el espíritu humano.

Mediante las Bellas Artes se forma el gusto y se despierta el genio; mediante las Matemáticas se ejercita la facultad de la intuición y la capacidad de pensar; mediante los relatos históricos, la memoria; mediante las representaciones vivas en las artes, la imaginación; y mediante los escritos morales, la razón práctica. Quien posee tal conocimiento tiene ciencia: está instruido en la teoría, pero aún no ejercitado en su aplicación.

Pero ¿de qué sirve toda teoría si no pasa a la práctica? Por eso no exigimos solo el conocimiento de las reglas, sino también la habilidad en su uso para diversos fines.

¿Cómo se adquiere, entonces, tal destreza? Hay que acostumbrarse a la actividad propia y ejercitar las propias facultades. Se debe procurar siempre intentar pensar por uno mismo y actuar por decisión propia.

Toda teoría existe solo para la práctica, que es la que le da su verdadero valor. Alguien puede ser un hombre inteligente y sabio en la teoría y, sin embargo, un malvado en la práctica: puede conocer todo lo necesario para llevar una vida buena y honrada, pero no sigue las exigencias que le impone la ley de su razón. Sabe lo que debe hacer, pero no lo hace.

Del mismo modo, alguien puede saber cómo y para qué lee un libro: conoce el propósito de la lectura y los medios para alcanzarlo y, sin embargo, sigue siendo un inepto en este arte, porque no sabe poner en práctica las reglas que conoce y porque no reúne deliberadamente hechos y reflexiones para alcanzar el objetivo de la lectura. Por ello, no adquiere destreza ni desarrolla ese «tacto» que finalmente conduce siempre al fin deseado.

¿Qué se entiende, entonces, por el arte de leer libros? Se entiende por ello la habilidad y destreza para alcanzar los diversos fines que tiene la lectura de las distintas ciencias y de las Bellas Artes. Es la facilidad adquirida para aplicar las reglas que prescribe el propósito de la lectura. Como ningún arte es innato, es necesario estudiarlo y apropiárselo mediante la práctica. Pero para ello es necesaria una guía, a fin de no fatigarse en caminos errados y, desesperado, abandonar por completo el objetivo o desviarse del camino correcto y, en lugar de recoger rosas, cosechar espinas. Hay que saber hacia dónde deben dirigirse nuestros esfuerzos y conocer los medios por los cuales podemos alcanzar nuestro propósito.

Todo el mundo puede llegar a ser, si no un creador original, al menos un hábil imitador en cualquier arte, siempre que no rehúya ni el esfuerzo ni la dedicación.

El arte de leer es, por tanto, una habilidad para hacer práctico el conocimiento y realizar con facilidad los fines que el lector se propone.

Todo el mundo puede adquirirlo, si no se cansa en el camino de la práctica sino que avanza con valentía en el conocimiento de sí mismo y del mundo que lo rodea.

No se alcanza por la pasividad, sino por la libertad. Hay que luchar si se quiere llegar a ser un artista consumado; hay que observar a la naturaleza en su taller secreto si se quiere obtener la palma de la victoria.

Pero ¿cómo se comienza? Hay que leer a escritores de buen gusto y originales, y buscar las bellezas en la naturaleza. Hay que dejarse inspirar por aquellos y prestar a esta un lenguaje humano.

La naturaleza exterior despierta la naturaleza en nosotros. Pero la afectación y la falta de naturalidad nos castigan duramente: nos desviamos, en nuestro pensar, sentir y actuar, del camino de la verdad y de lo justo, y nos volvemos deformes tanto en la mente como en el corazón. [...] 

 

CAPÍTULO IV
¿CUÁL ES EL PROPÓSITO DE LA LECTURA?

El ser humano no actúa ni piensa solo conforme a reglas y leyes, sino que en todo lo que hace o deja de hacer tiene también una intención que quiere alcanzar, aunque no siempre sea claramente consciente de ella. Por eso, cuando vemos a alguien emprender algo cuyo propósito no podemos adivinar, nos esforzamos por investigar la razón por la cual actúa. Juzgamos todas las acciones humanas según este criterio y no podemos evitar creer que quien actúa lo hace con algún fin.

Sometemos a este examen tanto al razonable como al irracional, al prudente como al apasionado, al sano de entendimiento como al loco, porque, en virtud de nuestra naturaleza, nos vemos obligados a investigar de dónde proviene un fenómeno y para qué sirve.

Todo lector de un libro debe, por tanto, tener un propósito por el cual lo lee. Ahora bien, puede suceder que no esté siempre acostumbrado a darse cuenta de sus propias acciones y que sus fines no sean siempre racionales; sin embargo, su acción apunta a algo, sea esto razonable o no. ¿Cuál es, entonces, el propósito de la lectura? El propósito es una idea o un deseo que nos esforzamos por realizar.

Alguien visita países extranjeros para ampliar sus conocimientos, por ello examina cuidadosamente todo lo que encuentra. Las personas y la naturaleza son para él fenómenos bienvenidos que procura investigar y conocer. El afligido quiere distraerse y expulsar la pena de su ánimo, por eso se lanza al bullicio de la gente o se abraza a la naturaleza y de ella absorbe el olvido de sus sufrimientos y preocupaciones.

Todo aquello por lo cual alguien emprende algo son fines que su voluntad se propone alcanzar. El ámbito de los fines pertenece al reino de la libertad. El ser humano puede, por tanto, proponerse toda clase de fines y, si tiene la voluntad y la fuerza, alcanzarlos. Puede hacer todo lo que quiera, siempre que no sea ni irracional ni contrario a derecho. Cuando el ser humano lee, quiere producir un efecto en sí mismo. Su ánimo es el objeto hacia el cual se dirige su esfuerzo.

¿Qué quiere entonces provocar en su espíritu? Quiere poner en actividad sus facultades y hacerlas entrar en un juego agradable. Pero ¿por qué desea esforzar su mente y someter su cabeza a menudo a una penosa fatiga?

Es consciente del deber de desarrollar sus capacidades para así cumplir tanto con sus obligaciones como ser humano, como para adquirir la aptitud necesaria para el mundo que le permita desempeñar adecuadamente el campo de acción que le corresponde. Por tanto, mediante toda actividad busca alcanzar dos cosas: en primer lugar, cumplir con su deber, y en segundo lugar, hacerse útil tanto para el mundo como para sí mismo.

Para lograr estos propósitos, debe ejercitar sus facultades, adquirir conocimientos y comprensión, y apropiarse de habilidades para diversas ocupaciones.

¿Se puede alcanzar este propósito mediante la lectura de libros? Los libros exigen reflexión; el ser humano debe, por tanto, esforzar su capacidad de pensar para comprender su contenido. Mediante este esfuerzo ejercita el entendimiento y la razón. Los libros le proporcionan conocimiento de lo que el mundo fue en otros tiempos y de los destinos que ha experimentado su especie. No solo desea conocer estos hechos, sino también conservarlos en su mente; así, ejercita su memoria.

Las acciones de los hombres despiertan en él o bien desaprobación o bien aprobación. La aprobación y la desaprobación son manifestaciones de su naturaleza moral, de este modo ejercita, depura y vivifica su sentimiento moral. Se fortalece en el amor al bien y en el odio al mal cuando valora cada acción que ve, oye y lee, y la juzga según su valor o desvalor moral. De este modo alcanza la madurez moral y su razón adquiere dominio sobre todas las demás facultades de su espíritu.

Los libros deleitan y agradan a su mente. Le presentan el mundo embellecido y las acciones humanas con toda viveza. Su imaginación se ocupa de manera agradable y fácil, y así se ve estimulada a una actividad cada vez mayor, haciéndose cada vez más capaz de captar y representar series enteras de fenómenos con toda fuerza y fidelidad. Los libros contienen planes que se proponen con diversos fines; nos vemos obligados a juzgar su viabilidad y su utilidad, y con ello adquirimos prudencia y discernimiento, volviéndonos capaces de evaluar todo lo que existe y sucede según su utilidad o perjuicio.

Las escenas pictóricas que nos ofrece el poeta y las representaciones intuitivas con las que el matemático expone sus problemas ejercitan nuestra sensibilidad, de este modo nos volvemos capaces tanto de recibir toda clase de impresiones como de representarlas nuevamente. Nuestros conceptos adquieren vivacidad, y nuestras intuiciones, claridad.

Los libros ejercitan, por tanto, las facultades que la naturaleza nos ha otorgado. El propósito por el cual leemos libros debe, entonces, consistir en perfeccionar nuestras capacidades y elevar su actividad, en desarrollar todas nuestras disposiciones y hacerlas activas por sí mismas, y en llegar a ser independientes en todo. Los libros son para nosotros una institución educativa que al mismo tiempo nos sirve de maestro y que además nos proporciona abundante material para el ejercicio.

Una persona que puede hacer de todas sus facultades un uso libre y conforme a su propia voluntad es un ser humano perfecto. La lectura de libros favorece, por tanto, la perfección de nuestras capacidades. Un ser humano perfecto es libre; no se somete ni al destino ni a los demás hombres. La libertad otorga dignidad y esta ennoblece nuestra existencia. Así pues, mediante un uso adecuado de los libros, nos ennoblecemos y nos volvemos más libres; somos elevados de la tierra al cielo, desprendidos de lo terrenal, y ya en esta vida gozamos de un anticipo de nuestra inmortalidad.

El ser humano tiene en común con las demás criaturas de la naturaleza todo lo esencial: como ellas, nace, y el destino de la caducidad le alcanza del mismo modo. Pero la actividad propia le pertenece exclusivamente a él. Por libre voluntad puede determinar su destino. No gime bajo una necesidad férrea. Está liberado de las cadenas del instinto que guía a la creación irracional, y, gracias a su libertad, es creador de su propia existencia y de su propio destino.

¡Cuán importante es, por tanto, para el ser humano conocer todos los medios que pueden otorgarle tempranamente esta dignidad y mostrarle el camino por el cual puede alcanzar su destino!

La lectura de libros le proporciona tanto los materiales como la orientación sobre cómo debe luchar por el propósito de su vida en esta Tierra. Los libros lo introducen en el santuario y le permiten vislumbrar la grandeza que le espera si combate con valentía. Todo lo que leemos debe, por tanto, orientarse hacia un mayor desarrollo de nuestras facultades espirituales. La mente y el corazón deben beneficiarse de la lectura y ambos han de ponerse en armonía mediante la libertad.

El ser humano es el centro en torno al cual debe girar todo su esfuerzo. Es un fin en sí mismo, por encima del cual nada se encuentra y al cual debe procurar honrar. A menudo, en las horas de la medianoche, cuando la soledad y el silencio nos rodean y todo yace sumido en un sueño de muerte, un libro nos eleva y nos hace más nobles y más independientes de lo que éramos antes.

¿Puede, sin embargo, la lectura de libros tener otros fines además de la formación de las facultades y capacidades del ser humano? Queremos adquirir mediante la lectura una gran cantidad de conocimientos, pero ¿de qué sirven estos si no los utilizamos y si no podemos promover con ellos el bien de la humanidad?

¿Quién puede, entonces, sacar provecho de sus conocimientos? Aquel que hace un uso activo de todas sus facultades y que puede determinarse libremente para alcanzar diversos fines. No es útil para el mundo quien está lleno de conocimientos como si estuviera injertado de ellos y es esclavo de los materiales acumulados, sino aquel cuyas facultades actúan de manera libre y activa, que es dueño de todo su saber y que siempre sabe para qué sirve cada cosa; aquel que se eleva por encima de los conocimientos reunidos y los considera solo como moneda de cambio.

Muchos, al acumular conocimientos, han sofocado toda la actividad de su espíritu. ¿Han alcanzado así el fin de la lectura? Han reunido en sí un gran depósito de materiales, pero ¿se han vuelto por ello más aptos para grandes empresas? ¿Se atreven con mayor valentía a enfrentarse al peligro que amenaza su vida? ¿Poseen el valor de cumplir su deber en todas partes, aun cuando una espada penda sobre su cabeza y amenace con destruirlos si no obedecen la voluntad arbitraria de un malvado? ¿Dicen la verdad en todo momento cuando el deber lo exige, aunque ante ellos se abra un abismo espantoso de ruina?

¡No! Son cobardes, porque nunca han probado el sublime consuelo de elevarse, mediante la libertad, por encima de todo lo terrenal y perecedero, y porque nunca han osado enfrentarse al destino ciego, aunque pudiera aniquilarlos. Solo aquel que se ha desprendido de su pereza innata y ha adquirido energía realiza grandes y nobles acciones, aquel que domina los acontecimientos y que trabaja activamente con todos los materiales que se le ofrecen para el examen.

No vale la pena acumular muchos conocimientos mediante la lectura ni saber de memoria explicaciones de todos los fenómenos de la naturaleza y del mundo humano, si el espíritu no ha conquistado la actividad propia y la libertad, y si no se atreve a elevarse audazmente por encima de las nubes cuando los truenos retumban a su alrededor y la muerte y la destrucción lo rodean.

Su disposición debe llevar consigo nobleza; su entendimiento, actividad propia; su sentimiento, energía; y su carácter, independencia, si no quiere haber desperdiciado en vano su tiempo y su esfuerzo en el mundo de los libros.

Una persona que ha adquirido muchos conocimientos, pero no actividad propia, posee tan poco valor moral como utilidad para el mundo, el cual está a cada instante preñado de nuevos fenómenos que requieren, para ser juzgados correcta y adecuadamente, un entendimiento ejercitado. En él, sin embargo, ese entendimiento está como hechizado por la masa de datos que alberga la memoria. Pues para juzgar se necesita una gran destreza, si se quiere, en las tormentas del mundo o incluso en su lento discurrir cotidiano, elegir los medios más adecuados y eficaces.

Es necesario, por tanto, procurarse mediante la libertad y el autodominio un cierto tacto, para poder reconocer de inmediato, ante cada fenómeno, de qué naturaleza es y hay que adquirir habilidad en combinar para neutralizar cada veneno con su correspondiente antídoto.

Ninguna época fue más propicia que la nuestra para formar visionarios y exorcistas de espíritus. Ninguna produjo jamás tales monstruos ni contempló tales prodigios, que nos arrastran, aun contra nuestra voluntad, a reflexionar. ¿Y qué frutos dio todo ello? Credulidad y ceguera: se cree lo más increíble y no se ve lo más real; la eficacia de las opiniones humanas, la invulnerabilidad y la inmortalidad de las ideas.

La actividad propia debe ser el fin hacia el cual se dirijan todos los estudios y toda lectura. Ejercitado en pensar por sí mismo, certero en el juicio, vivo y delicado en el sentir, y lleno de energía en la acción: tal es la corona de la erudición.

El fin de la lectura no es, por tanto, la adquisición de grandes pero inútiles conocimientos, sino su aplicación activa, libre y racional. La lectura no debe provocar una paralización en la actividad de nuestro espíritu, sino elevar y perfeccionar nuestras facultades. Debe arrancarnos del instinto de la naturaleza y de la costumbre, y procurarnos libertad en el pensar y en el actuar.

Quizá, sin embargo, se podría considerar el entretenimiento como el fin de la lectura, sobre todo teniendo en cuenta que la vida humana está cargada de tantas desgracias y nos aflige con tanto sufrimiento, y que la flor misma de la vida ya encierra en sí el gusano destructor. ¿Por qué no habríamos, pues, de apresurarnos a disfrutar la vida y a saborear tantos placeres como nos ofrecen la naturaleza y el arte? ¿Por qué, ante una perspectiva tan sombría, no habría de dirigirse nuestro esfuerzo a robarle al sufrimiento una hora tras otra y pasarlas alegremente?

No sé si alguien que haya tenido alguna vez una intuición de su destino, basada en la actividad propia y la libertad, podría decidirse a malgastar su vida, a sacrificar su tiempo a placeres efímeros que, al final, nos resultan tan pesados como los males que rodean la existencia humana. Que una dama de moda disipe su vida de ese modo o que un joven irreflexivo despilfarre dinero y tiempo, pase; pero ¿tiene valor una vida consagrada únicamente al placer y al pasatiempo? Todo valor debe ser conquistado. No debemos ni soñar ni vegetar, si queremos ser dignos de nuestra existencia.

Mediante una vida llena de placeres y de inactividad, nos acostumbramos a una pasividad que nos degrada al nivel de los animales. La lectura es un veneno para el espíritu y el cuerpo si solo pretende divertirnos: adormece todas nuestras fuerzas en un sueño mortal y estaremos perdidos para siempre si no nos lanzamos a la plenitud de la vida y de la actividad, y si no tomamos la resolución de perecer antes que renunciar a la lucha por la independencia.

Se desconoce por completo la elevada vocación de la naturaleza humana cuando se le ofrece un alimento que solo apunta al placer.

Una lectura cuyo único propósito es matar el tiempo es inmoral, porque cada minuto de nuestra vida está lleno de deberes que no podemos descuidar sin deshonrarnos.

Al leer debe guiarnos siempre un fin más elevado. Debemos esforzarnos constantemente por aumentar la capacidad de nuestras facultades, tanto para nosotros como para los demás, a fin de que la personalidad triunfe y ocupe el lugar que le corresponde entre las disposiciones humanas.

La energía del pensamiento y la independencia del carácter, y no el entretenimiento, son el verdadero fin de la lectura.

El ser humano llega ignorante al mundo, crece en la ignorancia y así desciende a la tumba si no es instruido. ¿No podría, entonces, la instrucción ser el fin de la lectura? La instrucción es, o bien la recolección de conocimientos para explicar fenómenos, en cuyo caso uno se comporta más pasivamente que de manera activa, o bien la adquisición de comprensiones mediante el pensamiento propio, para lo cual los libros solo nos proporcionan el material que nosotros debemos asimilar libremente y elaborar por nosotros mismos.

La instrucción en el primer sentido es lo mismo que la erudición antes mencionada y rechazada como fin de la lectura. Nos hace tan poco útiles para el mundo como beneficiosos para nosotros mismos. Recorremos la vida como bestias de carga, sin ser jamás conscientes de para qué se nos ha impuesto el peso que llevamos. En cambio, en el segundo sentido, equivale a la formación de todas nuestras facultades, pues esta no puede concebirse sin un material siempre disponible para nosotros que podamos emplear para diversos fines. Mediante la formación adquirimos múltiples comprensiones y nos volvemos capaces de reflexionar libremente sobre todos los fenómenos que se presentan, aunque no siempre podamos explicarlos, pues, junto con la receptividad para diversas impresiones, hemos conquistado también la actividad propia para elaborar libremente los materiales.

Poseemos la habilidad de pensar por nosotros mismos sobre todo lo que se nos presenta. No caminamos con pies ajenos, ni necesitamos apoyarnos en la ayuda de otros. Podemos equivocarnos y caer, pero ambas cosas ocurren por nuestra propia actividad, ya que errar y fallar es un destino inevitable de nuestra naturaleza. Sin embargo, tenemos la esperanza de que finalmente podremos superar el error y llegar a la contemplación de la verdad.

Leemos para adquirir receptividad hacia la verdad. En todo estudio nos interesa conservar siempre un espíritu abierto y receptivo para poder conocer y examinar incluso los descubrimientos que se hagan en nuestra edad más avanzada.

¿De dónde proviene que muchos de nuestros filósofos más reputados no comprendan las obras de Kant? Se han aferrado a ciertos pensamientos y a un determinado modo de exposición que se ha arraigado tanto en ellos que se ha vuelto su segunda naturaleza, en lugar de haber adquirido mediante el estudio la capacidad de pensar libremente por sí mismos. Por ello están predispuestos contra todo lo nuevo, porque les resulta difícil, si no imposible, comprenderlo. Mezclan constantemente, al captar los pensamientos de otros, los suyos propios, y por eso naturalmente no descubren más que absurdos y contradicciones. Si en sus reflexiones hubieran consultado siempre a su propio espíritu y hubieran examinado y analizado en sí mismos los fenómenos de la naturaleza humana, habrían adquirido una receptividad siempre viva junto con una actividad siempre eficaz.

El fin más digno y noble por el cual se leen libros y el único que puede sostenerse ante el tribunal de la razón, es el despertar y el desarrollo de todas las disposiciones, así como el perfeccionamiento de todas las facultades del ser humano.

La lectura debe hacerlo receptivo, y no cerrado, a todo lo que lo rodea; debe convertirlo en señor, y no en esclavo, de las impresiones externas. Debe ennoblecerlo, no degradarlo; debe dar a su espíritu la fuerza de elevarse hacia el cielo y no dejarse encadenar al polvo. Debe humanizar todas sus actividades y no brutalizar su vida. Debe desacostumbrarlo de la pasividad y la inercia, a las que la materia lo ata con demasiada facilidad. Debe despertar ideas en su interior, para infundirle tanto respeto por su propia naturaleza como amor por la justicia. Debe hacerlo tan familiar en el mundo de los ideales como en el mundo de la experiencia sensible; pues el ser humano es, por su naturaleza, un anfibio: puede y debe vivir en dos elementos, y solo adquiere dignidad cuando está en casa tanto en el mundo sensible como en el suprasensible.

Es hijo del cielo y de la tierra; ambos los lleva en su interior, y depende de él saber unir el goce de ambos. La divinidad le dio el mundo de los ideales, el cielo, ya en esta tierra, para que no se extravíe en este laberinto ni sucumba ante las miserias del mundo.

El ser humano nunca se crece más que en medio de la tempestad: con la cabeza erguida hacia el cielo, desprecia la muerte que lanza contra él sus mortales flechas, y, sintiendo su divinidad, espera con serenidad la aniquilación de su existencia terrenal. Arroja su envoltura terrena como un vestido gastado y trata al cuerpo como un instrumento que solo valora mientras le es útil. Tales disposiciones pueden y deben despertar la lectura en nosotros, tanto para dar vida a la actividad propia de nuestra naturaleza como para enseñarnos a considerar nuestra existencia terrenal desde el único punto de vista correcto: como una escuela de formación.

Pero si debemos cultivarnos y perfeccionarnos mediante la lectura, entonces debemos conocer tanto las disposiciones y facultades del ser humano como los medios por los cuales puede desarrollarlas de manera adecuada.

Debemos, por tanto, investigar sus capacidades originarias y familiarizarnos con las leyes según las cuales actúan para poder tratar correctamente el espíritu humano como el objeto sobre el cual se ha de obrar, y no intentar poner en actividad una facultad sin haber despertado previamente otra de la cual aquella recibe el material para su ejercicio.

Asimismo, no debemos cometer la necedad de querer formar el gusto mediante las matemáticas, la razón práctica mediante la tecnología, o la imaginación mediante la ciencia de la naturaleza.

 

CAPÍTULO VI
¿DE QUÉ MODO Y POR QUÉ MEDIOS PUEED EL SER HUMANO DESARROLLAR Y PERFECCIONAR SUS DISPOSICIONES Y FACULTADES? 

Con demasiada frecuencia ocurre que se encuentran personas que están formadas en una sola materia y que, por ello, desprecian todo aquello que no pertenece a su ciencia, arte u oficio. Nadie es más intolerante en sus juicios que aquel que, por ejemplo, ha perfeccionado una sola facultad de su espíritu a costa de todas las demás.

El poeta diviniza la imaginación, el filósofo la razón, el hombre de negocios el sentido común y el epicúreo la sensualidad. El comerciante mira con orgullo por encima del erudito; este desprecia al artista; los propios eruditos se compadecen unos a otros, y todos creen estar muy por encima de los demás en rango, dignidad y utilidad.

El matemático no encuentra gusto en la poesía, el poeta en las matemáticas, el jurista en la doctrina moral de la religión, el teólogo en la jurisprudencia y los artesanos no estiman nada más que su ciencia útil para el sustento, considerando la filosofía y las Bellas Artes como un adorno superfluo.

¿De dónde proviene, pues, que cada cual no estime nada más alto que su propio oficio erudito? La razón se halla en la formación parcial de las facultades humanas: pues si estas estuvieran desarrolladas por todos sus lados, se valorarían las ciencias según la relación más o menos cercana que guardan con la razón práctica, es decir, con el fin último de la vida humana. Todas las ciencias y las artes se fundan en la actividad de las disposiciones y facultades humanas y en la naturaleza exterior. Por consiguiente, aquellos a quienes no impulsa ninguna necesidad a adquirir tales conocimientos y habilidades, aún no han desarrollado en sí la disposición que es principalmente activa en el estudio de esta o aquella ciencia o arte y a la cual estas deben su existencia.

El joven no encuentra placer en las investigaciones metafísicas, porque su razón aún yace como dormida; rara vez el anciano lee a los poetas, ya sea porque ha descuidado por completo la formación de la imaginación, o porque el tiempo y la experiencia han apagado su fuego. Las representaciones suprasensibles son incomprensibles para la mayoría de los hombres, porque no han desarrollado su razón. Por ello, dan a la divinidad una forma sensible de la manera más burda: la transforman en un anciano con barba cana y un halo alrededor de la frente, y conciben la inmortalidad del alma como una resurrección de los cuerpos.

El ser humano modela todo según sus necesidades. Rebaja lo suprasensible a su nivel porque no se ha elevado hasta ello mediante la cultura. Pero el hombre no debe formarse de manera parcial, sino total porque solo mediante la actividad propia de todas sus facultades es capaz de cumplir con todos sus deberes como hombre y como ciudadano. ¿Pero cómo debe proceder para alcanzar este propósito y lograr una formación completa? Debe conocer sus disposiciones y sus diferencias, así como el material que corresponde a cada facultad. Debe saber en qué orden deben ser despertadas, ejercitadas y desarrolladas. Debe familiarizarse con las leyes que son propias de cada facultad y según las cuales esta actúa.

Las reglas que debe observar son las siguientes: 1) debe ejercitar intencionadamente sus disposiciones y facultades; 2) debe proceder con método y adecuación; 3) debe primero despertar los sentimientos antes de lanzarse a la búsqueda de pensamientos; 4) debe procurar siempre una gran cantidad y diversidad de material para el ejercicio de sus facultades; 5) debe atreverse, aunque pueda equivocarse; 6) debe contrastar sus juicios y opiniones con los de los demás para comprobar si concuerda con ellos o no; 7) debe buscar conversaciones escritas y orales para prevenir el tedio mediante el intercambio y la actividad de todos los sentidos; 8) debe preguntarse siempre: ¿qué significa este fenómeno?, ¿de dónde procede?, ¿cómo se produjo realmente?, ¿para qué sirve?, ¿puede tu opinión, así como tu acción, ser válida universalmente?; 9) debe procurar explicar todo lo que es y sucede por causas naturales y no interponer jamás un velo a sus indagaciones.

El uso adecuado e incansable de todas las disposiciones y facultades es, por tanto, el medio por el cual el ser humano puede cultivarse. Mediante el ejercicio y la actividad propia adquiere formación y conocimientos; mediante intentos audaces aprende a caminar por sí mismo, y a través de los errores entra en el reino de la verdad.

El ser humano debe desarrollar su sensibilidad y hacer que sus sentidos sean capaces de responder a toda clase de impresiones. ¿Qué debe hacer, pues, si quiere ver coronado su propósito con éxito? Todos los objetos de la naturaleza y del arte perfeccionan la sensibilidad. Por ello debe observar diligentemente la naturaleza, explorar su diversidad y su riqueza, indagar su orden y su belleza, y estudiar todas las escenas pintorescas que ha creado con tan abundante profusión. Debe ejercitarse en la visión de cerca y de lejos, así como en el oído. Debe variar sus puntos de vista, reduciéndolos unas veces y ampliándolos otras. Debe dejarse embriagar por los encantos de los cantores de la naturaleza y por los atractivos y placeres que le ofrece una escena romántica, y mantenerse siempre con el ánimo abierto a los objetos de la naturaleza.

En este ejercicio de los sentidos, basta con que quiera para que estos alcancen una perfección que proporcionará a su entendimiento una enorme cantidad de materiales para el pensamiento y le otorgará innumerables placeres, quizá también sufrimientos, que, sin embargo, podrá superar mediante la formación de su naturaleza moral.

Pero no debe estudiar únicamente la naturaleza, sino también a los poetas originales y valiosos, los profetas y portavoces de la naturaleza. Debe comprender sus descripciones, grabar en su mente sus imágenes y representárselas con viveza; debe analizar sus ideas y volver a componerlas. Debe identificar el pensamiento principal que persigue el poeta: debe seguir la conexión de sus ideas, examinar lo adecuado o inadecuado de sus imágenes, y contemplar el conjunto tanto hacia adelante como hacia atrás, imprimiéndolo mediante su imaginación en la memoria. Si en este ejercicio pasa de las descripciones de la naturaleza a las de carácter espiritual y reflexivo, y comienza su lectura con representaciones completamente simples, naturales y sensibles, logrará hacer sus sentidos más receptivos y su ánimo más abierto a todo lo que hay dentro y fuera de él.

Los idilios y las fábulas son especialmente apropiados para la formación, vivificación y agudización de los sentidos. Pintan la naturaleza y le infunden vida espiritual. Admiramos la inocencia de la vida pastoril y la inteligencia y sabiduría de los animales, y así recreamos el corazón por medio de los sentidos y el entendimiento por medio del corazón. Quiero insertar aquí un idilio, algunas fábulas y cantos, en los que el mundo exterior está representado fielmente, aunque embellecido, pero todavía poco animado por el soplo espiritual de la imaginación. [...] 

Quien quiera ejercitar sus sentidos debe contemplar con frecuencia obras de arte, analizarlas y volver a recomponerlas. Debe, mediante tales intuiciones, avivar en sí el fuego y la fuerza para crear, y en la soledad saber evocar a su alrededor un mundo nuevo. Debe escuchar música, observar pinturas y, a través de la sensibilidad, procurar al mismo tiempo proporcionar materia a las demás facultades de su espíritu. Pero no solo el mundo de la poesía contribuye a la formación de la sensibilidad; también lo hacen los ejemplos de acciones de la vida real, cuando son representados de manera viva, fiel y clara.

Tan pronto como una narración o una escena nos interesa, no rehuimos esfuerzo alguno para leer sus partes por separado y reunirlas en un todo. Nuestra sensibilidad, como antesala del entendimiento, permanece siempre abierta cuando una materia rica nos invita a reflexionar. De este modo damos a nuestros sentidos mayor destreza y agilidad en la aprehensión de los objetos, pues todo lo que el entendimiento ha de elaborar debe primero entrar por los sentidos. [...] 

¿Tiene, pues, la formación de la sensibilidad una importancia tan grande? Todo aquello que no hemos percibido o sentido a través de ella no existe para nosotros. Ella es la proveedora del entendimiento y ni siquiera podemos dar vida en nosotros a las ideas de la razón de otro modo que representándolas mediante el sentido interno por nuestra propia fuerza.

Debemos proporcionarnos nosotros mismos la materia de lo que está innato en nosotros y, mediante nuestra propia actividad, vivificar nuestros sentidos. Todos nuestros conocimientos, todas nuestras ideas, todos nuestros sentimientos y deseos no son enteramente su obra, pero deben intervenir en ellos, y por eso es de gran importancia que cultivemos y alimentemos la sensibilidad para no filosofar en el vacío ni perseguir meras sombras sin sustancia, sino explorar el rico suelo de la experiencia y obtener de él una abundante cosecha.

Es necesario ser activo en lo sensible si se quiere dar vida, verdad y energía a los pensamientos, y es preciso fortalecer las facultades de la sensibilidad si se quiere causar impresión en los demás con nuestras representaciones y gozar de placeres dignos de la humanidad. Su predisposición protege nuestro entendimiento contra la inercia y nuestros pensamientos contra la parcialidad y la vaciedad.

Nuestras opiniones no serán ni fantásticas ni incomprensibles si nos ayudamos de los sentidos. Mediante su formación abrimos un amplio campo de acción, nos vinculamos más a la naturaleza, apreciamos las artes y embellecemos y ennoblecemos toda nuestra existencia. Gracias a ellos, la naturaleza nos revela muchos de sus secretos y por medio de ellos sentimos que nuestra vida no es un sueño, sino una realidad.

