El autor de este Desengaño, escrito contra la traducción del poema de Luis Racine, finge, como Saavedra Fajardo en La República Literaria, vivir un sueño que le permite, siguiendo al autor barroco, analizar la cultura literaria de su tiempo visitando la República Literaria con la ilusión de poder ser algún día alguno de sus ilustrados ciudadanos. En primer término, se encuentra con Juan Luis Vives al que atribuye la misión de investigar las causas de la corrupción de las artes (p. 6). Vives le guía hacia una biblioteca formada por las obras «que, siendo fruto de un constante y porfiado afán, de una erudición sólida, y de un maduro juicio, han hecho inmortal el nombre de los varones estudiosos que las produjeron» (p. 8). Tal selección implica huir de la vanidad de los literartos del siglo y de ahí el reducir las obras a una única edición correcta y el escoger las que tratan con mejor método y conocimiento las materias descartando todas las demás (p. 10).
A continuación se encuentran con fray Luis de León, del que se elogia De los nombres de Cristo, y que les acompaña en la visita bibliotecaria. La sala principal la ocupa la Biblia y a continuación la que ocupan los autores griegos, cuya lectura recomienda fray Luis enfáticamente. Sigue la visita con los autores romanos, donde se valora no solo su sabiduría, sino la de los traductores. A esta empresa de defensa se suma el mismo fray Luis porque:
¿Quién podrá contenerse viendo el habla castellana, objeto un tiempo de mi mayor atención, desfigurada en un todo, perdida su natural gravedad, lánguida, sin nervio, sin viveza, y hecha, como muy bien dijisteis, una algarabía fastidiosa? Y no porque no haya algunos que sepan manejarla y usar de todas sus gracias con oportunidad, sino que, como estos son poquísimos y los que la emplean sin conocerla entran por millares, ha sido precisamente de estos el vencimiento y el mal, como por lo común sucede, el que ha prevalecido (p. 38).
A partir de aquí comienza a comentar la traducción del porma La religión del francés Louis Racine, «hecha por un capitán de caballos». Critica la asusencia de poesía y de lenguaje lírico, como corresponde al original. «El que traduce —se afirma— debe seguir la dicción del original, conservando sus imágenes y sus figuras en cuanto le sea posible» (p. 49). El problema es que una mala traducción convierte en malo el original cuando no debiera. A continuación analiza pormenorizadamente los defectos encontrados.