[...] El ser humano debe también, mediante la actividad de los sentidos, despertar, vivificar y formar la imaginación. ¿Cómo lo consigue? Debe renovar a menudo en su memoria aquello que ha visto y oído, y representárselo con viveza y energía, aunque los objetos estén lejanos de él en el tiempo y en el espacio. Mediante la vivificación sensible de lo ausente y lo pasado ejercita y perfecciona la imaginación. Pero, sobre todo, contribuye a la formación de esta facultad la lectura de poetas que pintan la naturaleza, que aplican sus colores con pincel vigoroso y saben hacer aparecer sobre el lienzo los objetos en toda su magnificencia y esplendor.

Por ello debemos procurar siempre contemplar tales cuadros poéticos tanto en su conjunto como en sus detalles: no debemos perdernos ningún rasgo de carácter, ninguna imagen, ninguna belleza, ningún sentido ni ninguna sugerencia. Debemos transformarnos por completo en la persona del poeta; debemos crear, observar, describir y pintar con él.

Las imágenes procedentes del mundo de la fantasía, del reino de las hadas, etc., animan y fortalecen nuestra imaginación y la hacen capaz de representarse, como por obra de una varita mágica, ora una escena, ora otra, adornándolas con toda belleza y todo encanto.

No debemos formar únicamente la fantasía, sino también la imaginación creadora, que se distingue de aquella en que establece nuevas conexiones entre ideas y objetos y actúa como creadora, mientras que la otra vuelve a hacer presentes y representa vivamente experiencias y percepciones ya existentes.

Mediante la formación de ambas, el ser humano gana en fuerza y energía de carácter, así como en dulces placeres de alegría. ¿Cómo puede, pues, despertar y formar la imaginación creadora? Debe al leer a los poetas y al contemplar la naturaleza, crear él mismo; debe unir lo percibido en nuevas combinaciones, esforzarse por introducir un nuevo orden de las cosas y por crear un mundo nuevo.

Debe ser siempre activo y alimentar las llamas de la imaginación: entonces, si en él se oculta una chispa de genio, esta saltará y, como una antorcha, iluminará el mundo. Nadie es pobre en fantasía, salvo quien, por su pereza y su entrega al placer, se condena a sí mismo a la miseria, aunque pobres en imaginación creadora por culpa de la naturaleza pueden serlo muchos, pues ¡qué pocos poseen la fuerza divina, el genio, y qué pocos tienen el valor de hacerlo brotar entre espinas y cardos!

A algunos también la fortuna les niega la posibilidad de nutrir y cultivar esta facultad. Pero, aunque la benévola naturaleza no haya concedido a todos los mortales un genio como herencia en esta tierra —un genio que crea un mundo de la nada, que da vida a los campos, embellece los bosques y transforma incluso un desierto en un lugar encantador—, pueden, sin embargo, mediante el contacto con sus obras, alentar su fantasía y, mediante su cultivo, si no suplir la falta de imaginación creadora, al menos hacer que esta carencia no se sienta de forma tan intensa ni tan dolorosa.

Quizá, además, ese genio creador yace profundamente oculto; por eso es necesario trabajar para facilitar su desarrollo. Hay que remover los obstáculos que le impiden manifestarse. Hay que ser audaz en la creación y temerario en el pensamiento, y darle ocasión de expresarse. Hay que animarlo y vivificarlo mediante las obras del genio de otros y ayudar a su libertad y eficacia mediante un cuidado constante.

¿Cómo se debe proceder, pues, para infundir vida y actividad a la imaginación creadora y hacer surgir su fuerza productiva? Me parece que para esta especie de resurrección no hay medio más eficaz y adecuado que la lectura de poetas inventivos, ricos en espíritu y en sensibilidad, originales, audaces y poderosos.

[...] Si alguien posee una disposición natural hacia la poesía o el arte, con certeza sus facultades se desplegarán mediante una lectura diligente y reflexiva de los primeros, así como a través de una contemplación reiterada y espiritualmente atenta de las obras de los segundos. Animado y encendido por tales modelos, se verá impulsado a aspirar a una perfección que, aun en medio del polvo de la existencia, lo eleva a una suerte de dignidad casi divina y que, al mismo tiempo, sirve de chispa para encender el espíritu de los demás.

Las obras de arte, en cuanto productos del genio, poseen esta cualidad singular: que despiertan y forman de nuevo el genio allí donde acaso yacía oculto entre los escombros. Fascinan al espíritu afortunado que, sostenido por su propia voluntad, puede llegar a crear a su vez obras maestras capaces de asombrar al mundo. Infunden vida en el ánimo, avivan un fuego interior que purifica todo cuanto alcanza y transforma el mero polvo en el más puro oro. Despiertan las fuerzas dormidas y, aun al más desposeído, le comunican una parte de su abundancia.

[...] El entendimiento no puede pensar si no ha recibido previamente materia a través de los sentidos. Son estos los que lo despiertan y, por así decirlo, llenan sus pensamientos. Si, por tanto, la sensibilidad ha alcanzado solo un bajo grado de cultivo, tampoco podremos ocupar ni ejercitar mucho nuestro entendimiento; pero si aquella se halla activa, este se ve impulsado por el influjo de los objetos externos a prestarles atención, a reflexionar sobre ellos, a compararlos entre sí y a juzgar su concordancia con sus propias leyes, así como su adecuación a diversos fines.

La actividad de unir y separar aquello que se intuye es precisamente lo que forma el entendimiento. Y nuestro empeño se ve particularmente favorecido cuando procuramos una gran diversidad de asuntos que además posean novedad y despierten nuestra curiosidad e ingenio. Cuando nos convertimos en observadores atentos y constantes de los fenómenos tanto de la naturaleza como del mundo humano, cuando meditamos sobre sus causas y sus fines, y aun creyendo haber alcanzado una explicación suficiente, no dejamos de interrogarnos si no podrían existir otros fundamentos de su interpretación y otros propósitos de su existencia.

Ahora bien, todos los materiales que se ofrecen al entendimiento para su ejercicio deben proceder del mundo sensible, pues es en este elemento donde habita propiamente; todo lo que se aparte de él lo desvía de su curso y lo precipita en el error y en la ilusión. Por ello, toda acción y omisión humanas deben constituir nuestro estudio constante. Debemos esforzarnos por descubrir las razones que las impulsan, conocer las inclinaciones y pasiones de los hombres, así como sus efectos y manifestaciones. Hemos de estudiar sus caracteres, comparar los rasgos que percibimos, examinar su existencia en un mismo individuo y dirigir nuestra mirada hacia el interior del corazón humano. [...] 

No basta, sin embargo, con que nuestro entendimiento adquiera destreza en el pensar: también nuestra razón exige cultivo. ¿Qué debemos hacer, pues, si queremos alcanzar este fin? El entendimiento suministra a la razón la materia que ya ha elaborado: el entendimiento es la facultad de juzgar, la razón la facultad de inferir. La razón tiende, en todas sus operaciones, hacia la universalidad y lo incondicionado. Busca el fundamento primero de todo lo que existe; indaga la causa originaria del mundo y de nuestro propio pensamiento. Todo su esfuerzo se dirige a introducir unidad y conexión en nuestros conocimientos.

Debemos, por tanto, ejercitarnos en el razonar; debemos penetrar hasta los últimos fundamentos de los fenómenos, tanto en nosotros como fuera de nosotros; no debemos cesar en nuestra indagación de las apariencias hasta haber desplazado por completo su causa fuera del mundo sensible, o al menos haberla llevado hasta el límite de este. Hemos de buscar materias que ya no pertenezcan al ámbito de lo sensible, sino que se sitúen más allá de él. La divinidad, el alma, la libertad son objetos que ejercitan nuestra razón y favorecen su cultivo. Por ello, debemos comenzar con el estudio de fenómenos que, en cuanto tratamos de esclarecer sus causas, nos conducen más allá de este mundo. También los poemas en los que se contienen ideas cuyos objetos trascienden la esfera sensible constituyen medios para la formación de la razón. En cuanto pensamos en Júpiter, lo situamos en otro mundo y lo arrancamos del círculo de los objetos sensibles. Es, para nosotros, como Jehová, un ser de un mundo suprasensible: mediante su representación somos elevados por encima del mundo de los fenómenos, y lo contemplamos como el poderoso tronador, castigador del mal y recompensador del bien.

[...] Una vez que hemos conocido la riqueza, la multiplicidad de la naturaleza y sus fuerzas, debemos también considerarlas desde una perspectiva teleológica. Hemos de preguntarnos: ¿para qué existe todo cuanto vemos?, ¿en qué conexión se halla todo lo que vive y se agita?, ¿cuál es el fin de la creación entera?, ¿para qué vive ese ser prodigioso que es el hombre y en qué relación se encuentra con la naturaleza?

Por doquier percibimos los efectos de una poderosa sabiduría: todo nos muestra las huellas de un entendimiento universal que cuida tanto del gusano en la hierba como del cedro del Líbano, que sostiene al hombre en los ardientes desiertos de África y en los hielos del norte. ¡Qué grandeza, qué bondad del creador y conservador del mundo contemplamos cuando hallamos todo dispuesto con tanta finalidad para la conservación de los seres vivos!

Esta regularidad, esta sabiduría en la naturaleza, nos arrebata hacia la admiración y la veneración. Nos volvemos cada vez más inquisitivos y crece en nosotros el deseo de reflexionar sobre las disposiciones de la naturaleza dentro y fuera de nosotros. Cuando observamos cuán beneficioso es el reno para las regiones frías y el camello para los desiertos de Asia y África, y cuando casi en todas partes advertimos una sabia adecuación de medios a fines, inferimos por analogía con el entendimiento humano la existencia de un gran y poderoso entendimiento fuera del mundo, que lo ha ordenado todo sabiamente y que lo gobierna y lo conserva.

Nuestro espíritu entra entonces en una disposición moral y se inclina reverente ante ese ser desconocido que, por su omnipotencia y sabiduría, ha ordenado todo de manera tan excelente para el bien y la formación del hombre. Mediante tales consideraciones ejercitamos el juicio teleológico y nos abrimos el camino hacia la cultura moral. La admiración por la finalidad en la naturaleza posee algo de moral y hace amable la virtud. La investigación de las causas finales es una preparación para el cultivo de la disposición hacia la personalidad. Nos habituamos a la legalidad, que es el vestíbulo de la virtud. [...]  Sin embargo, este ejercicio de la facultad de juzgar teleológica no es todavía suficiente para la formación de la disposición de la personalidad: debemos también juzgar toda acción y conducta humana conforme a la ley moral.

En todas las acciones humanas debemos preguntarnos si estaríamos satisfechos si se nos hiciera a nosotros aquello que ahora vemos hacer a otro. Tanto las buenas como las malas acciones de los hombres, sus virtudes y sus vicios, deben ser siempre una escuela de ejercicio para nuestra razón práctica: deben mantener nuestro espíritu en una actividad constante y debemos trabajar sin cesar para mantener vivo y activo en nosotros el rechazo hacia la injusticia y el respeto hacia el derecho, así como para incrementarlos.

La naturaleza misma ha venido en nuestra ayuda en la elaboración y cultivo de la disposición para la personalidad: de manera involuntaria despreciamos al malvado que viola cruelmente los derechos de los demás y, del mismo modo, sentimos espontáneamente respeto por aquel que socorre al necesitado, que salva al desgraciado y que honra la personalidad de todos los seres humanos. Las buenas acciones nos inspiran entusiasmo y nosotros mismos llegamos a ser virtuosos.

Todos los acontecimientos en el mundo político y moral, la historia universal en su conjunto, el comportamiento de los hombres entre sí y la administración de la justicia en los Estados constituyen una excelente escuela de formación para nuestra razón práctica.

Nada de lo que concierne al ser humano debe resultarnos indiferente si queremos progresar en nuestra cultura moral. Es un malvado aquel que contempla tranquilamente, sin emitir un juicio de desaprobación, cómo miles de hombres son conducidos a la muerte, cómo la inocencia es estigmatizada, el derecho ridiculizado y la humanidad ultrajada. Es el egoísta más peligroso, al que no le falta la ocasión para mostrarse a sí mismo con semejantes infamias. Todo lo que hacen los hombres debe interesarnos y debemos someterlo todo al tribunal de nuestra razón, preguntándonos siempre: «¿Puede tal modo de actuar, como el que ahora observamos, convertirse en ley universal y ser aceptado como válido para todos? ¿Podría subsistir el género humano, conforme a la ley de la igualdad, si todos actuaran de ese modo? ¿Es tratado aquel a quien vemos sufrir una acción como un ser autónomo y libre como persona? ¿Se considera su razón como legisladora de sí misma y su voluntad como autodeterminada? Y, si se actuara con nosotros del mismo modo en que ahora vemos actuar con otro, ¿lo aprobaríamos? ¿Desearíamos acaso que todos actuaran, así como ahora actuamos nosotros?

Si juzgamos de este modo todas las acciones humanas y llevamos todos los actos ante este tribunal, nuestra razón se despierta y se forma, nuestro sentimiento moral se vuelve vivo y agudo. Y si nos atrevemos, aquí y allá, a hacer el bien por la intención de que es un deber humano, entonces nuestra voluntad adquiere fuerza y vigor, y vence todos los obstáculos que los hombres y la naturaleza ponen en su camino.

¡Atrévete con firmeza! (fortiter aude!) debe ser la máxima de nuestra enseñanza moral. Todo el bien que ocurre no debe encontrarnos como meros espectadores ociosos, sino como participantes activos. Debemos salir siempre en busca de acciones que ejerciten nuestra personalidad, para fortalecerla y hacerla audaz y resuelta.

En cuestiones morales, hay que intentar todo si se quiere progresar en la virtud. Una vida moral es la verdadera floración de la humanidad; sin ella, podríamos perdernos entre los demás animales en el prado. Nuestro curso de vida debe ser rico en buenas acciones, como el prado en flores. Nuestra vida debe ennoblecerse por su propio valor y por nuestra propia actividad; debemos avergonzarnos de brillar con un esplendor prestado. Debemos aspirar siempre a llegar a ser todo por nosotros mismos. No al destino, ni a los hombres, sino únicamente a nosotros mismos debemos el noble valor que nos eleva por encima del polvo.

[...] Nos invade la indignación cuando vemos que, sin culpa alguna, un semejante es humillado y pisoteado y con dificultad podemos contenernos de lanzar una maldición contra un monstruo que se alegra del sufrimiento de sus prójimos o saca provecho de su desgracia. Esta indignación ennoblece la naturaleza humana y nos hace concebir la feliz esperanza de que, finalmente, todo ha de mejorar; pero también nos cultiva y nos hace cada vez más sensibles all derecho y la virtud, y salimos armados con mayor fuerza y mayor valor al encuentro de los enemigos que nos acechan dentro y fuera de nosotros y buscan perdernos. [...] 

Pero aún tenemos otras facultades que deben ser despertadas, ejercitadas y perfeccionadas. La memoria también exige cultivo. ¿Cómo podemos proporcionárselo? Debemos pensar todo con claridad y representarnos de manera sensible y vívida aquello que queremos conservar en el recuerdo. Debemos ocuparnos de hechos que nos interesen y que estén tomados de nuestro entorno, familiarizarnos con ellos, captarlos en un orden claro y fijarlos en lo principal. Debemos intentar relatar de forma clara, precisa y ordenada lo que hemos leído, oído y visto.

Las principales reglas que se deben observar en los ejercicios de la memoria son, por tanto, las siguientes: 1) deben ser hechos con los que comencemos la formación de nuestra memoria; 2) deben ser comprensibles, evidentes y tomados de nuestro propio ámbito de vida; 3) deben presentarse con verdad, sencillez y viveza; 4) deben tener interés para nuestro espíritu.

Lo más fácil debe abrir el camino a lo más difícil, lo sensible a lo suprasensible y las intuiciones deben preceder a los conceptos. Una fábula ejercita la memoria más que un poema lírico; una narración moral se comprende y retiene más fácilmente que un tratado filosófico.

[...] Además de la memoria, debemos también formar el gusto, para despertar la sensibilidad hacia los sentimientos de lo bello y de lo sublime, y para adquirir una capacidad de juicio sobre ellos. ¿Cómo comenzamos esto? No la Teología, ni la Jurisprudencia, ni la Filosofía, sino las obras de las Bellas Artes que son modelos, perfeccionan nuestro gusto.

Debemos, por tanto, leer a los poetas que son clásicos tanto por sus ideas como por la manera de expresarlas. Debemos observar la conexión de sus ideas, sus imágenes, sus comparaciones, la ejecución del conjunto, y buscar aquellas pinturas y descripciones que ocupen de manera fácil y agradable nuestra imaginación y nuestro pensamiento.

Mediante el juego de estas dos facultades disfrutamos de un placer que se distingue tanto del bien como de lo meramente agradable y útil. Si repetimos a menudo esta actividad y alimentamos tanto la imaginación como el entendimiento, adquirimos una capacidad especial de juzgar que se llama gusto.

Damos nuestro asentimiento a una descripción, a una pintura, sin tener interés alguno en su existencia y sin que excite nuestro placer sensible. Lo bello nos agrada de manera totalmente desinteresada, y no podemos captar este agrado en conceptos claros y determinados, aunque conozcamos su origen, pues surge de la libre actividad de la imaginación y del entendimiento.

Cuando estas dos facultades concuerdan en sus efectos, sentimos un placer que agrada tanto al espíritu como al cuerpo. A la imaginación no le cuesta gran esfuerzo captar los objetos bellos y el entendimiento no se fatiga al unir la diversidad aprehendida por aquella. Lo bello no es una propiedad adherida a los objetos, como lo son los predicados «duro» o «pesado», sino un producto de la libre concordancia entre la imaginación y el entendimiento. La lectura de poetas clásicos ejercita y perfecciona nuestro gusto. Cuando leemos ciertos pasajes, nos sentimos tanto complacidos como instruidos.

[...] Pero el gusto no se forma únicamente mediante la lectura de obras de arte, sino también por una contemplación diligente y atenta de la naturaleza. Cuando contemplamos un valle romántico, rodeado de colinas en las que se alternan árboles y casas y atravesado por un arroyo que serpentea entre flores y arbustos, cuando el conjunto se ve además animado por animales y seres humanos, entonces no referimos el juicio que formamos a los objetos con el fin de adquirir un conocimiento más completo de ellos, sino a nuestro ánimo, para obtener un placer agradable. Juzgamos la relación de los objetos con nosotros mismos y experimentamos el mismo placer que nos proporciona el estudio de un poeta ejemplar.

La contemplación de la naturaleza despierta también en nosotros los sentimientos de lo sublime y de lo bello y aumenta la receptividad de nuestro espíritu para los objetos elevados y hermosos. Cuando vemos desencadenarse un huracán, cuando todo a nuestro alrededor parece amenazar con destruir el mundo, entonces despiertan en nosotros ideas. Nos sentimos superiores a esas fuerzas destructoras de la naturaleza y gozamos de un placer que nos conmueve de un modo tan agradable como nos cultiva moralmente.

La visión del mar infinito y del tiempo sin límites produce en nosotros el sentimiento de lo sublime y la contemplación de una pradera cubierta de flores, de un valle amable, etc., hace nacer en nosotros la sensación de lo bello.

Nuestra facultad de juzgar se pone en actividad, nuestro gusto se ejercita y nos volvemos más receptivos para los placeres de lo bello y de lo sublime.

[...] Debemos atender y cultivar todas las disposiciones y fuerzas de nuestro espíritu, ejercitarlas y perfeccionarlas, y actuar por propia comprensión y autodeterminación, aun a riesgo de ver fracasar nuestros planes. Somos artesanos eruditos si no nos esforzamos constantemente por alcanzar la perfección en la cultura. Somos parciales en nuestros juicios y unilaterales en nuestros sentimientos y aspiraciones si no desarrollamos todas nuestras facultades, pues solo así podemos considerar los objetos desde todos sus lados, juzgar su relación con nosotros y valorar debidamente su importancia.

¿De dónde procede la gran parcialidad de nuestros contemporáneos? ¿No es acaso fruto de la falta de una cultura general y de una predisposición para la verdad pura y desinteresada, así como para las nuevas opiniones? Nunca se ha hecho un uso verdaderamente autónomo de todas las facultades. Por ello, uno no se conoce ni a sí mismo ni a los demás, y no puede comprender cómo pueden producirse tales acciones, cómo son posibles tales excesos, ni cómo alguien puede sostener ciertos principios o adherirse a determinadas opiniones. Si no se hubiese descuidado el espíritu, sino que se hubiese procurado desarrollar todas sus disposiciones, aunque no fuese con igual perfección, no habría necesidad ni de asombrarse ni de emitir esos juicios absurdos que se oyen a cada momento.

Hoy en día se está, en gran medida, predispuesto contra todo lo nuevo, ya sea porque resulta inusual, porque exige el esfuerzo de comprenderlo, o porque se teme que la difusión de nuevas ideas perjudique la reputación o la posición social. Pero aun así se clama contra las innovaciones en las ciencias, en las artes y en el gobierno de los Estados, aunque no sean más que productos del curso natural de las cosas humanas.

El hombre que quiera ser digno de ese nombre no debe fatigarse en la búsqueda de la verdad ni despreciar nada que le resulte desagradable o inusual, o que le parezca peligroso. Puede ocurrir que aquello que es desprestigiado y desdeñado sea precisamente la verdad y que, aunque esta no se muestre aún en toda su pureza, abra sin embargo el camino hacia nuevas miradas y descubrimientos. Quien posee un grado igualmente elevado de cultura en la mente y en el corazón se avergonzará de menospreciar cualquier esfuerzo o afirmación, o incluso de burlarse de ellos, cuando aún no está completamente seguro de a qué resultados conducen ni qué esclarecimientos pueden finalmente ofrecernos sobre el ser humano y la naturaleza.

 

CAPÍTULO VII
SOBRE LAS Bellas Artes

Pocos mortales son artistas, pero esos pocos son los hijos predilectos de la naturaleza que los ha dotado abundantemente de todo lo que es grande y magnífico. Las Bellas Artes son productos de los talentos más sobresalientes y del mayor esfuerzo de varias facultades del espíritu humano. El filósofo, dotado de agudeza, energía del pensamiento e infatigable en la indagación, puede provocar una revolución en las opiniones de los hombres. El jurista y el teólogo pueden incluso, con medios mucho más modestos, alcanzar un gran renombre, y del mismo modo el historiador y el médico pueden marcar una época en sus ciencias, aunque no estén tan divinamente dotados como el artista que pretende suscitar admiración. Si en el filósofo actúan de manera autónoma el entendimiento y la razón, puede dar a luz una multitud de ideas y opiniones nuevas, y abrir una visión completamente distinta de las cosas respecto a la que hasta entonces era habitual. Puede realizar descubrimientos en el ámbito de las ciencias que son tan instructivos y útiles como audaces y sorprendentes. Puede esclarecer cosas que nunca antes habían sido iluminadas y resolver enigmas que hasta entonces se solían ignorar pero no solucionar. Puede observar al espíritu humano en su taller secreto, sorprenderlo en plena acción y comunicar al mundo todas sus operaciones y su modo de proceder. Puede seguir a la naturaleza en lo oculto y misterioso, sorprender a la eternamente activa y llevarla a revelar sus maravillosos efectos.

Pero ¡cuán distinta es la situación del artista cuyas obras deben agradar a un hombre de espíritu y buen gusto! Deben ser productos del genio y, por tanto, originales, ingeniosas y ricas en ideas. Sin embargo, el poeta no debe limitarse a inventar y crear, sino que ha de presentar lo inventado de manera elegante, bella y seductora tanto para los sentidos como para el entendimiento. No debe ofender nuestro gusto mediante excesos; su obra debe ser pulida y refinada.

El profundo y original conocedor del ser humano William Shakespeare ofende con demasiada frecuencia nuestro gusto como para agradarnos siempre, aunque sea inagotable en observaciones agudas, en imágenes audaces y sublimes y en ideas nuevas. A menudo une entre sí cosas que no deberían combinarse. Mezcla lo noble y elevado con lo bajo y vulgar, lo bello con lo feo, e interrumpe con frecuencia las escenas más serias y solemnes con bromas groseras. Sin embargo, este espíritu original seguirá siendo una fuente inagotable para el observador del ser humano, un consuelo constante para los espíritus elevados y una fuente de vida para todo aquel que estime a su especie y desee conocerla en todas sus situaciones.

El poeta debe poseer, por tanto, el don divino del genio y del gusto, si quiere satisfacer las exigencias que planteamos a un artista. Debe conocer con exactitud el mundo y a los hombres, y saber comunicar a sus lectores, con aparente facilidad, las observaciones más agudas. Debe ocupar nuestro espíritu de manera ligera y agradable, y nunca debe costarnos gran esfuerzo comprenderlo si ha de merecer nuestro pleno reconocimiento.

Las bellas obras de arte ocupan y deleitan la imaginación y el entendimiento de la manera más grata e instructiva. Los sentimientos más encantadores y los pensamientos más delicados son despertados en nuestro ánimo por los encantos de la poesía. Las Bellas Artes embellecen el mundo, hacen a los hombres más amables y diversifican y animan el espectáculo uniforme y pesado de la vida. Despiertan y cultivan en nosotros los sentimientos de lo bello y de lo sublime, de lo gracioso y de lo noble, de lo solemne y de lo ingenuo, de lo temible y de lo terrible. Sin su omnipotencia, nuestro pecho estaría muerto y nuestro espíritu nunca habría llegado a ser esa llama viva que todo lo penetra y anima. Ellas producen en nosotros experiencias que antes ni siquiera presentíamos. Con el poeta ascendemos al cielo; con él vagamos por praderas encantadas y bosques apacibles. Él nos enseña a despreciar la muerte y a amar incluso una vida dolorosa. Nos infunde valor y fuerza para atrevernos a lo imposible cuando se trata de un deber humano, y nos ofrece fortaleza y consuelo en la desgracia. Esparce rosas sobre el camino de nuestra vida y con él avanzamos valerosamente hacia el fragor de la batalla.

Las Bellas Artes son hechiceras que alivian al ser humano de todas las cargas que el poderoso y ciego destino impone indistintamente a todos, y le hacen olvidar todos los sufrimientos del cuerpo. Nos entretienen sin provocarnos hastío, nos instruyen sin que estos conocimientos y comprensiones nos cuesten gran esfuerzo, derraman bálsamo en nuestro corazón angustiado sin someternos antes al tormento, nos hacen sabios sin obligarnos a recorrer la larga escuela de la experiencia. Nos inician en los secretos más íntimos de la naturaleza humana y nos presentan las verdades más profundas y útiles bajo el ropaje más encantador. Si su estudio no produce en nosotros estos frutos, la culpa no es de ellas, sino nuestra: debemos entonces acusarnos a nosotros mismos, pues no nos sumergimos en las corrientes de la vida, no actuamos con energía ni acogemos sus verdades de manera libre y autónoma.

La actividad propia de nuestro espíritu nos abre los tesoros que encierran las Bellas Artes y es la lucha y el esfuerzo lo que las convierte en nuestra auténtica posesión. El poeta es un hijo de los dioses, pues crea, anima, entusiasma y vuelve activo y vivo aquello que antes estaba muerto e inerte. Todas las Bellas Artes tienen como finalidad deleitar e instruir a los hombres, cultivarlos y humanizarlos, hacerlos sociables y ennoblecerlos. Son una propiedad propia de la naturaleza humana y deben su existencia a facultades que parecen pertenecer exclusivamente a nosotros.

Quien no encuentra gusto en las Bellas Artes es capaz de los excesos más bajos porque no ama la regularidad. Las artes conducen a la virtud, con la cual tienen en común que son una obra de la libertad y que son hijas del espíritu. Aquel a quien no le agrada lo bello es un bárbaro: destruye sin propósito aquello que cae en sus manos; y aquel a quien no conmueve lo sublime es un miserable, pues ni siquiera la virtud está a salvo de sus ataques. Todo le es indiferente, nada le resulta sagrado. Permanece frío e insensible, aun cuando un mundo entero se derrumbe ante sus ojos.

Las Bellas Artes son el lazo que mantiene unidos a los hombres. Fomentan la sociabilidad, destruyen el egoísmo malicioso, extirpan la malevolencia, la envidia y la maldad de nuestro corazón, y nos llevan a encontrar placer únicamente en aquellas acciones que unen la belleza y la dignidad con la utilidad y el provecho.

Todo se ennoblece en el ser humano: las inclinaciones animales y los deseos desordenados se humanizan, las pasiones destructivas y las máximas maliciosas son expulsadas en cuanto alguien aprende a amar lo bello y lo sublime y su pecho se convierte en una fuente inagotable de vida y actividad tan pronto como un fuego poético anima su espíritu. El ser humano está hecho para el arte porque posee facultades que de otro modo no tendrían ningún fin, y porque este le resulta beneficioso pues le compensa abundantemente una existencia que su genio le ha otorgado.

 

CAPÍTULO VIII
¿CUÁL ES EL PROPÓSITO DE LA LECTURA DE LAS BELLAS OBRAS DE ARTE?

Por obras de las Bellas Artes entiendo aquí novelas, poemas, comedias, tragedias y discursos. Estas son los únicos objetos de consideración cuando se habla de Bellas Artes. ¿Por qué se leen tales obras? Dado que el propósito de toda lectura es la formación de nuestras facultades y capacidades, este debe ser también el objetivo de la lectura de las obras de arte.

¿Qué facultades se pretenden entonces desarrollar mediante su estudio? ¿El entendimiento? Pero, ¿acaso este no puede formarse igualmente bien mediante la historia y las ciencias de la naturaleza que mediante las Bellas Artes? ¿No contienen estas ciencias una gran cantidad de materiales para el juicio por medio de los cuales el entendimiento ejerce su actividad?

La formación del entendimiento no es una propiedad exclusiva de la lectura de obras de arte: esta finalidad la comparten con todas las demás ciencias, y especialmente con aquellas cuyo contenido se presenta a la observación. La cultura del entendimiento, por tanto, no es el propósito específico por el cual se leen o se deben leer las obras de arte.

¿Quizá se pretende formar la razón especulativa mediante la lectura de obras de arte? Pero ¿acaso solo las Bellas Artes contienen materia para las ideas? ¿No están acaso toda la Teología y la ciencia del Derecho construidas sobre ideas? El objeto de la primera es la divinidad y sus atributos, y el de la segunda el derecho como regla para juzgar todas las acciones y omisiones humanas. Ambas ciencias son productos de la razón y la ocupación en ellas contribuye a la formación y perfeccionamiento de esta.

¿Y cuántas veces no hay obras de arte que, aun siendo obras maestras, se limitan a representar el mundo sensible sin hacer referencia alguna a otro mundo, como debería ocurrir en aquellas ciencias y artes que despiertan en nosotros ideas, las cuales son exclusivamente hijas de la razón, y que, por tanto, deben desarrollar y formar nuestra razón?

¿Quizá la lectura de obras de arte contribuye a la formación de la razón práctica? Pero ¿no hacen esto también la Historia, la Filosofía moral y la Teología moral? Todas estas ciencias pueden emplearse y utilizarse para la formación y perfeccionamiento de la razón práctica y para vivificar el sentimiento moral.

¿Se pretende entonces la formación de la sensibilidad cuando se leen obras de arte? La Historia natural ofrece abundantes materiales tomados del mundo sensible y, por tanto, es propiamente adecuada para el perfeccionamiento de los sentidos y, aunque las Bellas Artes también contribuyan a su cultivo, esta no es una ocupación ni un propósito que les sea exclusivo.

¿Se pretende entonces ejercitar y formar mediante las Bellas Artes la facultad de juzgar teleológicamente y la memoria? Pero esto puede lograrse igualmente bien mediante cualquier otra ciencia que investigue los fines, que ofrezca ejemplos de la adecuación de la naturaleza a propósitos y que tome sus materiales del mundo sensible, tanto como mediante las Bellas Artes.

¿Cuál es entonces el propósito de las Bellas Artes, por el cual debemos leer y estudiar sus obras? La facultad para la cual aún no hemos encontrado un objeto propio ni un alimento específico es el gusto, el cual, sin embargo, debe ser cultivado. Pero ¿no puede esto lograrse también mediante las ciencias? El estudio de las ciencias exige conceptos determinados y claros, que deben derivarse de un principio válido para todo el ámbito de cada disciplina.

¿Poseen también las Bellas Artes principios en los que se fundan, según los cuales deben ser juzgadas, y mediante los cuales pueda decidirse de inmediato que algo es bello, sublime o ingenuo, como ocurre, por ejemplo, con el principio de verdad en la lógica, según el cual vale la ley: «lo que no se contradice en su forma es (lógicamente) verdadero»?

¿No puede encontrarse una regla semejante para el gusto, como se ha hecho para las funciones lógicas del pensamiento? Para el gusto no existen principios, sino únicamente reglas y máximas, pues, de lo contrario, fundaría ciencias y no Bellas Artes, y una obra de arte ya existente podría ser imitada por cualquiera, aun sin poseer genio, del mismo modo que cualquiera con un entendimiento mediocre puede aprender incluso la ciencia más difícil una vez que ha sido descubierta.

Si existiera, por tanto, una ciencia de lo bello y de lo sublime, es decir, del gusto, y no solo una crítica del mismo, entonces cualquiera podría decir inmediatamente qué es bello, y cualquiera podría reproducir cualquier obra de arte con solo aplicarse, aunque no tuviera talento sobresaliente.

Los juicios de gusto no se fundamentan en principios que puedan aprenderse científicamente, sino en la libre armonía de la actividad de la imaginación con el entendimiento. No se manifiestan por medio de conceptos, sino por sentimientos. Por eso, debemos primero sentir y experimentar antes de poder emitir un juicio estético.

Lo bello y lo sublime, como objetos de las Bellas Artes, son productos del sentimiento: podemos determinar qué impresión producen en nosotros los objetos bellos y qué operaciones deben tener lugar en nuestro interior para poder llamar bello a algo, pero nunca podemos afirmar que tal o cual objeto deba ser bello antes de haber probado su efecto en nuestro ánimo mediante el gusto y de haber experimentado su relación con nosotros a través del sentimiento.

No son las ciencias, sino las Bellas Artes las que pertenecen al tribunal del gusto. Este no juzga lo que es verdadero, útil o bueno, sino lo que agrada. Es el juez de aquellas obras que despiertan en nosotros los sentimientos de lo bello, de lo sublime, de lo terrible, etc. No atiende a si una obra aumenta nuestros conocimientos, sino a si produce un placer en el ánimo, aunque, para agradarnos, deba ser rica en ideas. Por eso, el gusto no se cultiva mediante ninguna ciencia que deba atender a la verdad, a la claridad y a la precisión de los conceptos, sino mediante las obras de las Bellas Artes, que son las únicas que suscitan en nosotros aquellas actividades por las cuales el gusto se forma y se perfecciona.

El propósito de las Bellas Artes no es, por tanto, aumentar nuestros conocimientos, pues en esto coincidirían con las ciencias, sino formar nuestro gusto. ¿En qué consiste, entonces, el gusto? Es una facultad de juzgar la naturaleza y el arte, para conocerlos en relación con los sentimientos que ambos objetos suscitan en nosotros. Manifiesta su actividad propia en que un objeto nos agrada o nos desagrada. A él debemos los sentimientos de lo bello y de lo sublime.

¿Qué facultades de nuestro espíritu se ponen en actividad en los juicios de gusto? El sentimiento de lo bello es un producto de la imaginación y del entendimiento, y surge porque aquella capta un objeto en la intuición, y este lo une y lo juzga según su ley de concordancia.

Lo bello no ofende a nuestros sentidos, sino que les agrada, y produce un placer que no coincide ni con lo agradable ni con lo bueno.Lo sublime es un producto de la imaginación y de la razón: aquella intenta abarcar un objeto en una intuición, pero sucumbe ante su propio esfuerzo, entonces despierta la razón, como facultad de lo incondicionado y de lo infinito, nos eleva por encima del mundo sensible y de sus fuerzas en conflicto, y reúne lo múltiple en una totalidad. La razón triunfa sobre el poder de la naturaleza y del azar, sobre el tiempo infinito y sobre el espacio inconmensurable.

Lo sublime, aunque contradice a nuestros sentidos y les causa dolor, nos proporciona al mismo tiempo un placer que nos eleva por encima de todo lo perecedero, nos ennoblece, nos hace desafiar todos los peligros y males, nos inspira respeto por nosotros mismos y desprecio por toda fuerza terrenal desordenada que amenaza con destruirnos. En lo bello actúa y vive la naturaleza sensible en el ser humano; en lo sublime, la suprasensible.  Aquello agrada; esto nos conmueve. El goce de lo bello no exige esfuerzo ni lucha; lo sublime, en cambio, solo se nos concede mediante un combate con fuerzas poderosas.

Las Bellas Artes, al formar nuestro gusto, despiertan, vivifican y elevan nuestra capacidad de recibir lo bello, lo grande, lo sublime, lo terrible, etc. Quien, por tanto, puede trasladarse con facilidad al estado de estos sentimientos y ha adquirido destreza en el juicio de objetos bellos y sublimes, posee un gusto cultivado.

Pero el gusto no es el creador de las Bellas Artes, sino el genio, al cual estas, a su vez, dan ocasión de desarrollarse. Las Bellas Artes, por tanto, no solo cultivan el gusto, sino también el genio. Le proporcionan materia, despiertan la fuerza creadora que reside en el ser humano e inspiran y animan todas sus facultades.

La finalidad principal por la cual debemos leer obras de las Bellas Artes es, por tanto, la formación del gusto y del genio; aquel no puede cultivarse por ningún otro medio que no sean las Bellas Artes y la naturaleza, y este se despierta, se anima y se cultiva, sobre todo, mediante el estudio de ambas. Ninguna ciencia ofrece al genio tantas ocasiones para ejercerse como las Bellas Artes, porque ellas mismas son productos del genio y deben distinguirse tanto por la riqueza de ideas como por la originalidad, que constituyen el carácter del genio. Esta fuerza divina, que vive y actúa en las obras de arte, despierta y aviva de nuevo la chispa creadora allí donde permanece oculta.

Aunque el propósito principal de la lectura de obras de las Bellas Artes sea el despertar, la vivificación, el refinamiento y la agudización de los sentimientos estéticos y, por tanto, la formación del gusto y del genio, sin embargo, pueden unirse a ello varios fines secundarios.

¿Dónde se encuentra tanto conocimiento intuitivo del mundo y del ser humano como en las buenas novelas? ¿Dónde se respira tanta inocencia como en los idilios? ¿Dónde se castigan y ridiculizan el vicio y la necedad con tanta eficacia como en la comedia y dónde se hace tan visible un orden moral del mundo como en la tragedia?

La lectura de las obras de las Bellas Artes conduce, por tanto, también al conocimiento del ser humano y al amor y respeto por la virtud. Por medio de ellas aprendemos muchos rasgos ocultos del corazón humano, muchos disimulos del carácter, y muchas ilusiones y secretos de los sentimientos. ¡Cuánto conocimiento del mundo contienen las buenas novelas francesas y cuánta comprensión del ser humano se halla acumulada en las novelas inglesas y alemanas!

Así, mediante el estudio de las obras de arte, nos volvemos más perspicaces y experimentados, y nos ahorramos muchas experiencias dolorosas y costosas que, de otro modo, habríamos tenido que hacer por nosotros mismos.

Pero las obras de las Bellas Artes no solo nos enriquecen en conocimientos, sino también en virtud, porque despiertan en nuestro interior sentimientos que tienen algo análogo al sentimiento moral. Las Bellas Artes y la virtud son obra de la concordancia con las leyes de nuestro espíritu, por eso, aquellas nos infunden respeto por el Derecho, nos hacen amar a la humanidad y nos conducen finalmente a un modo de vida virtuoso. ¡Cuántas veces no vemos en las obras de las Bellas Artes que la virtud es honrada, el vicio castigado, el bueno recompensado y el malvado marcado con infamia!

¿No debería una visión así llevarnos a la resolución de ser nosotros mismos virtuosos y no debería el castigo con que se persigue al vicio apartarnos de los excesos? El provecho que nos proporciona la lectura de las obras de las Bellas Artes es, por tanto, múltiple y grande, y además lo obtenemos sin gran esfuerzo ni amarga experiencia. Nos acostumbran al orden y a la regularidad, nos protegen contra las pasiones desenfrenadas y ennoblecen nuestra manera de pensar y de sentir. Mediante la formación del gusto, accedemos a placeres que podemos disfrutar siempre sin hastío, que reconfortan tanto al espíritu como al cuerpo y, gracias al conocimiento del ser humano, aprendemos a evitar errores y equivocaciones que, de otro modo, nos habrían sumido en innumerables desgracias.

 

CAPÍTULO IX
¿CÓMO DEBEN LEERSE LAS OBRAS DE LAS Bellas Artes PARA FORMAR EL GUSTO?

Puesto que todo artista tiene en su obra un propósito que o bien realiza o al menos intenta realizar, el lector debe esforzarse, mediante la atención y la reflexión, por apoderarse de él, para poder usarlo como guía y comprender el contenido.

A veces el poeta quiere representar las bellezas y los encantos de la primavera; otras veces, lo pernicioso y degradante de las pasiones, por ejemplo, la ambición desmedida. Unas veces pretende caracterizar al ambicioso, otras al imprudente y presentarlos de manera intuitiva. A veces lamenta la muerte de una persona amada; otras, ridiculiza una necedad. A veces describe las alegrías de la vida doméstica; otras, los horrores de la guerra. Así pues, todos los escritos que son obra de un entendimiento pensante se caracterizan por algún objeto principal, al cual se refiere todo su contenido, y todos poseen una idea directriz que anima y mantiene unido el conjunto. Todo converge hacia ese punto para producir un efecto principal.

Una vez que nos hemos apoderado del carácter principal, y por tanto del propósito de una obra, debemos observar los rasgos de los caracteres secundarios y su verdad, captar su corrección, examinarlos y estudiar su relación con el propósito principal. Debemos buscar los elementos secundarios que están destinados especialmente a realzar el conjunto principal, y debemos considerar las pasiones subordinadas, juzgar su relación con la pasión dominante y sus efectos, confrontarlas con el criterio de la experiencia y examinar su naturalidad, su fuerza o su debilidad, etc.

Después de esto, hay que examinar la conexión de las ideas, su novedad y originalidad, su adecuación y naturalidad. Nuestro esfuerzo debe dirigirse a averiguar si un pensamiento corresponde al objeto que el poeta trata, con qué razones se apoya una opinión, desde qué puntos de vista se considera un objeto y qué conclusiones se extraen de los hechos o afirmaciones presentados.

Debemos observar en qué expresiones el autor ha revestido sus pensamientos, si sus proposiciones hacen avanzar continuamente el objeto de la investigación y si las ideas que presenta al lector agotan verdaderamente la materia; si sus conclusiones están ligadas a las premisas o si aparecen como caídas de las nubes; si el autor es más bien un juguete de ocurrencias que un creador de pensamientos que domina como señor absoluto. Debemos procurar adquirir un conocimiento de su expresión y de la manera en que trata las ideas: en suma, debemos estudiar los pensamientos y sus conexiones, su adecuación y su fuerza expresiva, etc.

Finalmente, debemos reunir los rasgos, caracteres y pensamientos dispersos, y combinarlos en un todo para poder abarcarlo de una sola mirada y juzgar su efecto en conjunto. Debemos examinar ahora, desde todos los lados, el cuadro, o el carácter o las pasiones, para determinar la impresión total y poder fijar el valor de la obra. Con toda el alma y con el máximo esfuerzo debemos aprehender el conjunto y representarlo con toda viveza en nuestro ánimo. Ahora ya no se considera lo particular, sino que el todo es el objetivo hacia el cual nos dirigimos.

No queremos destacar este o aquel rasgo del cuadro o del carácter, sino presentar a nuestro espíritu todo lo que antes aparecía aislado en una unidad. Solo entonces puede determinarse el efecto de una obra y decidirse sobre su excelencia, su perfección artística, su novedad y su originalidad. Mediante esta síntesis de lo particular en un todo, la imaginación adquiere predominio sobre la materia y puede proporcionar al entendimiento abundante alimento. Ya no contemplamos simplemente la obra de arte, sino que reflexionamos sobre ella y la juzgamos. Examinamos la solidez, la propiedad, la importancia y la fuerza expresiva de los pensamientos; investigamos si los epítetos se representan fácilmente a los sentidos, si son naturales, si elevan el conjunto y si le infunden vida y movimiento.

Ninguna imagen, ninguna observación, ninguna disposición de las expresiones pasa desapercibida para nosotros, una vez que hemos conquistado el dominio del conjunto. Ya no es la letra muerta ni el pensamiento sin vida lo que consideramos, sino el aliento eternamente vivo, el espíritu creador que anima y penetra el todo. De esta visión y juicio del conjunto nace en nosotros un placer que es producto del gusto. Si algo nos agrada aisladamente, se debe a que es adecuado o expresivo, pero no a que sea bello, pues solo el todo satisface al gusto y lo pone en aquella actividad que nos produce placer. El gusto se forma sobre todo por medio de cuadros completos, caracteres acabados, etc., por ellos adquiere principalmente la capacidad de juzgar que caracteriza su cultivo.

[...]  Ciertamente, nos resulta más útil leer una obra de arte más de una vez, pues entonces estamos más capacitados para abarcar el conjunto y considerar cada elemento en relación con este. Sin embargo, en la lectura de las bellas obras de arte, nuestro empeño debe dirigirse siempre a investigar cuál ha sido el propósito del poeta en su trabajo, si los epítetos que ha elegido para designar y caracterizar un objeto son adecuados y acertados, si ha sabido orientar todas las circunstancias secundarias hacia el objetivo principal, si todos los resortes que pone en juego contribuyen a aumentar el interés, si la representación es bella y si las imágenes son expresivas, si el poeta es creador o simplemente pintor y si se eleva por encima de su objeto y lo domina, o si, por el contrario, sucumbe a él y se convierte en su esclavo.

Si contemplamos y juzgamos una obra de arte de este modo, llegamos a que esta sitúe nuestro espíritu en el mismo estado en que se encontraba su creador cuando pronunciaba su veredicto sobre ella. Y este es el verdadero objetivo de la lectura y la disposición que contribuye a la formación y perfeccionamiento de nuestras facultades.

Solo de esta manera nuestro espíritu se pone en actividad, donde varias fuerzas actúan al mismo tiempo y se ven obligadas a formarse, pues, si queremos cultivar nuestro gusto, no debe estar activo únicamente el entendimiento, sino también la imaginación. No se trata solo de aprender a juzgar, sino también de suscitar, mediante el juicio, sentimientos en nuestro interior, de los cuales solo la imaginación puede considerarse madre. Estos sentimientos no surgen sin que el objeto esté presente y vivo, y ¿quién puede hacer presentes el futuro y el pasado y fijar el fugaz presente? ¿Quién puede insuflar vida a la materia muerta y quién puede hacer elocuente a la naturaleza inerte? ¿No es acaso la imaginación? Por ello, es principalmente la imaginación la que debe ser inflamada y entusiasmada mediante la lectura de las bellas obras de arte, ya que solo a través de su actividad aumentan y se elevan la capacidad y la destreza de nuestro gusto en el juicio de las bellezas de la naturaleza y del arte.

Las obras de arte que elegimos para cultivar nuestro gusto deben ser ingeniosas e interesantes, de modo que cautiven nuestra atención, mantengan constantemente ocupado nuestro espíritu y despierten en él la actividad necesaria para la formación del gusto. Deben dar materia a nuestro entendimiento para pensar y a nuestra imaginación para representar. Deben suscitar ideas y provocar sentimientos, de modo que no seamos solo fríos jueces, sino también contempladores llenos de espíritu.

Deben contener una materia tomada del bullicio del mundo real o de la inagotable fuente del mundo de la fantasía y estar idealizada, o bien una que respire la sencillez de la naturaleza y haga bien a nuestro corazón. Nos aferramos al mundo inocente de un idilio y lamentos melancólicos se deslizan en nuestro corazón al pensar que los hombres y el mundo ya no son aquellos niños de la naturaleza, inocentes y bondadosos.

Nos deleitamos con las saludables máximas de prudencia de una fábula, donde los animales u otros seres enseñan al hombre cómo debe obrar si quiere construir su felicidad y fomentar su bienestar. Nos recreamos en la inspiración lírica, nos elevamos a un mundo de ideales y, alejados del polvo, caminamos, gozando de una dicha divina, entre los inmortales.

Una representación viva, natural y sensible es para la imaginación, y la claridad y riqueza de pensamientos son para el entendimiento, los requisitos necesarios para la formación del gusto. Si la imaginación no tiene imágenes y el entendimiento no tiene ideas, ambos decaen fatigados bajo el esfuerzo que han realizado para ocuparse de manera provechosa, elevarse en el vuelo del espíritu por encima de lo terrenal y dar vida, mediante las ideas, a lo inerte y muerto.

Mientras nuestro gusto no haya adquirido aún firmeza y solidez en el juicio, es peligroso y perjudicial para él leer libros insípidos y vacíos de ideas. Se extravía y ya no le agrada nada de lo que es sencillo y natural: la sobriedad en la representación le resulta odiosa; solo le atraen la hinchazón retórica y lo recargado. La belleza unida a la inocencia le produce aburrimiento. Se acostumbra a lo antinatural y a lo monstruoso; en suma, solo le agradan rostros grotescos y deformes y las extravagancias.

Un joven que quiera formar su gusto debe escoger preferentemente aquellas obras que son modelos de buen gusto, como ocurre con la mayoría de las obras de Goethe, Lessing, Wieland, Klopstock, Ramler, Gellert, Göcking y otros autores de este tipo. En su lectura no debe fijarse en lo que halaga alguna pasión de su ánimo, sino en aquello que mantiene su espíritu en el camino de la sencillez natural y moral.

No debe leer libros únicamente porque le interese la historia que contienen, sino que también debe atender a si su entendimiento es instruido, su gusto formado y su actividad y libertad interior aumentadas. En una palabra, debe considerar la riqueza de ideas y la belleza de la exposición, debe esforzarse en examinar si el contenido de un libro entusiasma su imaginación, ocupa provechosamente su entendimiento y hace bien a su corazón, y si el curso de los acontecimientos y la forma de la exposición son naturales y no artificiosos.

 

CAPÍTULO X
¿CUÁL ES EL PROPÓSITO DE LAS NOVELAS?

El novelista pretende representar la vida humana de un modo agradable, instructivo y espiritualmente rico. Como artista, aspira a formar nuestro gusto; como observador del ser humano, a ampliar nuestro conocimiento del mundo. Nos descubre los pliegues ocultos del corazón humano a través de las acciones, penetra en las profundidades y en lo secreto del espíritu, examina las convenciones de la sociedad humana y reflexiona sobre ellas con agudeza y vigor para presentarnos el fruto de sus observaciones en forma de vida y actividad humanas. Quiere ganar amigos para la virtud y enemigos para el vicio; por ello pinta la virtud con todos sus encantos y muestra cómo incluso el ser humano, hijo del polvo, se ve obligado a rendirle homenaje, aun contra su voluntad. Y aunque no siempre proporcione felicidad exterior, concede al corazón una paz y una satisfacción que superan con creces todos los bienes terrenales; más aún, hay ocasiones en que conduce también a la dicha exterior y al reconocimiento público. Enseña que, aunque nuestro cuerpo no se incline ante la virtud vestida de mendiga, nuestro espíritu le otorga toda la aprobación y el respeto que merece.

En cambio, el vicio es representado con los colores más oscuros y repulsivos: se muestra cómo todos lo rehúyen para no ser destruidos o mancillados por él. Demuestra, mediante hechos, que el castigo persigue siempre al malvado, que finalmente lo alcanza, y que ningún engañador es tan astuto como para no encontrar a otro aún más sagaz que lo supere en engaño y lo precipite en la ruina.

El novelista no solo hace que la virtud resulte amable y el vicio aborrecible, sino que también fustiga las necedades, extravagancias, inconsecuencias y deseos absurdos de los hombres; vierte sobre ellos toda la sátira, nos arranca así una sonrisa y despierta en nosotros el deseo de guardarnos de la insensatez y de las pasiones irracionales para no caer bajo su vara correctora ni quedar marcados por la risa de la sátira. Describe sus caracteres como si respiraran y vivieran realmente y todas las figuras que hace comparecer son reflejos de nosotros mismos. El avaro, el derrochador, el egoísta, el inconstante, el fanfarrón, el libertino: todas estas caricaturas y desechos de la naturaleza aparecen en sus obras en su estado más desnudo y auténtico (in puris naturalibus).

Las novelas, en cuanto obras de las Bellas Artes, tienen por finalidad formar nuestro gusto y despertar en nuestro interior, ora el sentimiento de lo bello y lo sublime, ora el de lo ridículo y lo ingenuo, ora el de lo solemne y lo terrible, ora el de lo amable y lo grandioso; ejercitan y amplían así la predisposición y la sensibilidad de nuestro ánimo para tales impresiones. Trabajan, por tanto, principalmente en hacer más delicada nuestra facultad de sentir, más vivos y enérgicos nuestros afectos, y más abiertos nuestros sentidos a toda clase de impresiones. Pero no pretenden únicamente aumentar la predisposición y pasividad en nosotros, sino también fortalecer y acrecentar la fuerza y actividad que elaboran las materias recibidas por los sentidos. Nuestra facultad de pensar debe ser alimentada y ejercitada tanto como nuestra capacidad de sentir.

Por ello nos instruyen y nos obligan a reflexionar, al ofrecernos experiencias valiosas y arduamente adquiridas: nos advierten, nos exhortan, nos animan, nos fortalecen, nos reconfortan y nos consuelan; en suma, nos presentan la vida humana entera con todos sus destinos singulares, con sus variadas ilusiones, con sus alegrías y sufrimientos, con sus buenas y malas acciones para ahorrarnos el costo de la experiencia propia y hacernos, sin daño propio, sin amargos remordimientos ni desgarradoras penas, prudentes y sabios. Y aunque no alcancen este propósito en todos, siempre se encuentra aquí y allá algún afortunado que aprende de la desgracia ajena. Ciertamente, la mayoría solo se deja advertir por el daño propio, pues, aunque el infortunio se les representara ante los ojos en el momento de emprender tal o cual acción, no ven ni oyen hasta que el abismo en el que han caído los devuelve a la reflexión.

Para que podamos alcanzar todos estos fines mediante la lectura de novelas, no debemos limitarnos a recibir pasivamente la materia que se nos ofrece, sino que debemos elaborarla por nosotros mismos con actividad propia. Hemos de sacudir el yugo de la pereza y hacer uso de nuestro propio entendimiento, a fin de obtener, a través de la lectura, el fruto del pensar autónomo. La experiencia ajena debe convertirse, mediante la libertad y la determinación, en experiencia propia y la ilusión de que solo podemos volvernos sabios a través del daño personal debe ser completamente erradicada de nosotros.

El provecho de la lectura de novelas es, por tanto, muy grande y vasto. En primer lugar, las novelas cultivan nuestro gusto; en segundo lugar, nuestra facultad de pensar. Nos hacen más sensibles al gusto y más perspicaces. Aumentan la predisposición de nuestro ánimo para lo bello y lo sublime, para lo grande y lo ingenuo, y enriquecen nuestro espíritu con conocimientos y experiencias. Y aunque en este último fin coincidan con las ciencias, dudo que estas puedan ofrecerle un alimento tan abundante y agradable como aquellas.

[...]  Mediante acciones atractivas y ejemplos vívidos, las novelas nos enseñan a conocer la vida humana. Anuncian un juego y, sin embargo, resultan más provechosas que la ocupación más seria. De un modo placentero nos instruyen en aquello que, en las ciencias, solo podemos conquistar con arduo esfuerzo y trabajo. En medio de los más seductores placeres que nos prodigan con abundancia, nos esclarecen las manifestaciones más ocultas y complejas del ánimo humano y nos revelan los rasgos más fugaces y singulares del carácter.

Quien no se calienta alguna vez al fuego de la imaginación y a quien la lectura de una novela no deleita de vez en cuando, se convierte en un hombre vulgar. Aquel a quien no anima el entusiasmo poético jamás se atreverá ni a lo grande y difícil, ni a lo arriesgado. Quien no lee alguna vez una novela, ni vivifica su existencia monótona mediante el juego mágico de la poesía; es seco y frío como el viento del este.

De ahí que sea de suma importancia saber emplear con destreza un instrumento tan útil como lo son las novelas. Ahora bien, tal destreza no es innata: cada cual debe, y puede, apropiársela, si tan solo tiene el valor de no leer nada que no elabore por sí mismo mediante su propia actividad, ni que no examine con su entendimiento. Durante la lectura, no debe dejar pasar nada inadvertido ante sí, sino esforzarse por captar todo e incluso por alcanzar lo que huye con rapidez a fin de instruirse y deleitarse a la vez. Toda lectura mecánica debe resultarle aborrecible y ha de considerarse deshonrado si se limita a repetir lo que otro ha dicho sin reflexión propia.

 

CAPÍTULO XI
¿CÓMO DEBEN LEERSE LAS NOVELAS?

Nada resulta más pernicioso para el espíritu humano que una lectura desprovista de pensamiento. Esta lo adormece en un sueño mortal sin dejarle siquiera la esperanza de un despertar. Mata en el hombre todo deseo de pensar por sí mismo, lo habitúa a la dispersión, le infunde una invencible aversión hacia cualquier esfuerzo y lo incapacita para emprender acción alguna que esté unida al trabajo o al riesgo. Pero no solo la libertad y la autonomía del espíritu son sepultadas por tal mecanicismo en la lectura, también el cuerpo padece sus efectos: la inactividad y la pereza lo enferman. Pues para el bienestar del ser humano se requieren tanto la actividad corporal como la espiritual, de modo que cuerpo y espíritu puedan ejercer continuamente una influencia recíproca. Lo corporal debe espiritualizarse y lo espiritual encarnarse.

Si se somete al cuerpo a un esfuerzo excesivo, este sufre, al igual que el espíritu, y tal influencia se manifiesta también en los trabajos intelectuales desmedidos que agotan todas las fuerzas. Pero si el espíritu permanece completamente inactivo, los humores del cuerpo se estancan, este pierde su vigor y se empobrece. Quien, por tanto, no se atreve a pensar por sí mismo no goza ni de salud espiritual ni corporal. Solo mediante la actividad, tanto del cuerpo como del espíritu, alcanza el ser humano una salud plena, y ¿cómo habría de ser de otro modo si ambos están íntimamente unidos?

El novelista representa la vida humana con la intención de suscitar en el lector sentimientos estéticos. No muestra la realidad desnuda, sino que idealiza las materias que trata. Todo aparece revestido de belleza y espiritualización: nada es frío ni muerto, sino que todo es vivo y animado por el espíritu. No es la inercia ni la monotonía perpetua de la vida ordinaria lo que constituye la esfera del mundo novelesco, sino una vida rica en acciones, sentimientos y experiencias. El fin hacia el cual tiende el novelista, y al que subordina todos los elementos de su obra, consiste en hacer sensible un carácter, o una máxima de prudencia, o un extravío, o alguna otra imperfección del espíritu humano. Para ello despliega todos los recursos que pueden dar vida a su narración: verdad a sus personajes, energía a sus descripciones de la naturaleza y claridad a sus experiencias.

Ora suscita una, ora otra emoción estética a través de su relato, pero todas deben mantenerse vinculadas a su propósito principal, elevándolo y reforzándolo. El mundo real le sirve únicamente como materia prima: lo ideal es el auténtico producto de su espíritu y lo que imprime carácter a su obra. Realiza innumerables combinaciones y transformaciones de los acontecimientos de la realidad, no deja nada intacto, todo lo reconfigura, todo lo presenta bajo nuevas formas, abriendo en todas partes nuevas perspectivas. En él rige la máxima: aunque un hecho de los que narra no haya sucedido, podría sin embargo suceder. Lo verosímil vale para él como lo real. Pero la novela, para alcanzar su finalidad, debe distinguirse además por la belleza de su expresión, por la riqueza y variedad de su contenido, por la originalidad de su concepción, por nuevas combinaciones de ideas, por la abundancia de pensamientos, por la viveza de los sentimientos y por la fuerza intuitiva de los hechos.

¿Cómo debemos, pues, leer novelas para formar nuestro gusto y acrecentar nuestro conocimiento del mundo y del ser humano? Un ánimo receptivo y sensible, junto con el deseo, la fuerza y el valor de pensar por uno mismo, así como una atención sostenida, son las condiciones que debemos aportar por nuestra parte a la lectura de una novela [9], así como un ánimo dispuesto y sensible, junto con el deseo, la fuerza y el valor de pensar por uno mismo, así como una atención sostenida, son las condiciones que debemos aportar por nuestra parte a la lectura de una novela.

Sin embargo, todo nuestro esfuerzo y toda nuestra aplicación serían en vano, nuestro espíritu se fatigaría y caeríamos presa de un tedio estéril, si el libro que leemos no nos ofreciera alimento. Debemos, por tanto, no dirigirnos a lo muerto, sino a lo espiritualmente vivo: la novela ha de ser rica en pensamientos, sensaciones y sentimientos, en imágenes y descripciones, en caracteres y acciones, para infundirnos interés y no dejar sin recompensa nuestro esfuerzo.

Si el poeta, por ejemplo, quiere representar de manera instructiva y vigorosa el peligro de la primera desviación del camino de la virtud y del honor, trazará a su personaje principal como a un ser que, tras su primera caída, es sacudido por todo soplo de viento y se convierte enteramente en juguete de las circunstancias. Carece de principios firmes: la ligereza y la indiferencia hacia el honor y la vergüenza lo arrastrarán a nuevas faltas. Las circunstancias externas lo empujarán y lo precipitarán, haciéndolo caer de un vicio en otro. Los excesos y extravíos se convertirán en hábito y la funesta idea de que jamás podrá borrar la deshonra que lo marca ni reparar sus faltas, unida al sentimiento de impotencia para perseverar en el camino de la virtud, lo hundirá cada vez más en la ruina. La melancolía lo atormentará y lo consumirá, la desesperación se apoderará de él cuando sienta con profundidad, y así, o bien la pérdida de la razón, o el suicidio, o un perpetuo vértigo de un vicio a otro pondrán fin al espectáculo de su vida. El fundamento de estos acontecimientos reside en la conciencia, que no concede al desdichado ni reposo ni tregua.

Una vez que reconocemos cuál es la intención del poeta en su obra debemos fijarla con claridad ante nuestra mirada, analizarla, conocer todos los hilos que conducen a ella y todas las fuerzas que en ella actúan y esforzarnos por apoderarnos de todos sus detalles. Debemos estudiar la conexión de los pensamientos y de los acontecimientos, la naturalidad y belleza de la exposición, las escenas secundarias y su relación con la acción principal, la verdad y novedad de las opiniones y observaciones, la expresividad y adecuación de los epítetos, la justeza y plenitud de los caracteres, así como la naturaleza y variedad de los sentimientos, y someter todo ello al criterio de la experiencia. Lo que sucede fuera de nosotros debemos procurar despertarlo en nuestro interior. El lector no debe ser un mero espectador o un pensador frío, sino que ha de esforzarse por comprender la verdad o falsedad del conjunto mediante la vida y la actividad de su propio espíritu, y poner a prueba en sí mismo la naturalidad y autenticidad de lo representado. Debe convocar al campo de batalla su imaginación mediante intuiciones, su entendimiento mediante conceptos y su razón mediante ideas, pues solo así se forma el gusto. Para su cultivo no basta una exposición bella y viva, sino que también se requiere riqueza de ideas, ya que el gusto no se manifiesta únicamente por la actividad de la imaginación, sino también por la del pensamiento: ambas deben actuar conjuntamente si nuestro propósito ha de lograrse.

Una vez concluida la lectura de una novela, debemos recorrer de nuevo en nuestro espíritu el curso de los acontecimientos, examinar la intención del poeta y el grado en que esta ha sido alcanzada, y considerar si la necedad que describe, el sacrificio que exalta y la experiencia que enseña despiertan en nosotros un sentimiento y una actividad análogos; si la necedad suscita risa, el sacrificio conmueve y la experiencia engendra prudencia en nuestro interior. Un rasgo distintivo de la naturaleza de una obra se revela cuando el poeta logra trasladarnos al mismo estado de ánimo en el que él la concibió. Sin embargo, en toda obra de arte siempre sobresale un sentimiento dominante hacia cuya excitación el artista orienta todo el mecanismo de su creación, por ello debemos destacarlo de manera especial a fin de cultivarlo en nosotros mismos.

[...] No solo lo sublime, lo terrible y lo solemne son producto de la actividad del gusto, sino también lo bello. Si queremos, por tanto, formar nuestro gusto, debemos buscar cuadros bellos, debemos perseguir una rica y variada multiplicidad; debemos ejercitarnos en juzgar representaciones ya elaboradas. Debemos formarnos como seres de sensibilidad fina y delicada mediante la vivacidad activa de las imágenes y a través de caracterizaciones dulcemente trazadas.

[...] El goce de lo bello nace de la calma: un viento tempestuoso, un trueno devastador, nos conmueven, pero no nos agradan. Los objetos bellos no deben revelar violentas explosiones de fuerza ni grandes esfuerzos. Una escena bella ha de estar llena de vida y actividad, pero nunca de tormenta y agitación.

Lo suavemente móvil, aquello que agrada a nuestro cuerpo, agrada también a nuestro espíritu. Una rica variedad, una paz y una satisfacción que reposan sobre el objeto, nos reconfortan y nos alivian. Mediante la frecuente excitación del sentimiento de lo bello en nuestro ánimo, nuestro gusto por la formación y la perfección crece. Lo sólido, lo rico en ideas, lo intuitivo, lo múltiple penetra en nuestro corazón y nos eleva a un grado superior de cultura. [...] 

 

CAPÍTULO XII
¿CÓMO DEBEN SER LAS NOVELAS QUE HAN DE SERVIR COMO MODELOS DEL GUSTO?

Toda novela que aspire a satisfacer todas las exigencias que hacemos a una obra de las Bellas Artes debe ser tanto un producto del genio como del gusto. Pero ¿qué se entiende por tal? No solo debe ser rica en pensamientos nuevos y contener un gran caudal de experiencias y reflexiones ingeniosas, sino que también la exposición de las ideas y su conexión han de ser bellas y propias.

La eficacia del genio se manifiesta en la originalidad y en la riqueza de ideas. Nos ofrece abundante materia para pensar y sentir, inventa y crea pensamientos y con ellos deleita nuestro espíritu. Descubre relaciones entre los objetos tan audaces como instructivas, abre nuevas perspectivas, forma nuevas figuras y anima todo con espíritu y vida. Pero lo inventado no debe verterse en una forma seca y sin alma, sino que ha de presentarse de manera viva y enérgica si ha de agradarnos. Todo debe estar atravesado por un ánimo inspirador y en todas partes han de actuar la fuerza y la vida.

La naturaleza respira, el mar ruge, el viento de la tempestad aúlla, los ríos murmuran, el trueno retumba, los campos ondulan, los aires se agitan; en suma, todo, como producto del genio, está lleno de vida y movimiento. El poder mágico de este ha animado todo: todo, lo muerto y lo vivo, sucumbe a su influjo poderoso y vivificante.

Pero aquello que ha de valer como modelo del gusto no debe ser solo original y abundante en  ideas, sino también bello y encantador. Por ello, la exposición del contenido de una obra debe ser natural, viva, clara y expresiva, de modo que no ofenda ni a nuestro entendimiento ni a nuestro sentimiento. Ha de agradar a nuestro gusto, halagar nuestro oído y no debe estar ni recargada de ornamentos ni ser fría y carente de vida. Todo lector debe poder encender en ella su imaginación y, al mismo tiempo, instruir su entendimiento. Todo ha de llevar el sello de lo bello, de lo sublime o de lo solemne, y todo debe estar marcado por la impronta de la sencillez natural, la sobriedad, y la riqueza de pensamiento y de espíritu. Cuando encontramos una obra que une la belleza de la expresión con la riqueza de ideas y la originalidad, la reconocemos como un verdadero modelo del gusto.

¿Pero qué se entiende por una bella exposición? Una conexión natural de las ideas, vivacidad del sentimiento, fuerza significativa de las imágenes, propiedad en los predicados, claridad e intuición en los pensamientos, así como evitar lo oscuro, lo recargado, lo vacío de expresión, lo anticuado, lo insignificante y lo vulgar: estos son los requisitos que se exigen a quien pretende satisfacer el gusto mediante su forma de exponer. Todo debe moverse y vivir, debe inducir al lector a pensar como si todo fuese fácil, como si él mismo pudiera reproducirlo sin esfuerzo. Pues es rasgo característico de una exposición natural, bella, abundante en ideas y viva el que lo difícil parezca sencillo y que los pensamientos den la impresión de sucederse unos a otros como impulsados por una firme necesidad. En todas partes ha de haber conexión, en ninguna parte vacío; en todas partes perfección, en ninguna defecto o carencia. Esto es lo que hace la lectura fácil y placentera.

Los modelos del gusto forman y perfeccionan nuestra facultad de juicio estético, protegen nuestro gusto contra los extravíos y la corrupción, contra la afectación artificiosa y la falta de naturalidad. Y aunque las obras que llevan el sello del genio y del gusto son raras, nuestra literatura posee, sin embargo, un número suficiente de ellas como para que podamos formar nuestro gusto y ocupar nuestro espíritu de manera agradable e instructiva. [...]

 

CAPÍTULO XIII
¿CÓMO DEBEN LEERSE LAS MALAS NOVELAS Y QUÉ UTILIDAD TIENE SU LECTURA?

No es fácil, y encierra más de una dificultad, declarar un libro completamente malo e inútil (por frecuente que sea tal juicio), porque las necesidades y los conocimientos de los hombres son muy diferentes entre sí. ¡Cuántas veces encontramos críticos que consideran una obra como una obra maestra, cuando en realidad no lleva el sello de la originalidad, ni se distingue por la riqueza de ideas, ni por una exposición correcta, viva y bella, y por ello a otros les parece insignificante y mediocre!

¿De dónde proviene, entonces, esta diversidad en el juicio de las obras del espíritu? Los hombres, en sus juicios, están condicionados por sus conocimientos, su formación y su mayor o menor capacidad de pensar; la diversidad de opiniones reside, por tanto, en los distintos grados de cultura. Si las facultades intelectuales de todos los hombres estuvieran igualmente desarrolladas y todos compartieran las mismas inclinaciones y opiniones, también existiría uniformidad en el juicio. Sin embargo, es una fortuna para la humanidad que unos superen a otros en comprensión, pues esta superioridad se convierte en un estímulo para que los demás los alcancen o incluso los superen.

¿Cuáles son, pues, las malas novelas? No son malas aquellas que carecen de una buena dicción, sino aquellas que no poseen ni una bella exposición ni riqueza de ideas. En una mala novela, los caracteres no están trazados con exactitud ni desarrollados con rigor, carece de sentimientos y de ideas, no tiene un propósito principal que, como un organismo, mantenga todo unido. Es antinatural en sus emociones y sensaciones, incorrecta y falsa en sus pensamientos.

La narración es lenta y tediosa, las cosas cotidianas se presentan aún más triviales, sin fuerza ni vida. Los adjetivos con los que el escritor designa las cosas no les corresponden y, por tanto, carecen de expresividad: son a veces inexactos, a veces artificiosos, a veces vacíos.

Los acontecimientos son inverosímiles o, por el contrario, excesivamente ordinarios. En suma, el conjunto no se distingue ni por una exposición bella y viva, ni por riqueza de pensamiento, ni por una correcta caracterización, ni por nuevas perspectivas sobre las cosas. Todo nos produce aburrimiento, nos infunde hastío y desagrado; y, como ninguna facultad de nuestro espíritu se ve estimulada ni encuentra algo que la satisfaga, declaramos una novela así, como mala.

¿Y cómo deben leerse tales novelas? Puesto que la exposición no es ni bella ni viva, los pensamientos son erróneos, los caracteres están mal delineados y la narración es débil, debemos esforzarnos por investigar cómo debería haber sido la exposición para agradarnos. Debemos examinar por qué los pensamientos no son correctos y cómo podríamos acercarnos más a la verdad. Hemos de procurar descubrir por qué los caracteres están mal logrados y cómo deberían haberse trazado para corresponder a la naturaleza. Si los sentimientos que la lectura de una mala novela suscita en nosotros son antinaturales, debemos conocer el fundamento de esa falta de naturalidad y reflexionar sobre cómo debería haberse dispuesto el conjunto para reconfortar nuestro corazón, enriquecer nuestro entendimiento y agradar a nuestro gusto.

A partir de los errores y desaciertos de una novela, debemos intentar descubrir la verdad y, a través de sus deformaciones, encontrar el camino de la naturaleza. Del desagrado que nos provoca, debemos aprender a reconocer aquello que suscita en nosotros verdadero agrado. Mediante el estilo afectado y antinatural, debemos aprender a discernir lo que en él sería verdad y naturaleza. En suma, debemos procurar enriquecernos a partir de las carencias y defectos de una mala novela, planteándonos a nosotros mismos preguntas como: ¿qué es lo bello? ¿Qué es la verdad y la naturaleza? ¿Qué es la vivacidad y la sencillez? ¿Cómo deben ser los sentimientos, los pensamientos y la expresión para agradarnos?

El estudio de los errores debe introducirnos en el reino de la verdad. Si procedemos así con las malas novelas, disiparemos el aburrimiento y, además, formaremos nuestras facultades intelectuales. Sin embargo, quien quiera someterse a esta prueba mediante la lectura de malas novelas debe poseer ya cierta formación: los espíritus jóvenes, cuyo entendimiento y gusto aún no han alcanzado autonomía ni firmeza, no deben emprender una empresa tan arriesgada pues el castigo les sigue de cerca, y su espíritu puede volverse tan deformado y desagradable como el libro que leen. Ellos deben leer únicamente obras que contengan ideas comprensibles para ellos y que estén ya expuestas de manera viva y formativa, si quieren obtener provecho de su lectura.

¿Qué ventaja tiene, pues, la lectura de malas novelas? Nos enseñan a distinguir lo bello de lo feo, lo noble de lo innoble, lo verdadero de lo erróneo, lo natural de lo antinatural, lo carente de espíritu de lo lleno de él, lo desagradable de lo agradable, lo correcto de lo falso, etc. Debemos conocer el error y la falta de naturalidad, pues de otro modo no podemos alcanzar un conocimiento completo ni de la verdad ni de lo bello. A través de los errores entramos en el reino de la verdad. Quien no ha visto el color verde no puede imaginárselo ni formarse un concepto de él; así también, quien no ha leído nada malo no sabrá hasta qué excesos y extravíos en el pensamiento y en la representación puede llegar el espíritu humano.

Quien no conoce una caracterización fallida se entregará sin cautela a la ilusión de que todo es verdad. Aprendemos, pues, tanto de las buenas como de las malas novelas: ambas enriquecen nuestro entendimiento y ambas pueden contribuir a la formación de nuestro gusto, siempre que nos atrevamos a pensar y a examinar por nosotros mismos. Lo que las malas novelas nos niegan en verdad y en deleite, lo conquistamos por nosotros mismos. Aprendemos, gracias a ellas, a protegernos del error y de lo desagradable; conocemos las debilidades del espíritu humano y sus extravíos.

Las malas novelas son tanto más un desafío para nuestra actividad intelectual cuanto menos satisfacen nuestra curiosidad. Nos acercamos a ellas con cautela y espíritu crítico. Examinamos atentamente cada imagen, cada comparación, cada expresión y cada pensamiento y los contrastamos con nuestro propio entendimiento y con la experiencia, para emitir un juicio conforme a la verdad. Y así, ricos en conocimientos y en comprensión, nos alejamos de ellas. [...]

 

CAPÍTULO XIV
SOBRE LAS NOVELAS DE CABALLERÍAS Y DE FANTASMAS

Las novelas de caballería empiezan ahora a pasar de moda, mientras que las novelas de fantasmas siguen encontrando todavía un gran número de lectores. Uno se ha cansado de las orgías y los saqueos de los caballeros, de las intrigas y las especulaciones del clero, de la exagerada y afectada modestia de las mujeres, de las espantosas mazmorras de los castillos y de los serviciales escuderos. Ya no agrada un mundo que se caracteriza únicamente por la ignorancia, la superstición, la rudeza de las costumbres, el derramamiento de sangre, la sed de asesinato, la barbarie en la manera de pensar y el grosero desprecio de todos los derechos de la humanidad.

¿Qué influencia tiene, pues, la lectura de novelas de caballería sobre el ánimo humano? Las almas jóvenes y sensibles, en las que toda impresión se fija con fuerza, se acostumbran por ello a la rudeza de las costumbres y a una forma de pensar y de sentir que consideran como acciones dignas de elogio los excesos en el amor, la bebida, la hipocresía, la astucia y una valentía sin propósito.

Las costumbres de tiempos pasados les parecen dignas de aprecio y ¿por qué no habría el lector de hacer lo mismo que se alaba en otros? Ve a borrachos a quienes se eleva a la categoría de héroes por vaciar una copa tras otra. ¿No habría de ser esto un estímulo para que él también intente ganarse así la consideración de los demás puesto que le exige tan poco esfuerzo? Ve a los caballeros vengar cualquier ofensa, ¿quién podría reprocharle entonces que castigue también el más leve ataque contra su honor? Pero las novelas de caballería no solo son perjudiciales para la moral, sino que también confunden los conceptos: en ellas se llama virtud a lo que apenas tiene apariencia de tal; se consideran verdaderas cosas cuya aceptación conduce a la mayor corrupción. La formación del gusto se ve obstaculizada por la mezcla de palabras anticuadas que dicen poco o nada y el desarrollo del entendimiento se ve perturbado por la introducción de fenómenos sobrenaturales.

Sin embargo, las novelas de caballería tienen además otro inconveniente: falsifican la verdad, ofrecen una visión errónea de las épocas pasadas y deforman la historia, pues, ¿cuántos escritores representan de manera pura y sin adulteraciones la historia, las costumbres y la forma de pensar de los tiempos antiguos? Los caballeros del siglo XI hablan, piensan y actúan como los del siglo XV, aunque la historia verdadera nos enseña cuán diferentes eran unos de otros.

¿Pero por qué nos agrada la lectura de las novelas de caballería? Porque nos trasladan a una época rica en aventuras y porque nos muestran costumbres y una manera de pensar muy distinta de la nuestra, pero que posee un cierto aire romántico y heroico. Se cree que la fidelidad y la honradez, la audacia y el valor eran entonces cualidades propias de los caballeros. Su piadosa superstición y su mentalidad heroica, su arrojo y su rudeza atraen nuestro espíritu porque parecen basarse en una especie de sencillez natural. Sus juegos caballerescos, su respeto hacia el otro sexo, su desprecio por el engaño del clero y su sacrificio mutuo nos llevan a la ilusión de que los hombres de entonces no solo poseían mayor fuerza física, sino también una forma de pensar más noble y elevada. [...]

Las novelas de fantasmas son aún más peligrosas para el lector que las novelas de caballería. El ser humano posee por naturaleza una fuerte inclinación hacia lo maravilloso y lo sobrenatural: su imaginación se deleita vagando por un mundo mágico, mientras su entendimiento se adormece sobre el cojín de lo incomprensible, ¡y qué placer experimenta cuando, a cada instante, desfilan ante él nuevas apariciones extrañas e inusuales, como en una linterna mágica!

El continuo cambio de esa colorida variedad lo tiene completamente cautivado: ya no se pregunta ante ninguna aparición «¿de dónde?» ni «¿cómo?». ¿Para qué esforzarse en investigar lo sobrenatural y penetrar en el reino de los espíritus, si de todos modos no logrará obtener ninguna explicación?

Una persona que lee muchas novelas de fantasmas se expone al peligro de perder el uso correcto, o incluso cualquier uso, de su entendimiento por no ejercitarlo. Quien vive continuamente en un mundo mágico se aparta con demasiada facilidad de la realidad: ningún hecho ni fenómeno, por extraño y sorprendente que sea, le parece inverosímil. Cree lo increíble, ve lo invisible, oye lo inaudible y siente lo que en absoluto se manifiesta en el ser humano. Sueña y fantasea constantemente y todos los productos de su imaginación le parecen verdad.

El ser humano es débil, debe cuidarse mucho de no burlarse de la fuerza de su entendimiento mediante lo sobrenatural. Cae más fácilmente en el error que en la verdad, cree con mayor facilidad lo inverosímil, porque examinar la verdad exige esfuerzo, mientras que aceptar lo increíble halaga a la imaginación y le concede un amplio campo para sus desvaríos.

Por eso, el ser humano no debe presenciar nada sin preguntarse por su causa y su fundamento: así mantiene su entendimiento en el camino de la naturaleza, lo ejercita y le da fuerza y firmeza. Dada la gran inclinación de los hombres hacia las apariciones de espíritus, no se debe fomentar aún más esa tendencia. Ya es suficientemente fuerte por sí misma y, con demasiada frecuencia, arrastra inadvertidamente al entendimiento.

Las novelas de fantasmas nos agradan tanto porque prometen satisfacer la inclinación hacia lo sobrenatural, profundamente arraigada en nuestra alma, y porque parecen ofrecernos esclarecimiento sobre cosas en las que muchos cifran toda la salvación de su espíritu. Esta tendencia hacia lo suprasensible es una herencia de otro mundo que el padre de los hombres dio a sus hijos como una estrella guía en este laberinto terrenal. Sin embargo, es peligroso abusar de ella y hacer descender a los espíritus al mundo de los sentidos porque la imaginación adquiere con demasiada facilidad la supremacía sobre todas las demás facultades del espíritu y sobre sus productos. Las novelas de fantasmas mantienen siempre en tensión nuestra expectativa: una imposibilidad se vuelve real tras otra, una aparición extraordinaria e inesperada sustituye a la anterior y lo que los hombres no pueden hacer lo realizan los espíritus; por ello, acabamos por no considerar nada imposible.

Nuestra atención permanece constantemente despierta, nuestra imaginación actúa libre y sin obstáculos y nos deleitamos en los juegos desbordados e incomprensibles que vemos desarrollarse ante nosotros, cuya existencia no nos exige ningún esfuerzo.

Las novelas de caballería y de fantasmas son especialmente peligrosas para los jóvenes, porque corrompen su disposición moral y su manera de pensar, y sepultan la libertad y la actividad autónoma de su espíritu. Sin embargo, no perjudican solo a los jóvenes, sino también a todas las personas de espíritu débil y a quienes no saben pensar por sí mismos ni poseen firmeza de carácter. Son un juego peligroso para las almas sensibles y fácilmente impresionables, a las que arrebatan, de manera casi inadvertida, todo lo elevado y noble de su naturaleza. Además, la mayoría de las historias de caballería y de fantasmas que poseemos en alemán son extremadamente pobres en espíritu y en gusto. Por ello, corrompen tanto la mente como el corazón.

Solo El visionario de espíritus de Friedrich Schiller [10] constituye una excepción digna de elogio. Es un producto del genio y del buen gusto, y ya se lee con tanto placer como provecho, aunque todavía no esté terminado. Pero sus imitadores son como todos los imitadores: consideran palabras del original, que trasladan a sus propias obras, como si fueran pensamientos y adornan sus historias con viejos retazos, en lugar de vestirlas con un ropaje digno y elegante.

Es una suerte para la cultura de la humanidad que aparezcan pocas novelas de fantasmas porque levantan obstáculos en el camino de la Ilustración que ni la enseñanza ni la fuerza pueden eliminar. Fomentan la inactividad, en lugar de arrancar al ser humano de su pereza natural, difunden la ilusión de influencias sobrenaturales, en vez de erradicarla y apartan al hombre hacia un mundo donde ya no rige ninguna ley natural, en lugar de ejercitarlo en el uso de esas leyes y en la investigación de las mismas. Son como charlatanes que terminan por privar completamente de entendimiento a la masa irreflexiva y que entierran toda esperanza de que algún día llegue a sacudirse el yugo de la superstición.

 

CAPÍTULO XV
SOBRE LAS NOVELAS HISTÓRICAS Y POLÍTICO-HISTÓRICAS

Nos produce una sensación desagradable cuando vemos mezcladas la verdad y la falsedad, pues, aunque estemos siempre en guardia para protegernos del error, un enemigo se nos introduce, de manera inesperada y quizá incluso invisible y nos arrebata todo el disfrute de nuestro esfuerzo.

Las novelas históricas contienen en parte historia verdadera y en parte sucesos inventados: son, por tanto, un género híbrido. El escritor realiza una mezcla de materiales completamente dispares y da a su producto el nombre de obra de arte. Pero, al estar ligado a un material previamente dado, no puede actuar con libertad: por todas partes se enfrentan elementos reales y ficticios que dividen y debilitan sus fuerzas y esfuerzos. Su genio no puede desplegar su poder creador: está atado a lo ya existente y no puede ni espiritualizarlo ni enriquecerlo con ideas porque no es capaz de operar con él como lo hace con los hijos de su propio espíritu, a los que, como Prometeo, modela a golpe de martillo para darles formas bellas y llenas de ingenio. El genio, mientras contempla sus creaciones, se eleva al cielo, pero el material histórico lo encadena a la tierra. ¿Cómo puede esperarse, entonces, que una novela histórica sea original y rica en ideas? Esta limitación del genio por el asunto da a la obra una debilidad que el lector, acostumbrado a las obras vigorosas y llenas de espíritu de ese genio celestial, percibe con demasiado dolor. Por ello, un tema histórico no es en absoluto adecuado para la novela, ya que el genio no puede ejercer en él su plena omnipotencia. Produce deformidades porque se le obliga a unir lo antinatural con lo natural, lo histórico con lo ficticio.

Las novelas históricas no son ni originales ni ricas en ideas, por ello no satisfacen ni las exigencias que se hacen a una obra de arte, ni aquellas que se esperan de una obra histórica. Su lectura perturba el placer que normalmente nos proporciona la lectura de bellas obras artísticas porque nos vemos continuamente obligados a preguntarnos: ¿cuál de estos hechos pertenece a la historia y cuál ha sido añadido por el autor por su propia invención? ¿El acontecimiento que ahora relata es ficticio o verdadero? ¿Han tenido realmente los personajes estas ideas, estos sentimientos, estas decisiones o el autor se las pone simplemente en la boca y en el corazón? Estas representaciones de una posible falsificación de los datos históricos nos persiguen constantemente y amargan todo el disfrute de la lectura.

Las novelas históricas no solo no nos agradan, sino que también son perjudiciales para el lector, especialmente para los jóvenes. Es sumamente peligroso mezclar lo falso y lo inventado con lo verdadero y real. Ambos se asocian fácilmente y al final ya no podemos distinguir qué pertenece a la historia y qué a la poesía. ¿Y de qué nos sirve recibir algunos fragmentos aislados de la historia, en lugar de una visión completa de los destinos, de la cultura, de las acciones y de los extravíos de nuestra especie? Es mejor no saber nada de Historia que poseer una mezcla tal de hechos reales e inventados que nos arrebata toda esperanza de llegar a adquirir un conocimiento verdadero de ella.

El lector de novelas históricas no aprende ni los acontecimientos del pasado ni la naturaleza humana porque los hechos y las situaciones de ambos no se presentan de forma pura y sin mezcla, sino teñidos a través del prisma de la imaginación. Las novelas históricas no son, por tanto, productos del genio, ni satisfacen las exigencias del buen gusto, porque siempre mantienen un desagrado secreto que perturba todo placer y disfrute. El daño que causan, especialmente en los jóvenes, no es pequeño, ya que les quitan el interés por familiarizarse con la verdadera Historia. Esto ocurre porque el estudio de la Historia no es tan fácil ni tan agradable: no permite a la imaginación un campo de juego tan amplio como el de las novelas. La Historia se presenta como un trabajo; la novela, como un juego: de la primera el lector quiere aprender; de la segunda, solo quiere entretenerse. Aquella toma su materia del mundo real y por eso le parece cotidiana al lector, esta obtiene sus materiales del reino de la imaginación, lo que produce una gran variedad y novedad de objetos.

Las mentes jóvenes tienden con demasiada facilidad a preferir aquello que exige poco esfuerzo y estimula la imaginación. Por eso, preferirán leer novelas históricas antes que estudiar obras históricas; se contentarán más con una mezcla de lo verdadero y lo inventado que con conocer la verdad pura y la realidad, cuya adquisición es ardua y difícil. Pero lo peor es que las novelas históricas llegan incluso a destruir la capacidad de adquirir un conocimiento completo de los destinos de la humanidad.

Además de las novelas históricas, existe todavía otra especie híbrida de novelas: las histórico-políticas. En ellas se hace aparecer a un héroe que ha desempeñado algún papel en un gran acontecimiento mundial y se le ponen en la boca las propias opiniones políticas del autor. Como en política no existe una posición intermedia pues toda postura es o bien aristocrática o bien democrática, el héroe se adhiere siempre a un determinado partido. Pero una obra de Bellas Artes nunca debe ser mancillada por el odio partidista si ha de agradarnos. Las obras políticas excitan nuestras pasiones; en cambio, las obras de arte deben únicamente poner en actividad nuestros sentimientos. Por ello, aquellas nunca pueden proporcionarnos un placer tan puro y desinteresado, ni una enseñanza tan ligera y agradable como estas.

Los temas políticos, por tanto, no son en absoluto adecuados para la elaboración de obras artísticas, ya que no son capaces de suscitar un agrado desinteresado. Además, parece que con las novelas histórico-políticas no siempre se ha pretendido satisfacer las exigencias del gusto ni despertar sentimientos estéticos en el lector, sino reclutar partidarios y defender la propia facción. No se buscaba despertar sentimientos bellos, sino pasiones desagradables en el pecho humano.

Las novelas políticas son un producto del espíritu de partido y no del genio. Por ello, no son ni originales, ni ingeniosas, ni agradables, sino que, entregadas al odio partidista, resultan turbulentas, apasionadas y, a menudo, también carentes de pensamiento.

 

CAPÍTULO XVI
SOBRE LOS RELATOS MORALES

Ningún poeta debe tener como finalidad inmediata instruir o mejorar porque con ambas cosas invade un ámbito ajeno y pierde, en contenido y valor poético, lo que gana en buena intención. Su objetivo debe dirigirse siempre a agradar, la instrucción debe dejarla a los hombres de ciencia y la mejora moral a los maestros de virtud y de religión. Como poeta, su empeño consiste en suscitar sentimientos estéticos: no debe ser un predicador ni un maestro, sino un creador rico en ideas, bello y vivo en la representación. Si introduce extensas exhortaciones morales y reflexiones en sus relatos, trabaja entonces en aclarar conceptos y en el despertar de la razón práctica, y no en la cultura de los sentimientos de lo bello y lo sublime. De este modo, pone el entendimiento y el corazón en la formación, aunque su verdadera vocación exige que anime y cultive los sentimientos estéticos, formando así el gusto.

¿Qué finalidad tienen, pues, los relatos morales? O bien tienen únicamente la intención de vivificar y activar el sentimiento moral, y por medio de este obrar directamente en la mejora del corazón, o bien quieren cultivar el gusto y suscitar y ejercitar sentimientos cuya actividad pertenece al ámbito de las Bellas Artes, proponiéndose solo de manera secundaria una mejora de la voluntad. Si lo primero es la intención del escritor, entonces es un predicador y no un poeta. Se entrega a una actividad que no le corresponde como tal, y olvida que el poeta debe formar el gusto mediante los encantos de la imaginación e instruir el entendimiento y conmover el corazón mediante la riqueza de ideas de su genio. Asume una tarea en cuya ejecución despide a su genio poético, pues lo irrita mediante el moralizar. Destruye su fuerza creadora mientras se preocupa por comunicar al mundo alguna pequeña máxima moral para su bien. Disipa las imágenes de la imaginación y hace enmudecer su capacidad de movimiento mientras persigue fríos conceptos y la edificación moral. Perturba su espíritu en aquellas operaciones mediante las cuales manifiesta tanto originalidad como riqueza de ideas. Se construye a sí mismo una barrera que no puede sobrepasar. Pone en peligro su existencia como poeta porque se ha extraviado en una esfera de acción que no le corresponde. Su empresa no le resulta exitosa en ningún sentido: ni su edificación ni su enseñanza dan fruto, porque no se realizan ni con la debida unción e intensidad, ni con la claridad y precisión necesarias. Tampoco agrada porque no ha elegido un material que ponga a la imaginación y al entendimiento en una actividad ligera y placentera.

El autor de novelas morales me parece, por tanto, perder la dignidad del poeta; debe renunciar al moralizar. Y si su obra ha de contribuir a la mejora de los hombres, no debe hacerlo llamando constantemente la atención del lector sobre ese propósito. Debe presentar acciones y describirlas de tal modo que, como un rayo, derriben al pecador y como un terremoto despierten al malvado dormido. El efecto que el poeta pretende no debe golpear directamente al corazón, sino desviarse a través de la imaginación para satisfacer primero las exigencias del gusto y, solo entonces, lanzarse con toda su fuerza sobre la naturaleza moral del ser humano.

Pero si los relatos morales tienen la intención de purificar al ser humano a través de lo bello y llevarlo a tomar la resolución de comenzar la obra de su propia mejora, entonces comparten este propósito con todas las demás Bellas Artes. Estas actúan ya sea mediante la amabilidad de la virtud o mediante la repulsión del vicio, impulsando al ser humano a decidirse a provocar una revolución en su interior, o bien, al formar el gusto, acostumbran al ser humano a una armonía y adecuación que castiga con desagrado toda desviación del camino de la naturaleza, y que, por tanto, mediante la capacidad de juzgar con gusto y mediante la cultura de los sentimientos estéticos, abre por sí misma el camino hacia la virtud. Pues, aunque no sea un fin inmediato de las Bellas Artes hacer virtuoso al ser humano, sí eliminan los obstáculos que bloquean el camino hacia la virtud e infunden en él una inclinación a obrar en todas partes conforme a aquello que favorece su naturaleza.

Puesto que, por tanto, todas las novelas tienen un propósito moral secundario, ¿por qué no se llama a todas las narraciones «morales», o por qué no se les niega a todas ese calificativo? ¿Por qué se confunden los ámbitos del saber humano y se mezcla todo indiscriminadamente? ¿Por qué se impide deliberadamente una comprensión correcta de la obra de arte y por qué se perturba la lectura anunciando un propósito que, aunque grande y noble, no pertenece de manera inmediata al ámbito de las Bellas Artes? Me parece, por ello, un error presentar las narraciones, que, como obras de arte, deben tener como finalidad inmediata el mero agrado, como si fueran instrumentos de purificación moral. Y dado que la mayoría de los relatos morales que poseemos buscan más influir en el corazón que satisfacer el gusto, parecen ser una especie de criatura híbrida que ni agrada ni mejora.

Que el poeta cultive sus propios campos y estos darán frutos tan abundantes como los que el predicador moral recoge en su jardín. Él es un mago, no un explicador de palabras. No quiere actuar directamente sobre el entendimiento ni sobre el corazón, sino llevar el gusto a la escuela. No pretende desarrollar conceptos ni determinar su significado, no quiere predicar la ley moral ni apelar a la conciencia del rebelde indómito, sino agradar mediante la calma y la serenidad. Quiere deleitar mediante el juego ligero y encantador de la poesía, y poner al ser humano entero en una actividad agradable. No anuncia ni trabajo ni lucha, sino un juego que no nos fatiga, que nos resulta siempre grato.

El novelista moral, por tanto, no cumple plenamente ninguno de sus propósitos: no satisface ni las exigencias del gusto ni las de las demás facultades; agrada tan poco como edifica. Y si algunas narraciones morales llegan a complacernos, la razón de ello no reside en un juicio del gusto, sino en el corazón, que se ve halagado por tales producciones y que busca su alimento en el mundo moral.

 

CAPÍTULO XVII

SOBRE LAS NOVELAS SENTIMENTALES Y MÍSTICAS

Es peligroso cultivar una facultad a costa de todas las demás porque fácilmente, debido al predominio de su actividad, oprime la eficacia de las otras y provoca enfermedades del espíritu. Sin embargo, el peligro nunca es tan grande como cuando el entendimiento sobresale por encima de las demás facultades, como cuando la capacidad de sentir adquiere una sensibilidad excesiva, que, al carecer de un guía y director, nos conduce a mil extravíos, donde, tras largos rodeos, nos exponemos a enfermar tanto en el espíritu como en el cuerpo.

El sentimiento, cuando en su desarrollo no es refrenado por el entendimiento, conduce al entusiasmo desmedido (fanatismo) y como ninguna facultad puede extraviarse tan fácilmente como la del sentimiento, porque es ciega si no tiene un guía, debemos ser muy cautos de no cultivarla en exceso ni de colocarla en un estado antinatural.

Las novelas que caen en el sentimentalismo, en lugar de suscitar sentimientos naturales, sitúan las cosas en una especie de claroscuro que, aunque nos resulta agradable, nos expone a extravíos que ningún arrepentimiento puede reparar. Un misticismo complaciente envuelve nuestro espíritu, el cual es así arrojado completamente fuera de su curso natural y acaba por no poder orientarse en absoluto. Lo antinatural pasa por natural, lo exagerado se tiene por virtud, lo oscuro parece lo más luminoso y lo confuso lo más sencillo.

Si en alguien ha surgido una sensibilidad tan antinatural de los sentimientos, entonces lamenta la muerte de miles de gusanos que aplasta con sus pies, y sin embargo comete con total indiferencia las mayores crueldades y las injusticias más flagrantes contra sus semejantes. No se atreve a matar a un animal que le sirve de alimento y considera inmoral cargarlo con un peso, aunque no puede prescindir de su ayuda, pero, sin el menor remordimiento, ve cómo el pobre sucumbe bajo el peso de su trabajo y languidece en la miseria. Ve apariciones de otro mundo y no percibe el abismo que se abre ante sus pies; habla con seres sobrenaturales y no escucha a su prójimo que le pide una limosna para saciar su hambre. Los sentimientos más profundos no los experimentan estos «sensibleros», aunque crean estar en comunicación emocional con cada espíritu del aire y del agua. [...]

Tales novelas, que excitan en exceso el sentimiento, alimentan demasiado poco el entendimiento y, finalmente, lo destronan por completo mediante una sensibilidad y un refinamiento excesivos de aquel; son una peste para la humanidad. El lector traga veneno sin saberlo y se deleita con bebidas mágicas sin sospechar los terribles efectos que tienen sobre su mente y su corazón. Ningún poeta que respete a la humanidad y conozca la debilidad de los hombres debe tensar en exceso las cuerdas del sentimiento, porque se desafinan con demasiada facilidad para siempre, y con ello se precipita a miles de personas en la desgracia.

Existe todavía otra enfermedad que se adquiere mediante la lectura de ciertas novelas: la inclinación al misticismo. Algunas obras narran acontecimientos que no pueden comprenderse, que parecen a veces obra de los hombres y a veces de los dioses, y que sitúan al lector en una especie de claroscuro donde percibe cosas que ninguna persona sana ve y siente emociones para las que ningún ser natural tiene sensibilidad. Las palabras y expresiones parecen decir algo, pero ningún entendimiento sano puede asociarlas con un concepto claro y definido. La escena se desarrolla entre el cielo y la tierra, y los personajes que aparecen son una especie de término medio entre dioses y hombres.

Los acontecimientos surgen como por un golpe de magia y los razonamientos están teñidos por la fantasía de la imaginación. Nada es natural; todo presenta una apariencia de lo sobrenatural. El lector queda fascinado, su espíritu es arrancado del mundo real: vaga por las regiones crepusculares del sentimiento, oye armonías celestiales, se alimenta de comida divina y es liberado de los vínculos de la naturaleza antes de darse cuenta de que ya no pisa el suelo firme de la experiencia. Aunque el número de tales novelas que favorecen el misticismo no es muy grande, se encuentra aquí y allá alguna de estas obras que confunden el entendimiento de los jóvenes y los convierten en exaltados y necios. Por ello es peligroso entregarse irreflexivamente a la lectura de tales libros cuando aún no se ha aprendido a pensar por uno mismo, pues la imaginación desenfrenada arranca con demasiada facilidad al entendimiento (sometido a reglas) de sus ataduras y lo convierte en su esclavo. No se debe burlarse de cosas que aún no se conocen o no se dominan, pues ocurre con demasiada facilidad que ellas triunfan sobre nuestra inmadurez y se vengan terriblemente de nuestra imprudencia. 

CAPÍTULO XVIII
SOBRE LAS NOVELAS LASCIVAS

Por novelas lascivas entiendo aquellas que halagan principalmente el instinto sexual, ya sea mediante los tejidos mágicos de la imaginación o mediante una revelación descarada de todos los secretos del amor. El propósito de ambas consiste en encender en llamas una inclinación que es común a todos los seres humanos y que, por sí misma, ya actúa con suficiente fuerza. Cuando aparece una novela de este tipo que desvela los misterios del amor, surgen quejas generales entre los críticos, entre los pastores de los pueblos y entre los guardianes de las costumbres. Rara vez aparece un defensor en su favor; todos pronuncian una sentencia de condena contra ellas para dar apariencia de poseer un corazón amante de la virtud. Se recurre incluso a los gobiernos, que, por puro afán de proteger una moralidad que en realidad nadie puede imponer y que queda fuera del ámbito de su acción, lanzan la prohibición contra tales novelas.

Pero ¿de qué sirven tales confiscaciones? Solo consiguen que libros a menudo insignificantes sean leídos y buscados. El público muchas veces no conocía esas obras antes de que el gobierno descargara su ira sobre ellas. Las prohibiciones de libros, aun cuando fueran legales, no sirven de nada y, desde el punto de vista del derecho externo, toda intervención de este tipo en el derecho humano, según el cual a cada cual le está permitido comunicar públicamente sus pensamientos y no puede ser responsabilizado por ello mientras no lesione el derecho de otro, resulta injustificada.

¿Pero causan daño las novelas lascivas? Dado que en casi todas las novelas el amor es el principal motor, la lectura de novelas despierta y estimula constantemente este sentimiento. ¿Es esto, pues, un perjuicio para los seres humanos? Mientras los secretos del instinto sexual no sean profanados de la manera más impía y groseramente sensual, es más bien una dicha que una desgracia que un velo mágico, tejido por la imaginación, se extienda sobre el amor para espiritualizarlo y ennoblecerlo. Pues nada produce más fácilmente hastío y repugnancia que la visión no ennoblecida de la animalidad en el ser humano y la mera satisfacción de deseos puramente animales. Pero cuando la imaginación sitúa este goce animal en un cierto claroscuro, entonces queda ennoblecido y humanizado, pierde lo grosero y brutal que se le adhiere y que rebaja al ser humano; adquiere algo de la nobleza que eleva la naturaleza humana. Por tanto, las novelas que velan el instinto sexual mediante la magia de la fantasía no son perjudiciales, sino útiles. Pues, ¿por qué un impulso que es el lazo de la humanidad y la fuente de toda vida humana no habría de merecer cultura, sobre todo si así pierde la rudeza que le es propia? ¿Por qué no habría de perfeccionarse y ennoblecerse una pasión en el pecho humano que puede convertirse en fuente de innumerables alegrías y en estímulo para acciones nobles y buenas? ¿Y por qué se quiere dejar precisamente el instinto sexual sin cultivar, cuando en su brutalidad rompe todos los diques, no conoce límites, y en su ennoblecimiento infunde siempre respeto hacia la humanidad? Se carga, pues, a las novelas con una culpa que no merecen, y se les hace injusticia al declararlas seductoras, aunque no hayan dado la menor ocasión para los excesos.

Para el puro, todo es puro; solo el impuro y vicioso cae en la perdición, pero no por culpa de las novelas, sino por su propia disposición y modo de pensar, al haber alimentado un fuego impuro en su propio pecho.

En cuanto a las novelas que profanan todos los secretos del amor y del instinto sexual, estas inspiran repugnancia y aversión, y solo pueden seducir a aquellos lectores en quienes la burda animalidad ya ha dominado a la humanidad. Ningún hombre coronado por la nobleza de la naturaleza humana leerá tales libros sin sentirse invadido por la indignación y el rechazo; estos sentimientos desagradables lo protegerán de extravíos y serán los guardianes de su dignidad. Si, por tanto, alguien cae a causa de la lectura de novelas, es porque ya estaba corrompido, y cualquier otra ocasión lo habría conducido igualmente a la perdición del mismo modo que las novelas.

Es cierto, sin embargo, que no se puede negar que es muy peligroso poner tales novelas lascivas en manos de jóvenes inexpertos, porque el instinto sexual, despertado demasiado pronto, conduce a desviaciones antinaturales, impide el crecimiento del cuerpo y destruye la flor de la vida antes de tiempo. Por ello, padres cuidadosos y tutores prudentes vigilarán escrupulosamente que la juventud no se familiarice con secretos que la curiosidad profana y que por ello se convierten en el veneno más terrible. Considerarán como su deber más sagrado no hacer madurar un fruto que está aún muy lejos de su sazón, y tendrán la sensatez y la inteligencia de no adelantarse a la naturaleza, sino de seguir en silencio y con prudencia su curso.

La naturaleza misma revela siempre lo que necesita; solo hacen falta ojos para ver y entendimiento para juzgar. No hace nada fuera de tiempo. Su desarrollo, si se le presta aquí y allá algún apoyo, sigue felizmente su curso y conduce a la felicidad, a la virtud y a la libertad.

 

CAPÍTULO XX
¿CUÁL ES EL PROPÓSITO DE LA LECTURA DE LAS COMEDIAS Y CÓMO DEBEN LEERSE?

Poder expulsar del mundo los vicios y las necedades mediante la burla y la sátira, y ahuyentar la tontería y la ignorancia mediante el contraste, demuestra un alto grado de cultura en una nación, pues cuando la risa produce más efecto que el castigo y el temor a la primera actúa sobre las personas con más fuerza y poder que el temor al segundo, entonces la capacidad de pensar y la sensibilidad deben estar muy cultivadas. Ambas deben haber alcanzado un alto grado de fuerza y receptividad si el látigo de la sátira consigue más que los males físicos que se infligen deliberadamente como castigo.

La comedia abarca el ámbito de lo cómico y es una escuela de la risa, pero esta no se provoca aquí por un estímulo físico, sino que es un producto del entendimiento. En la comedia se pretende suscitar la risa tanto mediante la sátira y la ironía como mediante el contraste. Sin embargo, con este placer puramente humano no se quiere solo divertir, sino también instruir y mejorar. No se pretende tocar instrumentos que reproduzcan cualquier sonido que se les arranque, sino actuar sobre personas inteligentes y libres. Se quiere protegerlas contra las necedades y los vicios, poniendo en guardia el temor al ridículo, y se quiere enseñarles a conocer el mundo y al ser humano, presentándoles el espectáculo con todas sus necedades de manera fiel y viva.

El autor de comedias debe, por tanto, ser un gran conocedor del mundo y de los seres humanos si quiere alcanzar el fin de su arte. La sátira, la ironía y el contraste son los instrumentos de disciplina que debe saber manejar con destreza. Si, por ejemplo, hace aparecer en escena a un avaro que no piensa en otra cosa que en acumular, que se priva incluso de lo necesario, que se vuelve ridículo tanto por su vestimenta como por sus acciones, y que llama la atención tanto por sus opiniones y decisiones como por su comportamiento, entonces, como autor de comedias, debe cuidarse de no presentar a su avaro como despreciable, sino únicamente como ridículo. Debe mantenerse siempre dentro del ámbito de lo cómico si no quiere inspirar en nosotros aversión hacia ese personaje; debe caracterizarlo como un necio y no como un malvado, pues de este último no podemos reírnos. Debe presentar sus opiniones como insensatas y sus acciones como frutos de la necedad; no debe mostrarlas como transgresiones de la ley moral, sino como faltas contra la conveniencia o la adecuación, pues cuando esta falta, nos reímos del necio, pero no podemos despreciarlo.

¿Por qué se leen comedias? Se pretende, mediante la burla, la sátira y el contraste, despertar y cultivar en nosotros el sentido de lo cómico y de lo ridículo. Pero ¿es realmente tan importante la cultura de este sentimiento como para dedicarle un estudio particular? ¿Qué facultades intervienen en la producción de lo ridículo? Cuando algo contradice de manera demasiado llamativa las opiniones y costumbres admitidas hasta entonces, o cuando una acción se aparta excesivamente de toda idea de conveniencia, y además quien actúa es lo bastante necio como para enorgullecerse de ello, creyendo haber alcanzado él solo la verdad y la adecuación, y mira además con desprecio a los demás, difícilmente podremos contener una sonrisa.

Este placer nos es concedido únicamente porque nuestra imaginación y nuestro entendimiento están activos: la primera debe representar los objetos, y el segundo compararlos entre sí; aquella resalta lo insólito, lo necio y lo contrastable, mientras que este lo examina y lo juzga, poniéndolo en relación con las costumbres establecidas y con lo que es conveniente y racional en una cosa o en una acción.

La risa, por tanto, debe su existencia a una viva actividad de la imaginación y del entendimiento. El objeto se presenta ante nosotros y nos llama la atención, nuestra atención se tensa, y nuestra expectativa se ve o bien súbitamente anulada, o bien satisfecha de una manera distinta a la esperada. Para que este engaño no nos resulte desagradable, no debe referirse a algo que tenga para nosotros gran importancia.

El fin de la lectura de comedias es, pues, aumentar en nosotros la capacidad de percibir lo ridículo mediante la contemplación de contrastes, necedades, extravagancias, acciones absurdas, etc. El autor de comedias castiga las necedades, ridiculiza los vicios, hace risibles las tonterías y, de este modo, actúa a la vez sobre el entendimiento y sobre el corazón.

Cuando leemos comedias, debemos fijarnos principalmente en el personaje principal, en su caracterización, en su consistencia y en su desarrollo, para captar el punto que debe aparecer especialmente bajo una luz ridícula. Debemos estudiar sus distintos rasgos y matices, contrastar su autenticidad y veracidad con la experiencia, e intentar conocer el fundamento de la composición de esta creación del poeta.

Los personajes secundarios aumentan el contraste, ya sea porque se oponen demasiado al personaje principal en opiniones, sentimientos y acciones, o porque son pequeños necios, mientras que aquel es un ideal vivo de necedad y tontería. Todo nos atrae, despierta nuestra atención y nos pone en una disposición favorable para la risa.

La comedia presenta un fragmento de la vida humana, por ello, a través de ella, llegamos a conocer el mundo real. Debemos, pues, esforzarnos en prestar constante atención a todas las manifestaciones, tanto en palabras como en acciones. Debemos observar con precisión el desarrollo y el crecimiento de una necedad, debemos atender a todos los movimientos internos y externos de los personajes para obtener todo el provecho que la lectura de una comedia puede ofrecernos. Debemos procurar despertar en nosotros vergüenza ante las necedades en las opiniones y en las acciones, así como ante las exageraciones y tonterías en el carácter, para que no solo nos divirtamos, sino que también mejoremos.

Al leer una comedia, debemos procurar examinar siempre, mediante la actividad de nuestro entendimiento y de nuestra razón, aquello que se aparta de la naturaleza y de la racionalidad. Nuestro esfuerzo debe dirigirse principalmente a poner de relieve lo absurdo en los caracteres, en las opiniones y en las situaciones, y a representárnoslo de manera viva y clara, para aumentar así nuestra sensibilidad hacia el contraste, la sátira y la ironía. Debemos esforzarnos en analizar la imagen de la necedad, para producir con ello un efecto pleno en nuestro ánimo.

La risa tiene grandes ventajas para los seres humanos, pues no solo nos inspira un profundo rechazo hacia las ridiculeces, sino que también es un excelente remedio para las enfermedades del cuerpo y del espíritu.

¡Cuán importante es, por tanto, tener siempre a nuestra disposición un bálsamo tan saludable para nosotros, mortales atormentados y afligidos! En el mundo hay demasiadas cosas que despiertan nuestro desagrado y nuestra repulsión. ¡Cuánto debemos, pues, esforzarnos en buscar escenas que ejerciten y aumenten nuestra capacidad de gozar de lo cómico para iluminar los días sombríos de nuestra vida, ahuyentar las preocupaciones que a menudo nos persiguen con hostilidad y poner en fuga la maldad que acecha en la oscuridad!

 

CAPÍTULO XXI
¿QUÉ FINALIDAD TIENE LA LECTURA DE OBRAS DE TEATRO Y CÓMO DEBEN LEERSE?

El dramaturgo no tiene la intención de influir y agradar al ser humano mediante lo cómico, sino mediante lo conmovedor y lo afectivo. Unas veces quiere hacer que la virtud resulte amable y una cualidad agradable; otras, presentar el vicio como despreciable y una necedad como reprobable. Su objetivo es recomendar las virtudes domésticas y cívicas. Quiere inculcar la fidelidad y la buena fe en el ánimo humano, y estigmatizar la deslealtad. La economía, la diligencia, la convivencia armoniosa, el respeto hacia la humanidad y la beneficencia son virtudes que procura hacer dignas de aprecio mediante su representación y sus personajes. A veces describe a un buen padre, otras a uno malo; unas veces aparece una madre tiernamente preocupada por el bienestar de sus hijos, otras una madre sin amor; a veces se caracteriza a un derrochador, otras a un avaro.

En todas estas caracterizaciones, al dramaturgo no le interesa provocar la risa, sino despertar respeto o desprecio, amor y odio. No quiere hacer el vicio ridículo, sino detestable; no castiga las necedades y tonterías mediante la burla, sino con una seriedad solemne. Su ámbito es lo serio, no lo cómico: no combate las acciones humanas con la sátira, sino con advertencias y exhortaciones graves.

Nuestra intención al leer obras teatrales debe dirigirse, por tanto, a suscitar y alimentar en nuestro interior aquellos sentimientos que son favorables a la virtud y contrarios al vicio. Los ejemplos que nos ofrecen las obras teatrales deben servirnos tanto de advertencia como de modelo. Deben despertar en nosotros la firme resolución de no hacer nunca nada que nos vuelva despreciables o detestables. Los sentimientos de lo afectuoso, lo amable, lo elevado, lo bello, etc., favorecen todos el desarrollo de la virtud: todos contribuyen, en mayor o menor medida, a su surgimiento y crecimiento.

Así pues, cuando leemos obras teatrales, debemos fijar especialmente nuestra atención en qué personaje principal ha elegido el autor, con qué cualidades lo ha dotado, cómo lo ha desarrollado y en qué relación se encuentran los demás personajes con él. Si describe la vida doméstica de una familia, presentando, por ejemplo, a un padre tiernamente preocupado por el bienestar de sus hijos y a una familia amorosa y virtuosa, debemos observar qué sentimiento despierta en nosotros ese cuadro, y toda la acción debe servir principalmente para cultivar ese sentimiento en nosotros. Debemos ayudar a la razón y al entendimiento mediante los sentimientos para que así puedan ejercer con mayor facilidad su dominio en todas partes, y a la excitación y vivificación de tales sentimientos benéficos contribuye especialmente la lectura de obras teatrales.

Estas fortalecen el corazón a través del gusto. El juego fácil y agradable de este conduce a la adquisición de la virtud, siempre que nos aseguremos de mantener vivos y activos aquellos sentimientos que, aunque son productos del gusto, constituyen un firme apoyo de la virtud.

Sin embargo, en la lectura no debemos fijarnos únicamente en cómo aprender a amar la virtud y a aborrecer el vicio, sino que también debemos dirigir nuestra atención a cómo aumentar nuestro conocimiento del ser humano y del mundo. Por ello, debemos estudiar y analizar cuidadosamente los caracteres de los personajes principales y contrastarlos con la experiencia. Debemos intentar desentrañar cada una de sus manifestaciones y acciones, e investigar si corresponden a su carácter o si le son contrarias. Asimismo, debemos observar con atención a los personajes secundarios y los motivos que impulsan sus acciones, con el fin de obtener tanto una comprensión completa del desarrollo de la historia como un conocimiento claro de este o aquel rasgo del carácter humano.

Las obras teatrales están más orientadas a la enseñanza y a la promoción de la virtud que a agradar, que es lo propio de las Bellas Artes. Su finalidad principal es más la formación de nuestro entendimiento y de nuestro corazón que la de nuestro gusto y, aunque también susciten en nosotros placer, este no es puramente estético, sino que está mezclado con sentimientos morales. Buscan satisfacer más las exigencias del corazón que las del gusto. Por ello, recomiendan la virtud y advierten contra los vicios, aunque esto solo debería ser un fin secundario de las Bellas Artes.

 

CAPÍTULO XXII
¿POR QUÉ SE LEEN TRAGEDIAS Y CÓMO DEBEN LEERSE?

Los jóvenes, cuando poseen energía y una imaginación viva, prefieren leer y ver tragedias antes que comedias o dramas, porque en aquellas hay lucha y, por tanto, se manifiesta más fuerza y energía, y porque de ese modo el espíritu del lector o espectador se eleva.

La tragedia estimula la imaginación y la razón, y despierta en nosotros los sentimientos de lo sublime, lo terrible, lo espantoso y lo temible. Presenta un acontecimiento en el que el vicio y la virtud están en lucha, donde el inocente sufre y el malvado triunfa, hasta que finalmente este recibe el castigo merecido. La tragedia suscita en nosotros los sentimientos de compasión y de lo sublime: cuando vemos al justo incomprendido, oprimido, e incluso asesinado, nos sentimos descontentos con su destino y compadecemos su persona, pero, puesto que en toda tragedia debe reinar un orden moral perfecto para que alcance su finalidad, el malvado acaba recibiendo su castigo. Este puede suicidarse o ser muerto por otros. En el primer caso, aunque nos indignamos contra el criminal, no podemos evitar aprobar su destino, pues un orden moral del mundo habría dispuesto tal desenlace. Satisface con su acción a nuestra razón y, como al mismo tiempo muestra un impulso del sentimiento de justicia en su corazón, comenzamos a admirar su acción por haber tenido el valor de poner fin a una existencia de la que no era digno y de dirigir contra sí mismo la espada de la venganza.

En el segundo caso, aprobamos los males que le son infligidos por la ley. Nos sentimos tranquilizados al ver honrada la virtud y abatido el vicio. Aprobamos la acción que restablece el derecho de los hombres mediante el castigo del malvado y nos sentimos elevados al percibir que un destino gobierna al ser humano, recompensando o castigando a cada cual según sus acciones.

Toda acción que vemos en concordancia con la ley moral despierta en nosotros ideas; nos sentimos conmovidos y profundamente afectados. La tragedia tiene, por tanto, la finalidad de despertar en nosotros el sentimiento de lo sublime. Debe rendirse homenaje a una ley cuyas exigencias, si bien abaten nuestro espíritu, al mismo tiempo lo elevan por encima de todo lo terrenal y le otorgan la victoria sobre cualquier azar, sobre toda tempestad, sobre toda adversidad y sobre toda fuerza física.

Al principio compadecemos a quien sufre, pero cuando vemos que lucha con firmeza y que, con valentía, se desprende de su envoltura terrenal y devuelve a la tierra aquello que ya no le sirve o de lo que no es digno, entonces lo admiramos y lo estimamos profundamente. En nosotros despierta una fuerza que está por encima de toda caducidad y que nos hace sentir lo inmortal que hay en nosotros mismos.

Cuando leemos tragedias, el carácter que desempeña el papel principal debe ser comprendido en toda su pureza y perfección. Todos los acontecimientos deben observarse con precisión y todos los pensamientos juzgarse en relación con el propósito principal para que podamos abarcar siempre el conjunto y este produzca en nosotros su efecto completo. Debemos procurar constantemente despertar ideas en nosotros mismos para estar plenamente capacitados de colocarnos en aquel estado de ánimo en el que estamos predispuestos a los sentimientos de lo sublime y de lo grande. Por ello, no debemos juzgar únicamente la adecuación de las acciones de los personajes, sino también su moralidad: no debemos buscar solo lo útil, sino sobre todo lo justo, ya que solo así se despiertan en nosotros las ideas y solo así los acontecimientos producen en nosotros el efecto que pretenden.

Debemos, por tanto, observar cuidadosamente qué desgracias afectan al personaje principal, si las ha merecido, qué intrigas urde, qué disposición de ánimo manifiesta, qué medios emplea para alcanzar su objetivo y qué castigo le espera o qué destino le alcanza finalmente. Cuando vemos al malvado castigado y al justo sufrir inocentemente, surge en nosotros un conflicto entre la naturaleza suprasensible y la sensible, en el que aquella resulta vencedora, porque, como poder superior, está por encima de todo lo terrenal. Como seres sensibles sentimos compasión por el desgraciado que sufre, como seres morales aprobamos el destino que impone al culpable el castigo merecido.

La lectura de tragedias exige una atención ininterrumpida, para que, mediante el desarrollo gradual de los acontecimientos, se produzcan en nosotros todas las impresiones que deben preceder al despertar del sentimiento de lo sublime. Si pasa desapercibido un rasgo de carácter, una opinión, un pensamiento o una decisión que contribuya a la formación completa del personaje y de sus acciones, perdemos parte del efecto que la tragedia debería producir en nosotros.

Las tragedias tienen como finalidad formar en nosotros el sentimiento de lo sublime, que surge del conflicto entre la razón y la sensibilidad, y como este es precisamente el camino que conduce a la virtud, al mismo tiempo purifican y ennoblecen nuestra disposición moral, nos hacen más resueltos a soportar con paciencia y valentía las adversidades que el destino nos impone, e infunden en nosotros la inclinación a cumplir siempre con nuestro deber, aunque su cumplimiento esté unido a dificultades y peligros, y a enfrentarnos con valentía al mal, incluso si hemos de sucumbir.

 

CAPÍTULO XXIII
OBSERVACIONES SOBRE LOS AUTORES DE COMEDIAS, DRAMAS Y TRAGEDIAS 

El autor de tragedias parece necesitar más genio que el de comedias y dramas. Sus obras deben distinguirse por la originalidad y la riqueza de ideas, debe despertar en el ánimo humano el sentimiento de lo sublime y, por ello, ha de poner en juego pensamientos elevados y grandiosos. Los personajes que actúan deben destacar por la grandeza de espíritu y la firmeza de carácter, deben brillar ya por altas virtudes, ya ser grandes malvados: toda ambigüedad y todo término medio perturban el propósito cuya realización el autor se propone.

El autor de comedias debe estar familiarizado con el mundo real, mientras que el autor de tragedias debe estarlo con el mundo ideal. Aquel ofrece un retrato de lo que existe; este describe aquello de lo que solo se encuentran muy pocos rastros, pero que a menudo debería existir. Aquel pone en juego conceptos, este, ideas. Aquel divierte, este conmueve. Aquel busca agradar a través de lo bello, este pretende sacudir mediante lo sublime. Si el primero es un observador atento de los seres humanos y posee el talento de representar sus necedades y sus rostros caricaturescos bajo una luz cómica, puede atreverse a emprender la tarea de fustigar a los necios y ridiculizarlos exponiéndolos a la risa. Pero el autor de tragedias debe ser un pensador original, debe ser receptivo a las ideas y capaz de sentimientos y disposiciones elevadas, si quiere producir algo que merezca el nombre de obra de arte. [...]

Los franceses y los ingleses poseen un número mucho mayor de verdaderos comediógrafos que los alemanes. Sus obras presentan el auténtico carácter de la comedia; tienen riqueza de ingenio, sátira, ironía, contraste y otras cualidades que contribuyen a la producción de lo ridículo. [...]

Entre los dramaturgos ingleses, Shakespeare sobresale como el sol entre los demás astros. Es un gran conocedor del ser humano, rico en ideas y creador, aunque a menudo falto de gusto. Posee una imaginación ardiente, gran agudeza, mucha experiencia y mucho ingenio. Siempre es nuevo, vigoroso, vivificante e instructivo, por muchas veces que lo leamos. Ha descrito de manera excelente el curso de algunas enfermedades mentales, por ejemplo, la locura en Hamlet y en El rey Lear. Está lleno de pensamientos sublimes y de sentimientos intensos. Todo se inclina ante su poderoso genio y por todas partes esparce excelentes enseñanzas y valiosas experiencias.

Los mayores comediógrafos de los tiempos modernos se encuentran entre los ingleses y los franceses. Entre los primeros destaca especialmente Foote en lo cómico bajo, y entre los segundos, Molière en lo cómico elevado. Ambos son profundos conocedores del corazón humano y de la vida social. El italiano Goldoni y el danés Holberg ocupan también un lugar nada desdeñable entre los comediógrafos.

 

CAPÍTULO XXIV
¿CUÁL ES EL PROPÓSITO DE LA LECTURA DE POEMAS Y CÓMO DEBEN LEERSE?

El ámbito de la poesía se extiende hasta donde la naturaleza ha difundido la vida. El poeta quiere actuar ya sobre la facultad de desear, ya sobre la de sentir, ya sobre la de conocer. Pero siempre toma su camino a través del sentimiento, sea cual sea el fin al que se dirija. Inflama la imaginación, provoca un juego de ideas y nos deleita, nos instruye y nos hace tomar resoluciones, según sea su voluntad. De la abundancia de su genio extrae pensamientos nuevos. Realiza combinaciones audaces, crea relaciones insólitas, descubre nuevas perspectivas y conjura imágenes gratas y expresivas.

¿Con qué intención hace esto? No se presenta ni como maestro ni como moralista, sino como un mago que quiere deleitar mediante sus creaciones. Sin embargo, no pretende solo divertir, sino también instruir y prepararnos para buenas decisiones; estos últimos propósitos no los declara abiertamente, pero los pone ante los ojos del lector de tal modo que este no puede dejar de percibirlos, incluso contra su voluntad, pues trabaja en la excitación, la actualización y el ennoblecimiento de los sentimientos, cuya formación es sumamente necesaria para el bien del ser humano.

El propósito principal del poeta es, por tanto, vivificar y perfeccionar los sentimientos estéticos, que guardan una relación más o menos estrecha con el sentimiento moral. El poeta épico y el lírico quieren suscitar los sentimientos de lo sublime, de lo grande, de lo solemne, de lo terrible y de lo espantoso; el poeta de canciones, los sentimientos de la alegría, de la belleza, de la gratitud, del deleite y de la gracia; el poeta idílico, los sentimientos de la inocencia, de la sencillez natural y de la tranquilidad; el poeta narrativo, los sentimientos de lo bello y de lo sublime, de lo amable y de lo grandioso; el satírico, los sentimientos de lo ridículo y de lo cómico. En suma, cada género poético tiene sus propios sentimientos cuya formación cultiva de manera preferente.

Nuestra lectura de los poemas debe dirigirse, por tanto, a despertar en nuestro ánimo el sentimiento propio de cada género poético y, mediante su desarrollo, contribuir a nuestra madurez y autonomía. La receptividad para diversos sentimientos nos proporciona mil alegrías y sufrimientos, pero ambos son el condimento de la vida. Permaneceríamos pegados a la tierra, como sin alma, si el dolor no nos arrancara de ella y nos obligara a reflexionar sobre cómo defendernos de sus ataques, lo cual nos impulsa a pensar por nosotros mismos. Los sentimientos infunden vida a nuestro cuerpo, nos proporcionan abundante materia para pensar, estimulan nuestra voluntad para actuar y nos perfeccionan en mente y corazón. Dado que la actividad y vivacidad de los sentimientos es el objetivo de la lectura de poemas, ¿cómo debemos proceder para alcanzarlo? Debemos buscar la idea principal que el poeta quiere desarrollar, poner en actividad nuestra imaginación por medio de ella, considerarla desde todos los ángulos y analizar con qué epítetos, ideas secundarias, comparaciones, imágenes, etc., la ha adornado el poeta. Debemos examinar la exactitud y la verdad de su representación y, cuando hayamos adquirido una comprensión completa del contenido de su obra, entonces debemos considerarla en relación con nuestra propia capacidad de sentir.

La imaginación es útil para esto: no se dirige al conocimiento, sino a la excitación de sentimientos, por tanto, cuando nos representamos vivamente un objeto mediante su actividad, se despiertan sentimientos en nosotros. Sin embargo, no alcanzaríamos plenamente el objetivo de la lectura poética si no investigáramos también: ¿Ha aprovechado el poeta todas las posibilidades que le ofrecía el tema? ¿Ha ordenado sus ideas de forma natural y fluida? ¿Ha elegido las palabras más expresivas? ¿Ha seguido la naturaleza en la gradación de los sentimientos? ¿Es su idea adecuada, interesante y fecunda? ¿Su estilo es sobrio o está recargado? ¿Las partes están bien conectadas y forman un todo armonioso? ¿Sus observaciones concuerdan con la experiencia? En suma, ¿es psicológicamente correcta la conexión de ideas y la intención de su obra? ¿Su representación es bella o sublime?

Este tipo de preguntas debemos intentar responder durante la lectura de un poema para producir en nosotros el efecto que el poeta pretende. Debemos pasar del comprender al sentir y de la contemplación al pensamiento. Al leer un poema, debemos olvidar nuestra propia personalidad y vivir enteramente en el poeta.

Todas las fuerzas de nuestro espíritu deben tensarse, todas las cuerdas vibrar, para que seamos pura atención, pura vida y puro espíritu al leer un poema rico en ideas y sentimientos. Todos los pensamientos y emociones contenidos en él deben reflejarse en nuestro interior. Debemos esforzarnos por salir de la lectura de cada buen poema con más ideas y mayor sensibilidad. Debemos aspirar a dominar el material que el poeta nos ofrece para poder disponer libremente de sus ideas y sentimientos.

La lectura de un poema debe despertar en nosotros la fuerza creadora, avivar la chispa de vida que yace en nuestro interior hasta convertirla en una llama brillante: debe inspirarnos y animarnos, y debemos aprender, como un segundo Prometeo, a dar vida y forma a la materia inerte. En todo espíritu humano hay agudezas poéticas ocultas que podríamos avivar hasta convertirlas en una llama luminosa, pero que generalmente dejamos extinguir por pereza y comodidad.

 

CAPÍTULO XXVI
¿CON QUÉ OBRAS DE LAS Bellas Artes DEBE COMENZAR LA JUVENTUD SU LECTURA?

Para que el ser humano adquiera desde la juventud independencia y libertad, debe acostumbrarse a una lectura adecuada pues esta le proporciona un desarrollo feliz de sus capacidades. Por ello, no debe comenzar su lectura con obras cuyo contenido pertenezca al mundo suprasensible o que estén llenas de ideas abstractas, sino que primero debe familiarizarse con el mundo sensible y haber reunido diversos materiales provenientes de la experiencia de los sentidos, antes de avanzar hacia la formación de sus facultades superiores. El desarrollo de las fuerzas humanas no se ve favorecido por nada de manera más poderosa que por una lectura que, a través de los sentidos, estimule la imaginación y la ponga en actividad, ya que esta incita imperceptiblemente al entendimiento a actuar y lo mantiene ocupado de manera lúdica.

La juventud debe, por tanto, comenzar principalmente con la lectura de aquellas obras bellas que sean fáciles de comprender, que enciendan la imaginación, que no estén sobrecargadas de adornos, que pinten más la naturaleza que la animen mediante ideas, que unan la sencillez con la claridad y que se recomienden por una exposición viva, sustanciosa y natural. Ahora bien, ¿pueden las novelas cumplir con estas exigencias?

La novela presenta un cuadro de la vida humana que no solo toma su materia del mundo sensible, sino también del mundo suprasensible. El ser humano debe ser representado en toda su naturaleza y en ello se despierta constantemente el juego de las ideas, en el que los espíritus jóvenes aún no encuentran placer, porque la razón en ellos todavía no puede estar activa, ya que ni siquiera las disposiciones que proporcionan materia a la razón se han desarrollado por sí mismas.

La novela, para ser apreciada como obra de arte, debe ser rica en ideas, experiencias, reflexiones, bellas imágenes, etc., ¿y cómo podría la juventud comprender todo esto, si apenas sus sentidos han comenzado a dar señales de vida?

Si no se puede comenzar la lectura con novelas, ¿quizá sea entonces muy conveniente empezar con obras dramáticas? Todos los géneros de las artes dramáticas suponen un alto grado de formación cultural si han de ser una lectura útil. En ellas deben estudiarse y valorarse caracteres, ¡cuánta experiencia no debe haber adquirido ya el ser humano y qué grado de desarrollo no debe haber alcanzado para atreverse a tal empresa!

Debe tener el entendimiento y la razón ya maduros desde hace tiempo, si quiere examinar si los personajes que aparecen en el drama permanecen fieles a su carácter y si no manifiestan rasgos que contradicen su naturaleza asumida. Y si no se pueden analizar los caracteres, su desarrollo, la conexión del conjunto, la representación, las observaciones que aquí y allá están entretejidas, etc., ¿qué provecho se obtiene de la lectura del drama?

El ser humano debe, en su lectura, tener en cuenta el grado de su formación y continuar desde el punto en que se encuentra en su educación. Por ello, solo debe leer aquello que le sea comprensible, especialmente cuando aún no está ejercitado en el pensamiento autónomo.

¿Con qué debe, entonces, comenzar la juventud su lectura de las Bellas Artes? Los poemas permanecen en el mundo sensible; tratan objetos que son fácilmente comprensibles para todos. Pero ¿cómo deben ser los poemas con los que la juventud puede iniciar su lectura? Deben llevar el sello de la naturaleza y del arte; por tanto, deben presentar los objetos de forma intuitiva y pictórica, deben representar, a partir de la naturaleza y de la vida humana, aquello que entra en el ámbito de la representación sensible y sus imágenes deben ser vivas, sus pensamientos claros, sus comparaciones fáciles de comprender.

La exposición no debe ser artificiosa, sino natural, no recargada de adornos, sino sencilla y concisa; debe ser bella y viva. Los poemas no deben contener nada que pueda corromper la sensibilidad o el modo de pensar: deben respirar virtud e inocencia, pero no predicarla, porque esto último resultaría incomprensible para el lector y, por tanto, aburrido y perjudicial. [...] Se debe pasar del autor que representa lo sensible y simple al poeta más rico en ideas y más creador para ejercitar primero la sensibilidad en la contemplación y luego la facultad de pensar en el pensamiento, y así liberarla de su inmadurez.

¿Pero por qué se debe comenzar la lectura con poetas? Porque mediante su estudio ejercitamos precisamente aquellas facultades cuya formación es necesaria para el desarrollo de capacidades superiores. Los sentidos deben haber alcanzado una gran destreza en la contemplación antes de que el entendimiento pueda perfeccionarse. A través de la lectura de poetas despertamos todas nuestras facultades sensibles, enriquecemos nuestro lenguaje, llegamos a amar la naturaleza, nos deleitamos en los juegos de la imaginación, nuestro corazón se reconforta en la sencillez natural, y finalmente nos atrevemos a pensar por nosotros mismos, porque nos hemos provisto de materiales abundantes que nos agradan, que comprendemos y que nos son útiles.

El genio que duerme en nosotros se calienta con el fuego ajeno y despierta a la vida. Es una gran ventaja para nosotros aprender a hacer versos, aunque no lleguemos a ser poetas por falta de talento, ya que mediante la composición poética adquirimos una destreza en el lenguaje que es indispensable para el pensamiento; nos acostumbramos a encadenar ideas, a reflexionar y, finalmente, a pensar por nosotros mismos. Debemos atrevernos en todas las cosas para poner a prueba nuestro espíritu, por si acaso en nosotros se esconde una disposición que, ejercitada, cultivada y alimentada, produzca frutos magníficos. Sin audacia nunca alcanzaremos un alto grado de formación y sin intentos arriesgados nunca nos desprenderemos del suelo en el que, por así decirlo, permanecemos como hechizados.

El poeta enciende la imaginación, que es indispensable para una vida activa y rica. Por medio de ella despierta la facultad de pensar y somos conducidos al pensamiento mediante un juego agradable y encantador. Gracias a ello, finalmente nos volvemos libres y activos por nosotros mismos, y adquirimos independencia y carácter, que otorgan dignidad al ser humano y le infunden valor para comenzar la lucha contra el destino y contra las injusticias de los hombres.

Pero es peligroso para nuestro espíritu leer, desde la juventud, a poetas que se distinguen por muchas particularidades en su modo de representación, en sus opiniones sobre las cosas, en su manera de pensar y en el curso de sus ideas, porque así nos acostumbramos a algo que quizá contradice nuestra propia naturaleza y, por lo tanto, encadena nuestro espíritu con ataduras que tal vez no podrá quitarse en toda su vida, ya que el hábito ha vencido a la naturaleza.

 

CAPÍTULO XXVII
¿QUÉ FINALIDAD TIENE LA LECTURA DE OBRAS FILOSÓFICAS Y CÓMO DEBEN LEERSE?

Ninguna ciencia está más cercana al ser humano, y ninguna está más arraigada en su interior, que la Filosofía [11]. En el estudio de esta ciencia, el ser humano es siempre el objeto sobre el que se reflexiona. Pero no son fórmulas vacías, ni una mística rebuscada, ni una sofística confusa, ni una fraseología oscura lo que constituye la filosofía, sino únicamente el conocimiento del ser humano, de su existencia y de su actuar.

En torno al ser humano gira el mundo, como la Tierra alrededor del Sol. Él es, en la Filosofía, el punto central del que parten todos los rayos, es la fuente vital que da existencia, sentido y significado a todo lo que es y sucede y es el autor de todas las leyes según las cuales ocurren los fenómenos. Lleva el mundo en sí mismo, así como la divinidad lo abarca a él junto con el mundo.

La Filosofía es una descripción de la naturaleza del espíritu humano. Así como la ciencia que estudia la naturaleza exterior observa, enumera, ordena, investiga y describe sus productos, así también la filosofía explora y describe los efectos del espíritu humano. Filosofar significa, por tanto, ser en el más alto grado libre y activo por sí mismo, elevarse con energía por encima de la propia naturaleza para contemplarla y reflexionar sobre ella; investigar sus manifestaciones, su modo de actuar y sus fundamentos; afirmarse como un ser independiente para reunirlo todo en el propio yo y elevarse a un punto de vista desde el cual se pueda contemplar el bullicio y la confusión de las actividades del espíritu y gobernarlas.

¿Por qué se estudia Filosofía? Para aprender a reflexionar sobre uno mismo con energía y constancia, para acostumbrarse a observar e investigar todos los fenómenos del propio ánimo, para aprender a indagar el fundamento de todo lo que existe, dentro y fuera de nosotros, en suma, para no ser un extraño en el propio interior, sino sentirse en él tan en casa como en la propia vivienda.

Ningún movimiento, ningún pensamiento, ninguna decisión, ningún impulso, inclinación o pasión debe surgir en nuestro ánimo sin que inmediatamente nos pongamos en guardia para averiguar de dónde proviene, qué actividades son necesarias para su existencia y por qué ha nacido. Buscar siempre dentro de uno mismo, reflexionar sin cesar, compararse con el mundo exterior y considerar la relación entre ambos: este debe ser el esfuerzo constante del filósofo. Debemos forzar conclusiones sobre nosotros mismos y sobre el fin de nuestra existencia, debemos atrevernos a examinarnos por completo y desde todos los ángulos.

Fortes fortuna adiuvat (la fortuna favorece a los audaces). Solo al pensador valiente le es propicio el éxito. En todas partes hace conquistas, en todas partes vence al enemigo que acecha en su interior. Filosofamos para conocernos a fondo, pensamos sobre nosotros mismos para adquirir fuerza de espíritu, nos elegimos a nosotros mismos como objeto de trabajo para aprender a dominarnos y llegar a ser maduros y autónomos.

El hombre no debe aprender filosofía, sino filosofar; no debe acumular palabras vacías, sino aprender a pensar por sí mismo. No debe amontonar riquezas inútiles en su interior, sino saber utilizarlas. Quien reduce la Filosofía a meras frases es un traidor a la humanidad porque profana la ciencia más digna, priva al ser humano de su dignidad y quiere mantenerlo siempre como un niño. Quien la convierte en simple ejercicio de memoria, impone al hombre una carga que deshonra a toda la especie. Quien juega con ella en el vacío demuestra que no sabe lo que quiere. Quien la considera solo como una colección de materiales, no comprende que el ser humano no está destinado a sufrir, sino a la actividad libre: no a obedecer, sino a dominar las cosas; no a ser esclavo, sino a ser un hombre libre. Todo puede ser indiferente para el hombre, excepto la naturaleza humana. El hombre es un fin en sí mismo, por eso debe ser considerado como el principio y el fin de todo filosofar. Es la fuente originaria de todo lo que aparece en él. Por ello, debe examinarse constantemente a sí mismo, para aprender a conocer su propia mente y su propio corazón.

El estudio de la Filosofía es indispensable para todo aquel que se dedica a las ciencias, e incluso para todo ser humano que quiera conocer el propósito de su existencia. Lo es porque nos enseña por qué vivimos, porque nos da a conocer las leyes de todo pensar y actuar, porque nos permite descubrir hasta dónde llegan los límites de nuestra capacidad de conocer. Además, educa al hombre para pensar por sí mismo y lo libera de la minoría de edad que él mismo se ha impuesto. Nos proporciona una idea rectora para las demás ciencias y nos da energía y carácter, que son el honor y la salvación de la humanidad.

El estado sano y enfermo del espíritu humano, los errores del juicio, la superstición, los prejuicios, el fanatismo, la melancolía, en resumen, el conocimiento de todas las debilidades de nuestra mente y de todos los obstáculos a la actividad autónoma, deben ser objeto constante de nuestro estudio, tanto para prevenirlos como para curarlos cuando ya han aparecido.

¿Cómo debemos entonces estudiar Filosofía? Debemos vincular todo lo que leemos con nuestras experiencias previas, intentando así hacerlo claro y comprensible. Debemos reflexionar con plena conciencia sobre el objeto de nuestra lectura, examinarlo desde todos sus ángulos y someterlo a la facultad del espíritu a la que pertenece, obligándolo mediante nuestra propia actividad a responder a nuestras preguntas.

El filósofo trata con los fenómenos y las leyes del espíritu humano. Todo lo que aparece en la Filosofía es un producto de nuestro propio espíritu y, por tanto, debe ser analizado y estudiado en nuestro interior. Debemos tener el valor de reproducir en nosotros mismos el fenómeno que queremos comprender y si esto no es posible (como en el caso de la locura u otras enfermedades mentales), debemos compararlo con experiencias semejantes para poder entenderlo.

Nuestro interior debe ser el taller donde se realizan todas las operaciones necesarias para comprender un libro. No debemos perdernos de vista a nosotros mismos para no caer en la distracción o la confusión.

Debemos preguntarnos constantemente: ¿Qué fenómeno quiere explicar el autor? ¿Cómo intenta resolverlo? ¿Qué método sigue? ¿Ha encontrado su causa y su origen? ¿Qué ideas secundarias relaciona con su tema principal? ¿Qué visión ofrece sobre lo que el ser humano es o debe ser?

Debemos ayudar a nuestro entendimiento con la imaginación, representándonos el objeto de estudio de forma viva y completa para esclarecerlo mediante nuestra propia actividad. Debemos repetir en nosotros mismos cada experimento que propone el autor, para comprobar su verdad y recrear en nuestro interior cada fenómeno que explica, con el fin de desarrollar el pensamiento propio y la energía intelectual.

No debemos ser fríos anatomistas, sino investigadores apasionados, fuertes y libres, que se lanzan con intensidad sobre el objeto de estudio para apoderarse de él y comprender su modo de existencia.

Al leer escritos filosóficos, no debemos solo pensar después, sino también pensar antes. Tan pronto como encontremos anunciado un tema que se va a tratar, debemos adelantarnos y examinarlo por nosotros mismos desde todos sus ángulos para aclararlo mediante nuestra propia reflexión libre. Por ejemplo, cuando nos topamos con cuestiones como: ¿Por qué la mayoría de las personas se quejan de la ingratitud? ¿Por qué el aristocratismo es más intolerante que el democratismo? ¿Por qué tan pocas personas tienen carácter? ¿Por qué las mujeres mayores son más vanidosas que las jóvenes? ¿Por qué un erudito con títulos parece más importante que uno sin ellos? ¿Por qué la Filosofía puramente formal vuelve arrogante? ¿Por qué ningún filósofo anterior a la Crítica de la razón pura logra comprenderla? ¿Por qué los principios del republicanismo tienen tantos enemigos aunque estén fundados en la razón? ¿Por qué no puede existir una Filosofía elemental como ciencia?, etc. Debemos intentar resolver estas cuestiones por nosotros mismos antes de dejar que otros nos den la respuesta. Debemos investigar las causas de estos fenómenos mediante nuestro propio pensamiento. Si hacemos esto y repetimos a menudo tales «experimentos» no solo ganaremos conocimiento, sino también libertad y fuerza para pensar por nosotros mismos.


El ser humano no debería rezar: «líbranos del mal», porque el mal es un estímulo para el despertar y la actividad propia, sino más bien: «líbranos de la inmadurez», que nos vuelve ciegos, esclavos, viles, desobedientes a la ley moral, rebeldes contra la naturaleza, sin carácter y juguete de las circunstancias. De esta inmadurez el ser humano debe aprender a avergonzarse y esforzarse por superarla con todas sus fuerzas. Quien aún suspira bajo las cadenas de la costumbre, la pereza y la superstición, no tiene ni idea del propósito por el que vive. Solo cuando hemos arrojado el yugo de la inmadurez autoimpuesta y nos hemos hecho libres en mente y corazón, nos volvemos dignos del nombre de «ser humano».

Pero esta libertad y nobleza solo se conquistan mediante la lucha: son el premio del pensar por uno mismo y del actuar por uno mismo. Debemos luchar y vencer antes de recibir ese premio. No debemos evitar ningún obstáculo en el pensar ni en el actuar, sino levantar con valentía la espada y enfrentarnos al enemigo. Porque los verdaderos enemigos no están solo fuera, sino también dentro de nosotros: el amor a la comodidad, el apego a lo antiguo, la fuerza de la costumbre, los pretextos del egoísmo, el miedo a las consecuencias del pensamiento libre, el temor a desagradar a quienes tienen poder, la avaricia, la ambición baja y la envidia. Estos forman una muralla que impide el surgimiento de pensamientos audaces. Al leer Filosofía debemos recordar siempre: nuestro propio yo es el objeto de investigación, el fin de toda Filosofía es la libertad y la autonomía. Debemos encender en nuestra autoconciencia la antorcha que ilumine nuestra oscuridad interior. Nada, ni dentro ni fuera de nosotros, debería ocurrir sin que intentemos comprenderlo mediante nuestra propia actividad.

Toda Filosofía nace del espíritu humano y cada disciplina filosófica requiere que activemos una facultad particular del alma. ¿Cómo entender la moral sin ejercitar la voluntad? ¿Cómo comprender los derechos humanos sin haber actuado libremente? ¿Cómo captar la estética sin imaginación ni gusto cultivado?

El estudio de la Filosofía es el camino hacia la madurez del entendimiento y la nobleza del corazón. Pero, ¿qué libros filosóficos debemos leer primero para cosechar sus frutos? No aquellos que se ocupan únicamente de las formas y leyes del pensamiento (como la Lógica, la Metafísica o la Crítica de la razón pura), sino aquellos que destacan por la riqueza de ideas, materiales interesantes, contenidos tomados de nuestra propia experiencia.

Debemos comenzar con obras que expliquen fenómenos cuyo existir conocemos, pero cuyo fundamento aún no comprendemos, es decir, debemos leer primero libros de psicología empírica y moral, que muestren utilidad evidente, despierten interés, inspiren el deseo de pensar.

Solo después de haber reunido abundante material y ejercitado el pensamiento, debemos atrevernos a reflexionar sobre las formas del pensar, criticar nuestra propia razón. Nuestro espíritu debe adquirir fuerza antes de adentrarse en el terreno árido de la Filosofía puramente formal.

Si hacemos lo contrario, empezar con la Lógica o abstracciones, debilitamos el espíritu, destruimos el gusto por pensar, perdemos el amor por la libertad. Entonces nos volvemos pobres, débiles y desanimados intelectualmente.

Primero debemos dar vida y energía a nuestro espíritu mediante contenidos ricos e interesantes, antes de emprender el difícil camino de la Filosofía trascendental. De lo contrario, tratamos la Filosofía como una simple memorización, en lugar de una actividad que exige el máximo de libertad y pensamiento propio.

La falta de contenidos interesantes provoca rechazo al pensamiento profundo, porque entramos demasiado pronto en un terreno donde el espíritu aún no encuentra alimento ni estímulo. En cambio, los temas que nos interesan y nos parecen útiles: fortalecen y vivifican el espíritu. Y ¿no es la fuerza y autonomía del espíritu el objetivo de toda Filosofía?

Por eso debemos adquirir primero fuerza y valor antes de entrar en lo trascendental. Porque allí necesitamos orientarnos constantemente. Y si no estamos firmemente arraigados en la realidad, ¿cómo encontraremos el camino de regreso cuando nos perdamos?

Con el estudio de la Filosofía, entendido como un medio para la madurez (Mündigkeit) de los seres humanos, comienzan a desaparecer el despotismo y la opresión religiosa. Y con ello, como resultado de la libertad más plena, empieza el reino de la justicia, es decir, el republicanismo.

Todas las mentes que piensan por sí mismas reconocen como válidas y legítimas únicamente: las leyes de la libertad, las leyes de la naturaleza. Todas las demás leyes les resultan odiosas, porque tratan a los seres humanos como máquinas. Son ilusiones engañosas que conducen al error y cadenas arbitrarias que deforman el espíritu humano, impiden el progreso de la Ilustración.

CAPÍTULO XXIX
OBSERVACIONES SOBRE LOS ESCRITOS FILOSÓFICOS

Los alemanes muestran en sus escritos filosóficos más agudeza y corrección lógica que los franceses y los ingleses, quienes, en cambio, han depositado en los suyos más hechos y experiencias. Aquellos ejercitan más nuestra capacidad de pensar; estos, en cambio, enriquecen más nuestro entendimiento. Aquellos quieren investigarlo todo hasta el fondo; estos quieren hacer todo útil para el mundo. Aquellos cultivan todas las disciplinas filosóficas, a estos les preocupa poco el desarrollo de la Lógica, la Metafísica y la filosofía trascendental. Aquellos buscan reconducir todo el saber humano a principios, estos rechazan tal empresa por considerarla inútil y difícil. Aquellos escriben compendios sobre todas las ciencias, estos se contentan con investigaciones particulares, sin prestar demasiada atención a la forma sistemática. Aquellos son profundos y, por ello, a menudo áridos, estos son más ingeniosos y brillantes. Aquellos están aquejados por la inclinación a crear nuevos sistemas; estos descansan sobre el fundamento que les han proporcionado John Locke y Claude Adrien Helvétius [14].

Aunque mediante la lectura de escritos filosóficos no siempre adquiramos muchos conocimientos nuevos o ideas interesantes, su estudio contribuye más que ningún otro a la formación y agudización de nuestra capacidad de pensar [...].

CAPÍTULO XXX
¿POR QUÉ SE LEEN ESCRITOS MISCELÁNEOS Y CÓMO DEBEN LEERSE?

Los escritos misceláneos contienen a menudo tesoros muy valiosos, pues no es raro que en ellos se consignen observaciones muy importantes y descubrimientos útiles que no se tuvo tiempo o no se quiso desarrollar extensamente, o que tampoco eran susceptibles de tal extensión como la que requiere un libro. Y los pequeños ensayos suelen elaborarse con mayor esmero y agudeza que los tratados extensos: nuestro espíritu permanece lleno de ánimo y fuerza durante el trabajo cuando vislumbra pronto el final del camino, y despliega sus facultades con mayor abundancia cuando puede detenerse por poco tiempo en un mismo objeto.

Dado que los escritos misceláneos contienen conocimientos de todas las ciencias y artes, deben leerse con la intención de formar, según el caso, el gusto, la capacidad de pensar o la razón práctica, dependiendo de cuál de estas facultades resulte especialmente adecuada a su contenido. Y puesto que toda lectura debe orientarse a la educación de nuestro espíritu hacia una actividad libre y autónoma, también en los escritos misceláneos debemos dirigirlo todo a nuestra madurez intelectual. Hemos de procurar convertirnos en pensadores independientes más valientes y vigorosos, sin rehuir ni el esfuerzo ni el riesgo para alcanzar este fin. Es mejor equivocarnos y errar que adormecernos en el cómodo lecho de la pereza y es preferible naufragar y perecer antes que permanecer encadenados al fondo.

La lectura de escritos misceláneos debe, por tanto, organizarse conforme a lo que exija la ciencia o el arte particular del que tratan. Debemos esforzarnos siempre por descubrir el propósito con el que algo ha sido escrito; este ha de ser la idea rectora de la lectura y el fin al que todo se refiera.

Es preciso examinar con detenimiento los caracteres, los pensamientos, las opiniones y los sentimientos, para ver si son auténticos, correctos y adecuados. Debemos atender también al modo en que se desarrolla un asunto y considerar las ideas secundarias que el autor ha entrelazado con el tema principal. Así, cada cadena de ideas ha de ser examinada; la autenticidad del sentimiento, puesta a prueba; la pertinencia de una comparación, analizada; y la verdad de los pensamientos, esclarecida. Todo lo que leemos debe arrojarse al crisol del examen y de la duda para separar lo auténtico de lo falso, lo verdadero de lo erróneo; en suma, todo ha de ser depurado como el oro, para no tomar una moneda falsa por verdadera ni desacreditar la verdad al suscitar sospechas sobre ella. 

CAPÍTULO XXXII
¿CUÁL ES EL PROPÓSITO DE LA LECTURA DE OBRAS HISTÓRICAS
Y CÓMO DEBEN LEERSE? 

Enumerar hechos sin saber cuáles son sus causas ni qué finalidad tienen es un pasatiempo que le cuesta al ser humano tiempo y autonomía. No merece la pena saber que Alejandro Magno ha existido si no se investiga qué influencia han tenido sus acciones y su gobierno en la cultura de la humanidad y es indigno de quienes están llamados a perfeccionar sus facultades jugar con los hechos como si fueran dados. Puesto que el ser humano tiene un propósito en la Tierra, también su especie debe tener un fin vital. ¿En qué puede consistir este? No en el aumento de la felicidad, porque esta depende de la representación y de la sensibilidad de cada individuo, y por ello no admite un concepto determinado. Además, la naturaleza parece estar orientada a todo menos a la felicidad humana, pues ¿cómo conciliar tal finalidad con los innumerables males naturales, los sufrimientos y las injusticias que los hombres se causan unos a otros? Tampoco puede consistir en una mayor perfección moral, ya que esta es producto de la libertad y de la actividad interior, no de la naturaleza externa y, al residir únicamente en la máxima que guía nuestras acciones, no puede juzgarse desde fuera.

¿Cómo determinar, entonces, si el fondo de moralidad, que se basa únicamente en la intención, ha aumentado en nuestros tiempos? ¿Y cómo pensar la interacción entre la naturaleza, que debería contribuir a nuestro fin, y la libertad, si aquella no puede influir directamente sobre esta?

¿Por qué vive, pues, el ser humano sobre la Tierra y qué hace para alcanzar su fin vital? ¿Qué aporta la naturaleza a ello? Todas las luchas y discordias entre los hombres, así como los males naturales, no promueven ni la felicidad ni la moralidad, pero sí cultivan al ser humano. Este se ve obligado a idear medios de protección contra la injusticia y contra los males físicos, y en ese esfuerzo por salvarse desarrolla sus facultades.

El individuo vive, por tanto, para conquistar una mayor perfección de sus capacidades. ¿Y la especie entera? Dado que también puede concebirse como una unidad y que cada ser humano tiene el deber de adquirir mayor destreza en el uso de sus facultades, siendo la vida humana un esfuerzo continuo hacia la cultura, la especie comparte el mismo fin que el individuo.

Todos los medios de formación corresponden tanto al conjunto como al individuo: la naturaleza oprime y aflige incesantemente a los mortales con sus devastaciones y males, pues sus acompañantes son las epidemias, las tormentas, los terremotos y todas aquellas adversidades que preservan a los hombres del letargo mortal en el que su pereza los sumiría con gusto.

La Historia es, por tanto, el relato de los progresos graduales de la humanidad en el desarrollo de sus facultades, así como de las causas que los han frenado o favorecido. Pero ¿hacia qué debe formarse el género humano? Hacia un uso libre y autónomo de todas sus capacidades al servicio del dominio exclusivo del Derecho. El individuo reconoce la razón práctica como lo más alto y sagrado; del mismo modo, también debe hacerlo la humanidad en su conjunto. Aquel ha de transformar su disposición interior; esta, sus acciones. El primero debe hacerse moralmente mejor; la segunda, obedecer estrictamente la ley jurídica.

El republicanismo es, por tanto, la meta según la cual debe juzgarse toda cultura y su plena realización señala el grado más alto de desarrollo, pues cuando la humanidad entera actúe de manera autónoma, libre y conforme al Derecho, ello será indicio de que la disposición hacia la personalidad en el ser humano se ha desarrollado, que ha alcanzado la madurez y que se avergüenza de toda transgresión de la ley.

¿Por qué se estudia la Historia? Queremos alcanzar un conocimiento completo del grado de cultura que el género humano ha llegado a alcanzar, queremos saber qué caminos ha tenido que recorrer para llegar hasta ahí, qué obstáculos ha superado, a qué extravíos y desviaciones ha estado expuesto, qué acciones ha realizado y qué males ha padecido, y en qué relación se hallan estas acciones y estos males con su desarrollo cultural. También queremos conocer a los tiranos que han sido un azote para la humanidad, las intrigas y las maquinaciones que han dado lugar a unos u otros acontecimientos. Sin embargo, nuestro objetivo principal consiste sobre todo en averiguar qué influencia han tenido estos hechos en la formación del género humano.

Deseamos conocer las opiniones, las creencias, las costumbres y modos de vida, así como las formas de pensar de los distintos pueblos, pero este conocimiento debe servirnos únicamente para determinar el grado de cultura en que la humanidad se encontraba entonces, y qué influencia ejercieron hombres con tales ideas, costumbres y modos de pensar en el progreso cultural de la humanidad.

En suma, el estudio de la Historia debe enseñarnos cómo el género humano ha alcanzado el nivel de formación que hoy percibimos y en qué relación, lejana o cercana, se encuentra con respecto a la consecución del republicanismo.

¿Cómo debemos estudiar la Historia? El mero conocimiento de los hechos es tan perjudicial para el ser humano como el solo conocimiento de las palabras: ambos sofocan la actividad autónoma del espíritu y convierten al hombre en un juguete de las apariencias, por las que se ve degradado en la misma medida en que permanece inactivo. Debemos referir todos los acontecimientos cuyo conocimiento procuramos al fin de la cultura. Toda opinión, toda acción, todo error, todo suceso, toda superstición y todo descubrimiento que conozcamos han de ser considerados y examinados en relación con nuestro fin vital. Pero, para poder hacerlo, es necesario haber adquirido previamente una comprensión profunda de las facultades y capacidades del ser humano, de sus manifestaciones y de la relación que guardan entre sí. Debemos saber en qué orden se desarrollan estas facultades y de qué modo, a través de qué fenómenos, se manifiestan sus actividades, para no buscar, por ejemplo, en los griegos expresiones de una facultad que aún no había despertado, ni atribuir a sus acciones máximas de las que todavía no tenían conciencia. Por ello, es preciso haberse formado primero como filósofo antes de dedicarse al estudio de la historia y conocer al ser humano antes de aspirar a conocer a la humanidad. Solo entonces se alcanzará una comprensión adecuada del esfuerzo humano: sus errores y extravíos nos harán más prudentes y sagaces; sus vicios y crímenes, mejores y más sabios; sus acciones nos servirán de advertencia o de estímulo para el bien y sus ideas nos señalarán el camino hacia el ámbito de la verdad.

Si, en nuestra lectura de la Historia, consideramos todo en relación con el fin de la cultura, ejercitamos nuestro juicio teleológico y nos habituamos a un modo de juzgar que nos protege de muchos errores y nos preserva de numerosas acciones injustas.

El estudio de la Historia debe, por tanto, orientarse a la formación de nuestra razón, para que esta adquiera mayor destreza en el juicio conforme a los fines y para que la virtud y el derecho encuentren acceso a nuestro corazón. Quien destruye sin propósito o actúa sin finalidad es capaz de los mayores crímenes y vicios, porque aún no manifiesta una actividad racional, y el eterno amonestador, la conciencia, permanece dormido en él. La masa ignorante, tanto en el palacio como en la choza, devasta sin sentido todo lo que encuentra a su paso y ¿dónde se cometen las acciones más vergonzosas, los crímenes más atroces y las mayores injusticias, sino en esa muchedumbre irreflexiva que mata sin pensar y se embriaga en excesos insensatos? Por ello, es de suma importancia ejercitar a los seres humanos en el juicio orientado a fines, para despertar en ellos el sentimiento moral y para este tipo de formación, el estudio de la Historia es especialmente adecuado, pues en ella todo debe considerarse y juzgarse como si sucediera conforme a sus fines.

 

CAPÍTULO XXXIII
OBSERVACIONES SOBRE LOS HISTORIADORES

Pocas naciones cuentan con verdaderos historiadores; en cambio, abundan los investigadores históricos y los recopiladores de hechos. Al investigador histórico le interesa únicamente la verdad y la autenticidad de un hecho; al historiador, en cambio, no solo le preocupa la investigación de lo verdadero, sino también su exposición y su valoración conforme a fines. Aquel selecciona los hechos y los examina para comprobar si realmente han ocurrido; este los juzga no solo por su adecuación a un fin, sino también por su valor moral y jurídico. El historiador comparece, así como juez moral de todo lo sucedido: absuelve o condena según sean las acciones que narra y se muestra a la vez como ser humano al expresar, mediante su modo de relatar, su indignación ante las atrocidades que llenan la Historia universal. Pero no es solo juez, sino también artista: trabaja libremente la materia en función del fin para el que vive el género humano. Por ello, debe disponer los acontecimientos de tal manera que produzcan un efecto estético en el lector; ha de cuidar una exposición que agrade o conmueva, según pretenda suscitar el sentimiento de lo bello o de lo sublime [...].

 

CAPÍTULO XXXIV
¿CÓMO DEBEN LEERSE LAS OBRAS CIENTÍFICAS
EN TEOLOGÍA, JURISPRUDENCIA, MEDICINA, ETC.?

La razón no es solo juez en todas las ciencias, sino también legisladora. No se limita a examinar si algo es verdadero o justo, sino que determina por sí misma lo verdadero y lo justo; nada hay en la verdad y en la justicia que no proceda de ella. Por ello, las ciencias positivas no solo deben ordenarse sistemáticamente, sino que su contenido mismo debería ser producto de la razón. Pero surge una dificultad, ¿cómo pueden las ciencias históricas tomar su materia de la filosofía y, sin embargo, conservar su carácter propio? ¿Cómo pretender elaborarlas filosóficamente si su contenido proviene de la historia y no de la razón? Se desconoce tanto la naturaleza de lo histórico como la de lo filosófico cuando se habla de una «elaboración filosófica» de una ciencia positiva. Pues el hecho de ordenar lo dado en un conjunto claro y comprensible o de arrojar aquí y allá algún rayo de razón sobre el campo de lo histórico, difícilmente merece el nombre de Filosofía. Si así fuera, la razón sería una servidora subordinada de las ciencias positivas, en lugar de su legisladora: llevaría la antorcha detrás, como esclava, en vez de iluminar el camino al frente. Ni la Teología positiva ni la Jurisprudencia positiva son susceptibles de un tratamiento verdaderamente filosófico porque en el momento en que algo se trata filosóficamente deja de ser positivo: ya no se pregunta qué dicen la Biblia o la ley vigente, sino qué prescribe la razón.

¿Qué puede entenderse propiamente por el tratamiento filosófico de una ciencia? No consiste en una mera conexión sistemática de lo histórico. Dado que, por ejemplo, la Teología y la Jurisprudencia son ciencias prácticas, la razón no solo debe proporcionar la materia de la ciencia, sino también elaborarla conforme a principios. No es, por tanto, simple organizadora de materiales dados, sino creadora: extrae de sí misma los principios y determina lo que debe hacerse. Sin embargo, todo lo que es positivo debe establecerse a partir de la Historia y no puede decidirse según principios filosóficos. El teólogo debe consultar la Biblia si quiere saber qué es verdadero y justo dentro de la Teología positiva; el jurista debe recurrir al código de leyes para conocer qué debe hacerse u omitirse y qué es justo o injusto. Si ambos quisieran acudir a la razón para resolver estas cuestiones, anularían el carácter de lo positivo. Quien ha aceptado una legislación positiva, sea religiosa o jurídica, y la reconoce como válida, no puede hacer ni omitir nada que dicha legislación declare justo o injusto.

Pero se plantea otra cuestión: ¿puede existir una legislación positiva que no reconozca a la razón como legisladora suprema? Dado que la razón práctica tiene primacía sobre todo el actuar y omitir humanos y que sus dictámenes ordenan o prohíben de manera incondicionada, toda legislación positiva debe reconocerla como instancia suprema. Sus pretensiones solo pueden volverse positivas en la medida en que, precisamente así, se rinda el debido respeto al carácter de la humanidad. Toda legislación de la razón se vuelve positiva en el momento en que, además de la razón, se añade una nueva sanción a sus dictámenes; por ejemplo, en el Derecho externo a través del Estado y, en la moral, mediante la divinidad. Puesto que tanto la legislación jurídica externa como la moral interna deben tender a producir una constante sumisión de los seres humanos a la ley del Derecho y de la moral, no puede existir legislación externa alguna que no reconozca a la razón como su autoridad suprema. Pero ¿cómo puede una legislación jurídica positiva como la nuestra en Alemania, marcada por grandes injusticias y en la que, salvo en el código prusiano, apenas se encuentran huellas de la actividad de la razón práctica, suscitar la inclinación a obedecer siempre el Derecho externo y a respetar en los demás los derechos de la humanidad?

Nuestras leyes jurídicas positivas alemanas no pueden ni deben ser objeto de una elaboración filosófica. No pueden serlo, en primer lugar, porque con frecuencia mezclan leyes de la virtud con leyes del derecho y porque rara vez contienen una materia que deba su existencia a la razón. ¿Cómo tallar un Mercurio a partir de una madera así? Y, en segundo lugar, no deben serlo porque una ley pierde su carácter positivo en cuanto se la somete a especulación filosófica, y porque el investigador se erige entonces en legislador, arrogándose la soberanía: introduce en las leyes un sentido distinto del literal y pretende declarar filosóficamente injusto lo que positivamente es justo. Si queremos, pues, mostrarnos como seres racionales y no ser considerados rebeldes contra la razón práctica, es necesario instaurar una legislación en la que la razón ocupe la presidencia, de modo que todas las leyes lleven el sello del Derecho.

En lo que respecta a la Medicina, esta no es una ciencia positiva, sino filosófica, que se ocupa de los fenómenos del cuerpo humano en su estado sano y enfermo, así como de los medios para conservar el primero y curar el segundo. Es, por tanto, una especie de física del cuerpo humano que investiga sus leyes fundamentales y sus fuerzas. En ella, la razón es legisladora y juez, y resulta ridículo apelar a autoridades en aquello que cualquiera puede investigar por sí mismo y que reside en la propia naturaleza humana.

¿Cómo deben leerse las obras de Teología y Jurisprudencia positivas? La primera exigencia que se plantea a un lector de este tipo es que sea filósofo y que posea un conocimiento completo de la legislación moral y jurídica de la razón, para poder juzgar qué es moral y jurídicamente correcto en la religión y en el Derecho. Mediante la lectura de escritos que tratan de lo positivo, solo se pretende saber qué es válido como ley en un país, pero no qué es moralmente bueno o jurídicamente justo, ya que solo la razón puede pronunciarse sobre ello. Dado que lo positivo no es más que una muleta destinada a sostener a los débiles y puesto que los seres humanos están llamados a alcanzar la mayoría de edad y a obedecer únicamente a su razón, actúa como un traidor a la humanidad quien limita todo su saber a lo positivo y se deja determinar en sus acciones exclusivamente por ello. Tal persona no trabaja, pese a los mandatos más sagrados, en su propia madurez, ni contribuye así al bien del mundo.

Es un inepto en su labor porque no ha despertado en sí la actividad autónoma de la razón y, por tanto, no puede hacer uso de ella. Es un egoísta, porque solo el miedo y la esperanza lo mueven a actuar, es un esclavo, porque no es más que un juguete de impulsos externos y es capaz de los mayores extravíos y excesos, porque no lo guía ningún genio interior ni la voz de la conciencia.

La Filosofía es la cura radical del ser humano enfermo y la salvación del mundo: sin ella, la humanidad pierde su dignidad y el ser humano desciende al nivel de los animales. Por ello, quien se dedica al estudio de lo positivo debe aportar consigo la Filosofía, para rendir a la verdad y al Derecho el debido tributo y no degradar su propia humanidad.

Quien se ocupa exclusivamente de lo positivo es un jornalero y quien no hace más que lo que lo positivo prescribe, es un rebelde contra Dios y contra la humanidad.

El conocimiento filosófico de la moral y del Derecho debe servirnos siempre de guía en la lectura de escritos teológicos y jurídicos positivos: debemos juzgar todo lo que leemos según los principios del Derecho y de la moral, no para amalgamar lo positivo con lo filosófico, sino para saber qué es, con independencia de las leyes positivas, bueno y justo.

Además, para todo estudio de lo positivo son necesarias, en parte, la erudición histórica y, en parte, el conocimiento de la filología: quien lea obras que enseñan ciencias positivas debe, por tanto, adquirir nociones en ambos campos. Sin embargo, todo este saber ha de orientarse a la cultura de la humanidad: debe servir para conocer el grado de desarrollo que habían alcanzado las personas en la época en que se promulgó una ley o se introdujo una creencia. No debe limitarse a la adquisición de conocimientos históricos, sino que también ha de estudiar la mente humana, a fin de comprender los fundamentos de las diversas opiniones, costumbres, fenómenos e instituciones. Los conocimientos filosóficos deben preceder al estudio de lo positivo y el lector debe haberse formado interiormente antes de enfrentarse a ideas ajenas. Además, el conocimiento positivo no debe cultivarse como mera cuestión de memoria, sino como medio de formación.

Nuestro espíritu ha de ganar con ello en actividad autónoma y en libertad, y debemos procurar afirmar en todo momento el dominio de la razón. Así, al estudiar lo positivo, hemos de preguntarnos constantemente: ¿qué es verdadero, qué es justo, qué es moral, y por qué lo es? Y, si algo no puede sostenerse ante la razón, ¿por qué fue considerado en otro tiempo como justo y bueno? ¿Cuál fue el motivo de que se ordenara o prohibiera tal o cual cosa? ¿Desde qué perspectivas se contemplaba el asunto y con qué argumentos se justificaban determinadas instituciones? ¿Qué juicio emite nuestra razón sobre este o aquel precepto o prohibición positiva? Y en cuestiones de fe debemos preguntarnos siempre: ¿cómo puede tal o cual doctrina interpretarse moralmente y aplicarse en beneficio de las personas? Por ello, no solo debemos ejercitarnos en la interpretación gramatical e histórica, sino también en la interpretación moral. En suma, todo lo positivo debe examinarse y valorarse desde una perspectiva histórica, filológica, psicológica, moral y jurídica.

Las Ciencias físicas son o bien una filosofía de la naturaleza, o bien una historia de la naturaleza externa, y la lectura de estos libros debe, por tanto, cultivarse como formación del entendimiento. Nunca debemos rehuir preguntas como: ¿ha sucedido realmente el fenómeno que se describe? ¿Cómo puede explicarse? ¿Cuál es la causa de su existencia? ¿Qué utilidad o qué perjuicio tiene su acción? Todo lo que pertenece a la Física debe explicarse a partir de causas naturales y conforme a ellas: no deben admitirse influencias suprasensibles sobre el mundo sensible ni saltos en los fenómenos. Todo ha de considerarse como encadenado dentro del ámbito de la experiencia y explicable en él. Debemos admitir únicamente causas naturales y examinarlo todo con rigor filosófico. Asimismo, debemos esforzarnos por investigar la existencia de los fenómenos y analizar sus efectos con independencia de la autoridad que los exponga. Nuestra actividad autónoma y nuestra libertad de pensamiento nunca deben sacrificarse a la lectura de un libro; al contrario, debemos procurar mantener siempre ambas.

 

CAPÍTULO XXXV
¿POR QUÉ SE LEEN LAS PUBLICACIONES PERIÓDICAS Y CÓMO DEBEN LEERSE?

Se ha acusado a los diarios y revistas de impedir una erudición profunda. Pero ¿acaso el conocimiento de palabras y hechos constituye realmente una erudición sólida? ¿Cumple el ser humano con su deber y alcanza su fin vital quien llena su memoria con una masa bruta y no elaborada de materiales? ¿O exige la finalidad del ser humano y el objetivo de todo estudio conocimientos muy distintos de aquellos que a menudo se consideran erudición? Todo estudio debe orientarse a fomentar el pensamiento propio y a adquirir firmeza de carácter. Quien, mediante su estudio, no se haya vuelto más hábil en el pensar ni más sólido en su carácter, ha desperdiciado esfuerzo y tiempo. Debe desarrollar y activar todas sus capacidades y, sin embargo, las ha reprimido o nunca las ha utilizado. ¿Ha tenido realmente tal persona alguna conciencia de lo que debe a su propia humanidad?

El ser humano puede ejercitar sus facultades con cualquier materia. ¿Por qué, entonces, habrían de ser las publicaciones periódicas un obstáculo para la erudición y la cultura? Estas contienen una gran variedad de artículos, que no debilitan ni el gusto ni la capacidad de pensar, pues la diversidad no fatiga el espíritu, sino que despierta su curiosidad y lo anima continuamente a nuevos esfuerzos.

En las publicaciones periódicas se tratan temas que difícilmente se encuentran en otros lugares, se suscitan investigaciones útiles que quizá nunca se habrían emprendido, se exponen ideas y propuestas que se habían pasado por alto o que no eran tan conocidas como sería deseable. Muchos jóvenes escritores inician su carrera en los periódicos y aprovechan a menudo la valoración de hombres experimentados y competentes sobre sus trabajos.

Asimismo, muchas personas ocupadas no tienen tiempo ni inclinación para leer obras extensas. Sin embargo, pueden leer periódicos y revistas, ya que en ellos pueden elegir según su gusto, encontrando textos breves cuya lectura no requiere demasiado tiempo y mediante los cuales, no obstante, conocen una gran cantidad de verdades útiles y propuestas interesantes.

Los diarios y revistas están destinados a difundir lo más reciente del mundo literario y político. Sin embargo, no deberían limitarse a narrar lo que se ha hecho, sino que también deberían contener propuestas sobre lo que debería hacerse. Nuestros periódicos deberían llamar con frecuencia la atención sobre las carencias en las ciencias, sobre lo indefendible de ciertas afirmaciones, sobre abusos generalmente perjudiciales, sobre la superstición presente en muchas acciones humanas, sobre el carácter de la época, sobre el fin de nuestra existencia en este mundo, sobre nuestros deberes y derechos, sobre los rincones ocultos del corazón humano y sobre verdades hasta ahora desconocidas. Asimismo, deberían proponerse como tarea principal difundir un mayor conocimiento de la naturaleza y del ser humano, y esforzarse por sacar cada vez más a la luz los secretos de ambos. Deberían enseñar sabiduría práctica y mostrar a las personas cómo organizar su vida, cómo conocerse a sí mismas y cómo relacionarse entre sí. Los descubrimientos más recientes en el ámbito de la verdad deberían hacerse más útiles mediante una presentación accesible al público, y ¿dónde habría mejor ocasión para ello que en los propios periódicos?

Estos deberían trabajar para socavar el despotismo literario y político, y asumir como deber sagrado hacer justicia al pensador incomprendido y aliviar al oprimido. En suma, deberían esforzarse por hacer a las personas más sabias, más prudentes, más perspicaces y más justas. Si nuestras publicaciones periódicas actuales cumplen con estas exigencias, podrá juzgarlo fácilmente quien esté familiarizado con su contenido y su espíritu.

¿Por qué se leen las publicaciones periódicas? El propósito de leerlas no es solo conocer las novedades del mundo erudito y político, sino también comprender el espíritu y las necesidades de la época. No puede negarse que el genio de un tiempo se manifiesta mucho más en las publicaciones periódicas que en otros escritos: en ellas aparece con sus pretensiones y expresiones de manera más directa y menos velada que en otros lugares. En las grandes obras se trabaja más y con mayor frecuencia para las ciencias; en los periódicos, más para el mundo. Quien, por tanto, quiera estudiar las aspiraciones y opiniones de sus contemporáneos debe leer publicaciones periódicas y quien desee iniciarse en los asuntos más urgentes de la humanidad debe recurrir a los diarios y revistas. En ellos se oyen los deseos, se perciben las necesidades y se conoce la situación de nuestros semejantes.

A través de su lectura aprendemos antes que por otros medios el grado de cultura en que se encuentran las personas, así como el devenir de las ciencias y de los Estados. Gracias a ellas llegan a nuestro conocimiento cosas de las que antes no teníamos noticia alguna.

Las gacetas eruditas nos llaman la atención sobre las carencias e imperfecciones de las ciencias, así como sobre los libros buenos y los malos. Por medio de los periódicos políticos conocemos el estado, la agitación y la actividad de una gran parte de los habitantes de la Tierra, y en los diarios se recogen hechos y experiencias y se tratan cuestiones cuyo conocimiento nos resulta muy útil.

¿Cómo debemos leer las publicaciones periódicas? Debemos hacer una cuidadosa selección entre los artículos de un periódico y omitir todos aquellos que no contribuyan ni al aumento de nuestros conocimientos, ni al desarrollo de nuestras capacidades, ni a nuestra mejora personal. Por ello, hemos de leer únicamente aquellos textos que destaquen por su riqueza de ideas, por una exposición elegante, por presentar nuevos descubrimientos, por ofrecer consejos útiles, por contener observaciones instructivas y valiosas o por dar a conocer hechos importantes. Quien haya adquirido práctica en la lectura puede reconocer pronto si el autor de un artículo es alguien de quien se puede aprender.

Puesto que toda lectura debe orientarse a la formación de nuestras facultades, es preciso examinar con detenimiento tanto los hechos que se nos comunican como las experiencias, observaciones y descubrimientos. Esta verificación no ha sido nunca tan necesaria como en nuestra época, en la que el espíritu de partido ha sofocado casi por completo la voz de la conciencia y la libre actividad del entendimiento.

Se tergiversan los hechos, se inventan falsedades, se presentan las palabras y acciones más inocentes como delitos de lesa majestad; se arroja una luz hostil sobre quienes no han jurado fidelidad a una determinada facción, y se calumnia y ridiculiza lo más sagrado para el ser humano. ¡Cuán prudente debe ser, por tanto, la lectura de publicaciones periódicas si se quiere recoger la verdad sin corromper la mente y el corazón!

La mayoría de los autores de estas publicaciones se han adscrito a una sola parte y contemplan todo desde la perspectiva de sus deseos, opiniones y pasiones. En cambio, quien rinde culto únicamente a la razón y a la justicia rara vez es escuchado, porque no adopta los excesos que otros esperan.

Al leer publicaciones periódicas debemos tener siempre la pluma a mano para señalar aquello que aún no sabemos o que puede contribuir a nuestro provecho. Es preciso anotar las observaciones más útiles, las reflexiones más instructivas, los descubrimientos más relevantes, los mejores libros y los hechos más notables, con el fin de poder recurrir a ellos cuando sea necesario. Asimismo, conviene volver a reflexionar sobre los artículos ricos en ideas e importantes después de su lectura, e intentar exponer por uno mismo el tema tratado, a fin de ejercitarse tanto en el pensamiento como en la expresión. Dado que la mayoría de los textos en las publicaciones periódicas son breves, esto resulta mucho más fácil que con obras extensas y prolijas.

El contenido variado de las publicaciones periódicas nos proporciona alimento para todas nuestras facultades y capacidades; por ello, pueden considerarse una escuela para nuestra formación integral.

La lectura de publicaciones periódicas no debe absorber todo el tiempo que destinamos a leer. Es preciso administrarlo con prudencia para poder estudiar también obras importantes, adquirir un conocimiento completo del mundo, del ser humano y de la naturaleza, y reunir abundante y variado material para el pensamiento propio. Debemos aspirar a ser al mismo tiempo pensadores independientes y eruditos y, una vez alcanzada cierta perfección en el pensar por nosotros mismos, mediante el esfuerzo y la aplicación progresaremos rápidamente en el saber. Sobre todo, en la juventud, debemos cuidarnos de dedicar demasiado tiempo a la lectura de publicaciones periódicas, pues de lo contrario el estudio de obras extensas puede llegar a resultarnos desagradable y perderíamos así ventajas que nunca podrían recuperarse.

Primero debemos acostumbrarnos a escalar montañas antes de querer descansar en praderas amenas y es necesario haber aprendido a luchar antes de pretender recoger laureles.

 

CAPÍTULO XXXVI
OBSERVACIONES SOBRE LAS PUBLICACIONES PERIÓDICAS

Alemania, que cuenta con una multitud de grandes pensadores, solo puede presentar un periódico político que un hombre en su sano juicio pueda leer con cierto interés. Todos los demás son engendros del fanatismo político, de la anarquía en el modo de pensar, del desconocimiento de los principios del derecho, del odio partidista, del espíritu servil, del servilismo rastrero y de la negación de los intereses más sagrados de la humanidad. Deberíamos avergonzarnos de semejantes monstruosidades, no reconocerlas como propias y derramar sobre ellas toda la burla y toda la sátira, pues se atreven a hablar en nombre del pueblo alemán, al que degradan ante el extranjero hasta hacerlo objeto del más absoluto desprecio. Si, por tanto, alguien nos juzgara únicamente por nuestros periódicos políticos, ¡qué juicio formaría sobre nuestra nación! Y, sin embargo, este es con demasiada frecuencia el caso en Inglaterra y en Francia, donde se nos mete en el mismo saco que a nuestros charlatanes políticos y se nos considera hechos del mismo barro, animados por el mismo espíritu y dotados de los mismos conocimientos.

Nuestros redactores de periódicos políticos presentan cualquier fábula como verdad, cualquier rumor, por absurdo que sea, como un hecho real y a cualquier enano como si fuera un gigante. Tergiversan todos los hechos, calumnian a las personas que intervienen en ellos y pretenden penetrar en sus intenciones, que solo conoce el juez supremo del mundo. Predican el fanatismo, ensalzan la anarquía, pues en las monarquías ilimitadas, donde la voluntad del soberano es por sí sola ley, juicio y derecho, impera la ilegalidad más devastadora, perniciosa y terrible, que ni siquiera ofrece la remota esperanza de que todos los mortales hayan de someterse algún día a la ley del derecho; alaban el despotismo, se burlan del Derecho y de la justicia, elevan a los hombres más indignos y carentes de mérito y ocultan la verdad. En lugar de narrarnos los hechos, nos ofrecen razonamientos insensatos, superficiales o malintencionados.

Todos nuestros periódicos políticos están sometidos al yugo de una censura sin escrúpulos. ¿Cómo puede esperarse, por tanto, que llegue alguna vez a ver la luz una verdad que no sea favorable al partido dominante? Por ello, los periódicos políticos deben leerse con la mayor desconfianza y con la máxima cautela, para no perder, por habituarnos a la credulidad, el uso de nuestro entendimiento, ni precipitamos, por imprudencia, en un abismo del que ya no haya salvación.

Nuestros periódicos eruditos tienen, ciertamente, mucho más valor; sin embargo, todavía distan mucho de satisfacer las exigencias que se les deben plantear. Los críticos deberían ser los hombres más reflexivos y eruditos de la nación, pues no solo deben poseer un conocimiento profundo de la ciencia o del arte de que trata la obra que reseñan, sino también abarcar el conjunto del saber humano para poder juzgar qué avances son necesarios en ese momento con el propósito de conducir una ciencia a un mayor grado de perfección.

Se erigen en jueces del espíritu; por ello, su tono debería ser modesto y humano, sus armas deberían consistir únicamente en razones y sus reproches no deberían dirigirse contra la persona del autor, sino exclusivamente contra su obra. Tampoco deberían tratar con tanta ligereza y desprecio a los jóvenes que aspiran a abrirse camino, como suele hacerse: pues no todo libro se escribe con la intención de perfeccionar una ciencia, sino también para dar prueba del propio esfuerzo o, ¡por desgracia!, por necesidad, que oprime con enorme dureza a una multitud de pobres mortales.

Hay libros sobre los que me parece mucho más difícil escribir una reseña que elaborar incluso una obra sobre la misma ciencia. El arte de reseñar no es un arte sencillo: exige amplios conocimientos y respeto por la humanidad, pues ¡qué fácil es cometer una injusticia con el autor de un libro, ya sea omitiendo un argumento que necesita para sostener su opinión, pasando por alto una perspectiva que abre sobre determinado objeto, o olvidando cuánto ha ganado la ciencia gracias a él y cuántas dificultades, por tanto, ha debido superar!

Sin embargo, la mayoría de nuestros críticos parecen tomarse el trabajo muy a la ligera [12] atacan a la persona del autor y creen que, con ello, el libro caerá por sí mismo. En casi todas las publicaciones eruditas solo se da voz a un partido, cuando en ninguna época ha sido más necesario que en la nuestra escuchar varias voces, pues existen divisiones tanto en el Estado como en las ciencias, y cada partido cree tener de su lado el derecho y la verdad.

Nuestros críticos tienen demasiado en cuenta, en sus juicios, el prestigio de las personas: a un joven sin título no se le quiere perdonar aquello que se pasa fácilmente por alto en un hombre de edad y cargado de títulos. Derriban con las críticas más mordaces a los jóvenes desconocidos que, mediante su propio esfuerzo y sus propios méritos, han de abrirse camino y ensalzan los escritos de los hijos de hombres ilustres, aunque estos sean precisamente quienes menos lo merecen y quienes menos necesitan semejante apoyo, pues en Alemania no se castiga a los hijos por causa del padre, lo cual sería injusto, sino que se los recompensa.

¿Y quiénes fueron los padres de nuestro Kant, de nuestro Fichte, de nuestro Klopstock y de tantos otros hombres que hoy gozan de renombre? Estos pensadores tuvieron que elevarse por sus propios méritos y merecen tanto más respeto cuanto mejor conocemos el esfuerzo y la perseverancia que les costó salir del polvo y abrirse camino. ¡Qué fácil, en cambio, se lo ponen nuestros críticos a los hijos de hombres célebres, aunque tengan pocos méritos [13]!

Nuestros críticos no persiguen a nadie con mayor saña que al pensador políticamente franco que, partiendo de principios que son auténticos productos de la razón, deduce de ellos lo que necesariamente se deriva de los mismos. Llaman exageraciones a las consecuencias rigurosas extraídas de los principios, califican de jacobinismo la expresión de la indignación ante las injusticias más clamorosas, de alta traición, una valoración moral imparcial, etc. En la mayoría de las revistas críticas solo se permite que se haga oír uno de los partidos, pero seamos justos y dejemos hablar a ambos. ¡Cuán pocos hacen, sin embargo, lo que es justo! Siempre se piensa únicamente en aquello que reporta alguna ventaja.

Sin embargo, una gran parte de los alemanes ha alcanzado un grado de discernimiento en el que tales artimañas de palabrería ya no tienen cabida, sino que se presta oído únicamente a los principios de la razón. Debido a su parcialidad, nuestros tribunales de la crítica han llegado al punto de que se concede poca credibilidad a sus dictámenes, sean favorables o desfavorables a un libro. Uno lee y juzga por sí mismo y a menudo llega a un resultado completamente distinto del que el reseñador comunicó al público.

La descalificación es ridícula, el maltrato es despreciable y, sin embargo, estas no son manifestaciones infrecuentes en el mundo literario. El propósito por el que deberían hacerse las críticas es el interés por las ciencias, que deben avanzar en su desarrollo y perfeccionamiento. El reseñador debe, por tanto, combinar las razones con la humanidad si quiere cumplir con su deber.

Por tanto, hoy, al leer críticas, no debemos someternos ciegamente al juicio del crítico, sino leer y juzgar por nosotros mismos. De este modo adquirimos mayor discernimiento, amor por la verdad y la justicia, y autonomía: aprendemos a desconfiar de los juicios ajenos y este es el primer paso hacia la madurez intelectual.

Nuestros periódicos políticos son productos del más encarnizado espíritu de partido: la furia aristocrática ha contagiado a todos los periodistas políticos; no ven ni oyen otra cosa que lo que les inspira el genio de la catistocracia. Son intrigantes de la política, en lugar de políticos de la moral, y parecen no tener siquiera la menor idea de que pueda y deba existir otro punto de vista distinto del suyo desde el cual haya que contemplar los acontecimientos del mundo. Son inexpertos en la ciencia del derecho y en la doctrina de la virtud, no conocen ni los derechos ni los deberes del ser humano y de las naciones y, sin embargo, se erigen en jueces condenatorios en el proceso más importante que jamás haya llevado a cabo el mundo. Quieren dominar a un genio cuya naturaleza y cuyo origen ni siquiera conocen.

Un lector que respete a la humanidad y considere el Derecho como lo más sagrado de la Tierra, que conozca los acontecimientos, que haya seguido atentamente su desarrollo y que procure descubrir las causas que, en la medida en que los seres humanos pueden investigarlos, subyacen a las acciones de los demás, no puede contener la más profunda indignación cuando ve que se ridiculiza el derecho de la humanidad, que se calumnia a hombres respetables y que todos los hechos y acontecimientos son deformados y tergiversados. Por ello, nadie merece menos crédito y exige mayor espíritu crítico que nuestros redactores de periódicos políticos y periodistas [14].

También la mayoría de nuestros periodistas parecen tomarse su oficio con demasiada ligereza. Se incorporan los artículos más insignificantes y carentes de interés, sin duda con el único propósito de llenar un cuaderno mensual. Nuestros mejores escritores se han retirado y han dejado el campo exclusivamente a quienes todavía carecen de práctica en el arte de pensar y no tienen experiencia en el conocimiento de la naturaleza del espíritu humano.

Por ello, nos conformamos con razonamientos insulsos, carentes de espíritu y de fuerza, y con una exposición desprovista de gusto de los hechos. El esclarecimiento de importantes fenómenos intelectuales, las reflexiones sobre los intereses más sagrados de la humanidad, por ejemplo, sobre sus deberes y derechos y sobre el fin de nuestra existencia, las bellas representaciones de la vida humana, las observaciones acerca de cuestiones ignoradas o mal comprendidas, los descubrimientos e invenciones importantes, etc., apenas constituyen el contenido de nuestros periódicos.

Por tanto, los alemanes tienen que emprender una gran reforma de sus publicaciones periódicas si quieren alcanzar el fin para el que están destinadas, a saber, la rápida y general difusión de conocimientos útiles y de enseñanzas sobre los asuntos más importantes de la vida.

 

CAPÍTULO XXXVII
¿POR QUÉ SE ESTUDIAN LAS LENGUAS ANTIGUAS
Y CÓMO DEBEN LEERSE LOS CLÁSICOS ANTIGUOS?

Algunos pensadores alemanes han censurado no tanto el aprendizaje de las lenguas antiguas en general cuanto el modo en que se estudian; otros, en cambio, han deseado que su estudio se limitara a un reducido número de jóvenes. Pero cabe preguntarse si disponemos de algún otro medio de formación para nuestro espíritu con el que podamos suplir la ausencia de las lenguas antiguas y que perfeccione con tanta seguridad y eficacia aquella facultad para cuyo cultivo está especialmente indicado el estudio de los clásicos antiguos. No todo objeto es igualmente adecuado para el cultivo de una facultad o de una fuerza, ¿y si poseyéramos precisamente una facultad cuyo desarrollo hiciera indispensable el estudio de las lenguas antiguas?

Aunque no puede negarse que aprender las lenguas antiguas requiere mucho tiempo y esfuerzo, todavía cabe preguntarse si una gran parte de este reproche no debe atribuirse al método con que se enseñan y se aprenden. ¿Por qué no las aprendemos como las lenguas vivas, mediante la conversación y la lectura al mismo tiempo? ¿Y por qué se quiere enseñar a los jóvenes demasiado pronto lenguas extranjeras y gramática, cuando ambas requieren ya mucha actividad y ejercitación del espíritu si se pretende que encuentren interés y placer en su estudio? ¿Por qué no se enseñan las reglas de la lengua mediante su uso y por qué no se abstraen aquellas de las propias frases? ¿Por qué no se comienza por aprender la lengua materna y por qué no se hace interesante el estudio de las lenguas mediante el contenido? ¿Acaso nos faltan obras de los antiguos clásicos que contengan acontecimientos memorables, relatos instructivos y descripciones vívidas y claras de las costumbres y los usos?

Pero no deben mutilarse los autores porque de ello se derivan demasiados inconvenientes, sino que hay que dejar intactos su contenido y su forma. También se convierte el aprendizaje de las lenguas antiguas en algo aborrecible cuando se desperdicia demasiado tiempo en su estudio y se relegan o excluyen por completo otras ciencias útiles. La sequedad con que se aborda la materia nos disuade; la ignorancia acerca de aquello que constituye propiamente el objeto del estudio de las lenguas nos vuelve, por el contrario, indiferentes y el método inadecuado con que se enseñan las lenguas antiguas nos infunde aversión y desprecio hacia la propia lengua.

Tratar al ser humano como una máquina nunca dará resultado. Dominar sus fuerzas es una alta traición contra la humanidad, conducirlo de manera inadecuada es una muestra de insensatez y no despertarlo de entre los muertos ni introducirlo en un reino de vida y de independencia es una conducta carente de conciencia.

¿Por qué se estudian las lenguas antiguas? «Quizá se quiera aprender, mediante su conocimiento, una ciencia que ya no poseemos en el grado de perfección en que existía antiguamente». Pero nosotros nos alzamos sobre los hombros de las generaciones precedentes: hemos aprovechado sus conocimientos y nos hemos enriquecido gracias a ellos, pero al mismo tiempo hemos continuado trabajando y hemos realizado nuevos descubrimientos. Por ello, las superamos en todo aquello que propiamente llamamos ciencias.

Nuestra Filosofía y nuestra doctrina de la religión han dado pasos de gigante, y nuestra Jurisprudencia y nuestra Medicina se apresuran a salir de un estado que todavía se encuentra muy lejos de la perfección que pueden alcanzar mediante el uso de la razón y de la experiencia. Y, pese a estas deficiencias, ambas ciencias son, con todo, mucho más perfectas de lo que fueron en la Antigüedad, pues aparecen enriquecidas por la experiencia y por las observaciones acumuladas durante milenios.

La Física y la Historia natural han adquirido una configuración que apenas guarda semejanza con la que tenían en la Antigüedad. Grandes revoluciones han abierto nuevos caminos y nuevas perspectivas en la mayoría de estas ciencias; por ello, podemos penetrar más profundamente en los secretos de la naturaleza y acercarnos más a la verdad.

En las ciencias que acabamos de mencionar, por tanto, la Antigüedad no puede servirnos de maestra. Si quisiéramos aprenderlas de los antiguos escritores, elegiríamos un camino completamente equivocado y sacrificaríamos inútilmente tiempo y esfuerzo: preferiríamos lo imperfecto a lo perfecto, lo falso a lo verdadero, lo oscuro a lo claro y lo difícil a lo fácil. Pues en estas disciplinas contamos, en los tiempos modernos, con autores que nos guían de manera mucho más correcta y mejor que los griegos y los romanos.

¿Por qué, entonces, habríamos de dedicar en lo sucesivo tiempo y esfuerzo inútiles al estudio de las lenguas antiguas, que no nos aporta nada, y por qué no preferiríamos estudiar únicamente las lenguas modernas de Europa, que cuentan con tantos escritos instructivos y fruto del pensamiento propio en estas ciencias? Y si queremos estudiar las lenguas antiguas por la Historia, solo unos pocos tendrían que hacerlo para traducirnos a nuestra lengua materna a los antiguos escritores. Aunque con ello perdiéramos algo de su espíritu, conservaríamos, no obstante, el contenido, que es lo único que aquí nos interesa.

¿Por qué habría, pues, de desperdiciar cada erudito tanto esfuerzo y tiempo para averiguar qué hizo Julio César o quién fue Alcibíades? ¿Por qué no estudian todos los eruditos la lengua hebrea si en ella están escritos los documentos más antiguos del género humano y si contiene las noticias más importantes sobre los destinos de nuestra especie y de la Tierra? ¿Acaso sabemos por ello menos de esta Historia? Así pues, el estudio de la Historia solo haría indispensable para unos pocos el aprendizaje de las lenguas antiguas.

Y si atendemos a la riqueza de pensamiento, ¿quién puede compararse entre los antiguos con un Wieland, Shakespeare, Hume, Montaigne, Kant, Goethe, Klopstock, Rousseau y otros espíritus semejantes? Estos nos enseñan a conocer al ser humano y su corazón desde todos los lados y en todas las circunstancias. ¿Dónde encontramos entre los antiguos un escritor que posea un conocimiento tan amplio de la vida humana, que contenga tantos pensamientos nuevos y originales y que nos deleite con tantos pensamientos elevadores del espíritu como algunos escritores modernos? Horacio, Tácito y Salustio son grandes conocedores del ser humano, pero aun así no pueden compararse, a este respecto, con nuestros Hippel, Montaigne, Kant y otros. La vida de los seres humanos es ahora mucho más variada que antiguamente. Hoy están vivas y operantes fuerzas de las que en otros tiempos noexistían. Se advierten muchos más fenómenos que en la Antigüedad porque ahora están más extendidos los conocimientos y la cultura y, por tanto, se han puesto en actividad muchas más facultades.

Si quisiéramos, pues, estudiar las lenguas antiguas en favor del conocimiento del ser humano, ¿no equivaldría esto a abandonar voluntariamente una rica y florida pradera para extraviarse en un desierto de arena abrasadora?

Además, no se pretende conocer al ser humano únicamente a través de los libros: también hay que arrojarse a la corriente de la vida humana y observar su murmullo, su crecida, su desbordamiento y sus devastaciones. Por ello, el difícil estudio de las lenguas antiguas resultaría muy poco útil e innecesario para el conocimiento del ser humano, pues varios de los escritores modernos han depositado en sus obras tesoros más ricos de conocimiento de la naturaleza humana que los autores antiguos.

Y si lo que nos interesa es conocer el grado de cultura alcanzado por la Antigüedad, para ello solo necesitamos traducciones de los antiguos escritores y, por tanto, una vez más, únicamente unos pocos tendrían necesidad de dedicarse al estudio de las lenguas antiguas. Si quisiéramos conocer las opiniones filosóficas, religiosas y políticas de la Antigüedad, para ello son igualmente útiles unas buenas traducciones que la lectura de los autores antiguos en su lengua original. ¿Por qué habríamos de dedicar innecesariamente tiempo y esfuerzo a adquirir un conocimiento que podemos obtener por un camino mucho más fácil?

¿Acaso nos sobra tiempo de nuestra vida para desperdiciarlo, o no debemos, por el contrario, administrarlo con prudencia dada su brevedad, puesto que ahora existen tantos conocimientos que debemos adquirir porque son indispensables para nuestro bienestar y para el bien de la humanidad, y cuyo estudio no podemos relegar sin incurrir en la más culpable de las negligencias respecto de nuestro deber?

Dado que los escritores del mundo moderno son eruditos más grandes, pensadores más grandes y mejores conocedores del ser humano que los de la Antigüedad, ¿por qué queremos dedicar tanto esfuerzo al estudio de las lenguas antiguas y por qué queremos aprender de ellos cosas que ni siquiera pueden enseñarnos? ¿Significa esto que el estudio de las lenguas antiguas es completamente inútil?

Existe en nosotros una facultad para cuyo desarrollo las lenguas antiguas son especialmente apropiadas. ¿Y cuál sería esa facultad del espíritu que solo podría perfeccionarse mediante las lenguas antiguas? Los escritores modernos nos proporcionan abundante material para cultivar nuestra sensibilidad, nuestro entendimiento, nuestra razón teórica y práctica y nuestra imaginación. ¿Qué otra facultad nos quedaría, entonces, por desarrollar? Es la facultad estética de juzgar, que llamamos gusto. Para su formación necesita modelos con los que pueda ejercitarse con seguridad y estos solo pueden proporcionárnoslos las lenguas antiguas. El gusto es la facultad de juzgar la relación de la naturaleza y del arte con nuestra facultad de sentir.

¿Por qué, entonces, puede perfeccionarse el gusto únicamente mediante las lenguas antiguas? Puesto que estas son lenguas muertas, sus palabras ya no están sujetas a ninguna transformación, pero esto no ocurre con las lenguas modernas, en las que una palabra que hoy es noble y válida puede convertirse, después de algunos años, en vulgar o quedar en desuso, de este modo deja de agradar a nuestro juicio y, por tanto, deja de ser bella y significativa. Todo cambia y se transforma en las lenguas modernas: las palabras y la construcción de los períodos, la expresión y el estilo. Las lenguas antiguas, en cambio, son inmutables, y lo que fue bello hace miles de años lo sigue siendo hoy.

Por ello, los antiguos constituyen modelos permanentes del gusto y, por tanto, son los que pueden emplearse con mayor provecho para su cultivo, porque son y permanecen como modelos de belleza.

Pero ¿qué se entiende por un modelo de belleza? No se exige de un escritor ejemplar únicamente una exposición viva, clara y artística, sino también riqueza de pensamiento y originalidad; en suma, un hálito espiritual debe recorrer el conjunto de la obra. Esta debe ocupar nuestra imaginación y nuestro entendimiento de manera fácil y agradable, y el juego de aquella debe proporcionar a este abundante materia para pensar.

Pero también la lectura de nuestros escritores modernos puede hacer esto: su expresión es bella y viva, y son espirituales y ricos en ideas. ¿No pueden, por tanto, servir también como modelos del gusto? No puede negarse que Goethe, Wieland, Gotter y varios otros son excelentes medios para la formación de nuestro gusto. Pero ¿permanecerán siempre iguales? ¿No envejecen acaso las palabras y expresiones que ahora son nobles y bellas? Y si esto sucede, ¿pueden seguir sirviéndonos como modelos del gusto cuando no solo dejan de agradarnos, sino que incluso resultan contrarios a nuestro gusto?

Pero ¿qué nos importa el porvenir? Podemos utilizar ahora la lectura de estos escritores para cultivar nuestro gusto, que la posteridad se preocupe de producir de nuevo poetas que no sean inferiores a nuestros héroes.

Y aunque podamos utilizar también a estos poetas como medio para la formación de nuestro gusto, a la mayoría de los escritores modernos les faltan, sin embargo, aquella sobriedad y solidez en los pensamientos, aquella naturalidad y gracia en la expresión y aquella ausencia de artificio en la conexión de las ideas que son propias de varios de los antiguos clásicos. Por ello, en este aspecto podemos aprender siempre de los antiguos, aunque lo que en ellos era naturaleza tenga que convertirse en nosotros en arte. Pues hemos superado la etapa cultural en la que los griegos fueron los más magníficos y encantadores maestros de la expresión. Pero hemos compensado esta pérdida con otras grandes ventajas y no podemos recuperar aquello que una vez se perdió. Y si dedicamos esfuerzo y aplicación al estudio de la expresión de nuestras ideas, podremos unir la naturaleza y el arte y mediante este último supliremos lo que la primera nos niega.

El estudio de las lenguas antiguas tiene, sin embargo, otras ventajas además del cultivo del gusto: para comprender un pasaje de un autor antiguo debemos detenernos más tiempo que ante un escritor moderno. De este modo nos acostumbramos a una reflexión y una consideración más maduras.

Examinamos e investigamos si la expresión que elegimos se ajusta al sentido del autor y si una palabra tiene, en ese sentido, este o aquel significado y no nos resistimos a repetir este intento varias veces, hasta que creemos haberlo realizado con éxito. Así pues, se ejercita nuestra facultad de juzgar, que adquiere fuerza y vigor. También debemos adquirir, para comprender a los clásicos antiguos, toda una serie de conocimientos adicionales que no solo nos proporcionan placer, sino que además cultivan nuestras facultades. Aprendemos a conocer el mundo antiguo, con sus opiniones, costumbres, usos y acciones, de manera más profunda de lo que podríamos hacerlo mediante la lectura de escritores en nuestra lengua materna.

¿Cómo debemos leer a los autores antiguos? Debemos, por ejemplo, ante una oda de Horacio, buscar primero el pensamiento principal y observar después cómo lo desarrolla el poeta y qué ideas secundarias ha sabido enlazar con él, qué perspectiva abre y qué imágenes ha elegido, si todo responde a la naturaleza del asunto que describe, si los pensamientos son correctos, las imágenes expresivas y plásticas, las comparaciones acertadas, etc.

En suma, primero debe examinarse la verdad del objeto descrito, después debemos observar la sucesión de los pensamientos y comprobar si están enlazados entre sí de manera mentalmente correcta, qué acciones y acontecimientos sabe el poeta suscitar en nosotros mediante la alusión y por qué los hace volver a nuestro ánimo. Finalmente, ha de investigarse si la expresión de los pensamientos es bella y por qué lo es. Los fundamentos de estos juicios deben analizarse y resolverse en sus elementos más simples.

Por consiguiente, al leer a un autor antiguo debemos estudiar especialmente la verdad y la pertinencia del objeto tratado, la corrección de los pensamientos, el arte con que se enlazan entre sí y, por último, la belleza de la expresión.

Si procedemos de este modo con los clásicos antiguos, el beneficio que obtendremos de su lectura será muy grande e importante. Nos volveremos más refinados en nuestro gusto y más sensatos, más nobles y más libres de lo que seríamos sin su lectura. Ganaremos en fuerza lo que ellos nos cuestan en tiempo y nuestro amor por la libertad y nuestro respeto por el derecho serán tanto mayores y más profundos cuantas más ideas despertemos en nosotros, ideas que constituyen los fundamentos de tan nobles manifestaciones.

Los escritores antiguos nos han protegido contra la barbarie, pues gracias a ellos las ciencias volvieron a cobrar vida y, aunque los investigadores de las ciencias se desviaran del camino de la naturaleza, el estudio de los clásicos antiguos nos condujo una y otra vez de vuelta a él.

 

CAPÍTULO XXXVIII
OBSERVACIONES SOBRE ALGUNOS MEDIOS AUXILIARES PARA LA LECTURA DE LIBROS

Deberíamos prestar mucha más atención de la que hasta ahora se ha prestado a los medios que permiten realizar con mayor eficacia las múltiples ocupaciones de los hombres. De este modo se acortan las tareas, se obtiene de ellas un mayor provecho y se desperdician menos fuerzas.

Los hombres deben aprender a administrar su tiempo con prudencia y a no agotarse en vanas resoluciones, sino a pensar y actuar, y a aprender a aprovechar el tiempo mientras huye, pues solo unos pocos días y ya no existimos. Un destino inexorable nos arrebata de la tierra y debemos dejar sitio a otros, que tendrán que comenzar de nuevo y a quienes pronto la tumba voraz devorará, igual que a nosotros.

Solo vive mucho y plenamente quien mucho piensa y mucho hace. Un defecto de los alemanes es su falta de acción, pues, si no fuera así, ¿cómo podrían tantas arpías devorar las entrañas de Alemania y cómo habría podido extenderse entre los alemanes un delito tan espantoso?

La lectura debe ser un medio de educación para la autonomía, pero la mayoría la utiliza como una poción para adormecerse; debería hacernos libres y maduros y, sin embargo, ¡a cuántos les sirve únicamente para matar el tiempo y conservarlos en un estado de eterna minoría de edad!

Al leer, debemos apoyar la facultad de pensar mediante la imaginación: hemos de acostumbrarla a captar y representarse largas cadenas de pensamientos para que el entendimiento pueda abarcar siempre el conjunto, y debemos hacer que las representaciones cobren vida por medio de ella para que el entendimiento conserve el gusto por pensar.

Las materias áridas pueden hacer desaparecer fácilmente en nosotros el interés que encontramos en el pensamiento, por ello debemos procurar animarnos mediante un interés moral para que nuestro espíritu no desfallezca, deje caer las alas y pierda tanto la capacidad como el gusto por pensar. Incluso un objeto que sea completamente indiferente puede adquirir interés por la relación en la que lo situemos y, de este modo, arrastrarnos a reflexionar incluso contra nuestra voluntad.

Las observaciones instructivas y las reflexiones importantes, los hechos interesantes y los descubrimientos útiles, los pasajes bellos y ricos en ideas, las nuevas perspectivas y las reflexiones que abren caminos hacia nuevas verdades; en suma, todo aquello que sea importante, interesante y novedoso, debemos anotarlo.

Debemos tener siempre la pluma a mano para poner por escrito aquello que nos llame la atención y que pueda resultar provechoso para nosotros. Y aunque no volvamos a leer siempre lo que hemos anotado, habremos permanecido más tiempo sobre el asunto y lo habremos grabado más profundamente en nuestra mente. De este modo, ya no corremos el mismo peligro de olvidarlo tan pronto como antes, cuando todavía no lo habíamos anotado.

Debemos reflexionar a menudo sobre lo leído e intentar exponerlo nosotros mismos y reelaborarlo a nuestra manera. De este modo aprendemos a pensar por nosotros mismos y reunimos, al mismo tiempo, un rico caudal de materiales que son los únicos capaces de dar valor e interés a los pensamientos. Por ello, debe importarnos mucho enriquecer nuestro espíritu con materiales ajenos, para que, mediante el ejercicio de nuestra propia actividad intelectual, adquiramos simultáneamente una gran reserva de materia con la que trabajar.

Nada nos hace más descontentos porque nada es más penoso que la pobreza. Desperdiciamos una gran cantidad de fuerzas sin obtener ningún provecho y fatigamos y paralizamos nuestro espíritu sin tener ante nosotros la perspectiva de nuevas conquistas en el reino de la verdad.

Debemos variar las materias durante la lectura, pues la variedad es reparadora. Nuestro espíritu conserva siempre la fuerza y el gusto por trabajar cuando, al leer, evitamos la monotonía de los temas. Por ello, debemos leer unas veces a un filósofo, otras a un poeta, otras a un historiador y otras a un naturalista. De este modo obtenemos además la ventaja de conocer muchas cosas que es necesario que el ser humano conozca.

Debemos hacer una selección rigurosa de nuestras lecturas y leer únicamente aquellas obras que se distingan por la riqueza y originalidad de sus pensamientos y por la belleza y vivacidad de su exposición. De este modo acostumbramos a nuestro espíritu a mantenerse constantemente ocupado y hacemos que adquiera aversión hacia la ociosidad, la pobreza de pensamiento, la falta de naturalidad, las exageraciones, etc. Así adquiere una cierta sensibilidad que lo conduce siempre por el camino de la verdad y del Derecho. Leer varias veces a un escritor original y rico en ideas supone un beneficio mayor para nuestra formación y nuestros conocimientos que la lectura de muchos libros mediocres y carentes de pensamiento.

Se obtiene un gran provecho de la lectura de libros cuando se procura conversar con alguien sobre lo leído. Entonces nos vemos obligados a reflexionar más y durante más tiempo sobre un asunto cuando se lo comunicamos a otra persona que cuando nos limitamos a trabajarlo para nosotros mismos. De las discusiones y controversias se obtiene mucha verdad y del enfrentamiento de ideas se hace saltar alguna chispa que, si encuentra materia propicia, puede convertirse en una llama resplandeciente. En general, deberíamos discutir más en sociedad de lo que es habitual entre nosotros y deberíamos contradecirnos más de lo que nuestra conveniencia parece permitir porque de este modo desarrollamos y perfeccionamos nuestras facultades.

La moda y las costumbres no deben triunfar sobre nuestro deber y no debemos considerar como una forma de cortesía y de refinada educación el guardar silencio cuando se niega el interés más sagrado de la humanidad, dejándose llevar por el egoísmo, el orgullo nobiliario, el espíritu clerical y el oscurantismo.

Debemos hacer todo lo que pueda mantener vivo y activo nuestro espíritu durante la lectura. No solo debemos emplear medios intelectuales, sino también medios físicos para avivar y fortalecer nuestra atención. Lavarnos frecuentemente el rostro con agua fría, disfrutar de aire libre y puro, etc., mantienen despierto nuestro espíritu y lo predisponen constantemente a realizar nuevos esfuerzos. Si reflexionamos a menudo sobre los beneficios que obtenemos de la lectura y revisamos de vez en cuando nuestros conocimientos, continuaremos trabajando con tanto mayor placer en nuestra propia independencia.

En general, debemos aspirar a ser dueños de toda materia. Debemos elaborarla de manera activa y no dejarnos subyugar por ella. Debemos juzgar todo lo leído según las ideas y no según los conceptos para poder obtener una visión de conjunto. Debemos relacionar toda lectura con nuestro propio yo y considerarla en relación con él, sin apartarnos nunca de la idea de que todo estudio debe hacernos más autónomos y libres, y contribuir a la madurez de nuestro entendimiento y de nuestro corazón.

 

CAPÍTULO XXXIX
SOBRE EL PÚBLICO LECTOR

En Alemania nunca se ha leído tanto como ahora. Sin embargo, la mayor parte de los lectores devora las novelas más deplorables y carentes de gusto con una voracidad que corrompe la mente y el corazón. Mediante la lectura de semejantes productos vacíos de contenido, uno se acostumbra a una ociosidad de la que solo puede desprenderse con el mayor esfuerzo.

Se dice que se mata el tiempo leyendo, pero ¿cuáles son las consecuencias de semejante lectura? Como se eligen únicamente obras que no exigen mucha reflexión y que están llenas de inverosimilitudes, falta de naturalidad y carencia de espíritu y de gusto, uno se desacostumbra de las leyes de la naturaleza, ahoga su voz y se convierte en presa de innumerables extravíos y transgresiones porque ya no se deja oír ninguna advertencia interior.

Se formulan exigencias a las personas que estas no pueden satisfacer, se exige de ellas un homenaje que no pueden rendirnos sin degradarse, se desea una situación a la que la ley moral nos prohíbe aspirar, se extingue todo deseo de actividad autónoma y de trabajo, así como todo amor por la libertad. Uno se vuelve caprichoso, malhumorado, arrogante e intolerante. Se vuelve extraordinariamente susceptible ante cualquier impresión, sin ser capaz de reaccionar ante ella con la fuerza de su interior: nuestro espíritu se enferma y sus cuerdas se desafinan; nada sencillo y natural nos agrada ya y la vida cotidiana se convierte en un tormento.

Las consecuencias de una lectura semejante, carente de gusto y de pensamiento, son, por tanto, el derroche insensato, una resistencia insuperable ante cualquier esfuerzo, una inclinación ilimitada al lujo, la supresión de la voz de la conciencia, el hastío de la vida y una muerte prematura.

El ser humano debe ser activo, y muchos malgastan su vida en la inactividad: debe pensar por sí mismo, y muchos ni siquiera tienen conciencia de que existe para ellos semejante deber, debe vivir con moderación, y muchos consumen sus escasos días de vida y se hunden prematuramente en la tumba. Debe forjarse un carácter, emanciparse y alcanzar la madurez. Sin embargo, muchos nunca se atreven a luchar contra las adversidades de la vida y contra las injusticias de los hombres: sucumben por falta de valor ante cualquier mal, son zarandeados de un lado a otro como una caña por el viento y nunca se plantean la pregunta: ¿por qué viven?

La lectura de las deplorables novelas que nacen en tropel destruye todas las flores de la humanidad, arroja al ser humano a la categoría de las criaturas irracionales y ahuyenta de la tierra la felicidad y la tranquilidad.

Tal vez a algunos les parezca exagerada esta descripción, pero si se estudia con mayor detenimiento a nuestro público femenino de las clases altas y medias, y se observan su desasosiego, su falta de carácter, sus caprichos, sus necedades, sus pretensiones, su ignorancia y su despreocupación, y se sabe que pasa su vida leyendo novelas carentes de pensamiento y que su disposición de ánimo y su manera de pensar cambian con cada libro, no podrá negarse que la influencia de la lectura de libros sobre los seres humanos es muy grande.

La mayoría de las mujeres no lee otra cosa que novelas, pero no son Wieland, Goethe, Müller, etc. los escritores que eligen, sino aquellos que alteran su sensibilidad, las arrojan a un mundo de magia y espíritus, las conducen a torneos caballerescos y banquetes, despiertan en ellas una sensibilidad sobrenatural y trastornan su manera de pensar y de sentir. Estos son sus escritores favoritos, a los que sacrifican su tiempo, su salud y su vida.

Pero no son solo las mujeres quienes aprecian semejante alimento carente de gusto, también hay hombres que leen novelas deplorables y que, por ello, han aborrecido desde su juventud todo esfuerzo de pensamiento y de acción. La influencia que una lectura semejante ha ejercido sobre su carácter es muy considerable.

Se resignan a todo con tal de que no se perturbe su indolencia y están dispuestos a todo aquello que les prometa placer. Soportan pacientemente las cadenas más deshonrosas de la esclavitud con tal de que se les dé de comer y beber y, sin quejarse ni mostrar el menor descontento, contemplan cómo se asesinan la libertad de pensamiento y la libertad de prensa.

Se aturden con novelas carentes de espíritu y de gusto y son incapaces de comprender que alguien pueda tener una aspiración más elevada que la alimentación y el placer físicos. Por ello, ofrecen gustosamente sus manos a cualquier forma de opresión y son capaces de cometer las mayores infamias porque han extinguido casi por completo en sí mismos las manifestaciones naturales de sus facultades.

Como una gran parte del público no ha desarrollado ninguna receptividad hacia la verdad ni ha conquistado la independencia intelectual, no avanza al compás de su época en lo que respecta a su formación espiritual. Se queda rezagado en la Ilustración y clama contra los peligros que esta supuestamente entraña para el Estado y para la Iglesia. Sin embargo, estos detractores son precisamente las personas más ignorantes a quienes la envidia, la ambición y el egoísmo inducen a esta difamación de las ciencias.

Los peores libros son los más leídos y los que alcanzan una mayor difusión y, como son también los que conocen más ediciones, algunos de nuestros libreros compiten entre sí por superarse en la oferta de mercancía de mala calidad, siempre que esta presente colores llamativos y figuras grotescas.

El Agathon de Wieland solo tuvo una edición en más de veinte años, mientras que las novelas de Spieß y Cramer conocen nuevas ediciones en pocos años. De ello puede deducirse hasta qué punto se lee poco al primero y cuánto se leen los segundos.

Mientras nuestra educación y nuestras constituciones políticas no favorezcan más la autonomía intelectual y la libertad de lo que lo hacen en la actualidad, nuestra lectura tampoco tomará un rumbo ni una orientación diferentes. Aunque algunas personas consagren todos sus esfuerzos a su formación y a su autonomía, su número resulta apenas perceptible frente a la gran masa de quienes se limitan a vegetar, comer, beber y morir.

 

CAPÍTULO XL
CONCLUSIÓN 

El lector debe tratar un libro como un artista hábil trata sus materiales: trabajando y dándoles forma hasta convertirlos en una obra magnífica. Debe abrirse camino con audacia a través de cada obstáculo y de cada dificultad para ejercitar sus facultades, y despertar en sí mismo el gusto por la actividad autónoma mediante la perspectiva del provecho que puede obtener. Toda lectura debe aspirar a despertar nuestras facultades y debemos ponernos en condiciones de renovar en nosotros, en la medida de lo posible, todo libro que contenga manifestaciones del espíritu humano. Este es, sobre todo, el estado en el que más progresamos en cultura y conocimientos.

Debemos procurar dominar todo aquello que estudiamos y elaboramos, y debemos imponernos a las dificultades, por numerosas que sean las que haya que superar.

La lectura no debe ser un calmante para nuestras facultades, sino un estímulo para su actividad. Gracias a ella, nuestra mente y nuestro corazón deben alcanzar la madurez y nuestra humanidad debe triunfar sobre nuestra animalidad. Debemos terminar la lectura de cada libro más ennoblecidos, más autónomos y más libres, y esforzarnos por imprimir en nuestra sensibilidad y en nuestra manera de pensar la impronta de la nobleza y la originalidad, de la humanidad y de la libertad.

 

  1. Según la mitología clásica, Elíseo designa la morada de los bienaventurados y héroes tras la muerte.
  2. Se trata del influyente periódico inglés The Spectator, fundado por Jospeh Addison y Ricard Steel en 1711. Véase Martín Párragma Javier, Joseph Addison y The Spectator. Estudio crítico y edición, Granada: Comares, 2016 y la obra colectiva Ertler, Klaus-Dieter, ed. Addison and Europe, Berlin-Bern, Bruxelles: Peter Lang, 2020.
  3. En todo el tratado se utiliza el término Schöne Künste en el sentido de arte de lo bello. 
  4. El poeta, traductor y escritor Christoph Martin Wielan (1733-1833) fue, junto con Johann Wolfang von Goethe (1749-1832), dos de los autores recomendados y elogiados por Bergk. En este mismo escrito se referirá a su novela Geschichte des Agathon (1766-1767) del primero por su valor e interés al construir sobre una ficción griega la evolución intelectual del autor. 
  5. Theodor Gottlieb Hipel (1741-1796) fue un escritor y crítico social ilustrado, amigo de Kant. Redactó un conocido tratado Sobre el matrimonio (1793), considerado uno de los textos fundamentales del feminismo ilustrado.
  6. Se trata de la novela sentimental del teólogo alemán Johann Martin Miller (1750-1814), que, junto con el Werther de Goethe, se convirtió en una de las novelas más leídas de la época.
  7. Christian Fürchtegott Gellert (1715-1769) destacó como escritor moralista. 
  8. Friedrich Gottlieb Klopstock (1724-1803) conocido por su poema épico El Mesías y por sus dramas.
  9. (Nota del autor). ¿Cómo aprendemos, pues, a pensar por nosotros mismos? Ningún pensamiento, ningún sentimiento, ninguna acción ni acontecimiento debe quedar para nosotros sin examinar ni someter a juicio. Con valentía y audacia hemos de atrevernos a decidir según nuestro propio criterio, y aun cuando erremos, ganaremos en fuerza lo que perdamos en verdad. Debe ser siempre nuestro principio fundamental servirnos en todo momento de nuestro propio entendimiento y no apoyarnos en sentencias ajenas. Sin embargo, esto aún no basta para pensar por uno mismo: debemos suscitar tanto en nuestro interior como fuera de nosotros un mundo rico y viviente. Nuestro pecho ha de estar lleno de vida y actividad y el mundo exterior ha de responder a la llamada de nuestro espíritu ofreciéndonos en todo momento materia para el pensamiento. Debemos, por tanto, encender nuestra imaginación, pues ella es el sustituto del mundo real cuando todo a nuestro alrededor yace solitario y muerto. Al pensar por nosotros mismos pertenece también el confrontar constantemente nuestros pensamientos con los de los demás, para compararlos entre sí; pero nunca debemos jurar por las palabras de otro, sino seguir nuestro propio camino.
  10. Der Gestersecher (1787-1789), aventura con tintes góticos, fue publicada por entregas en la revista Thalia.
  11. (Nota del autor) Tomo aquí esta ciencia en el sentido más amplio de la palabra.
  12. (Nota del autor) No niego en absoluto que de vez en cuando aparezcan críticas instructivas y bien meditadas; sin embargo, son poco frecuentes.
  13. (Nota del autor) Podría aceptarse la afirmación «los padres célebres rara vez tienen hijos célebres» casi como un axioma, al menos en el mundo de las letras.
  14. (Nota del autor) Hago aquí algunas excepciones con respecto a los Anales de Posselt y al Diario de los acontecimientos más recientes del mundo, de Langus, por ejemplo, y varios otros.
  15. Helvétius (1715-1771), famoso filósofo francés, autor de De l'Esprit y De l'homme, de ses facultés et de son éducation (1772) y Les progrès de la raison dans la recherche du vrai (1775).