La obra consta de una «Advertencia al lector» en la que la autora declara sus temores ante el atrevimiento que supone criticar la literatura española viviendo en España. Pero confía en la respuesta del público, que le asegura que, siendo justa la crítica, merecerá elogios y no detracciones (p. 2). Además, tendrá en cuenta su condición de mujer. Es el mismo público quien le dice «que mi sexo me da libertad para todo y que los cisnes de España celebrarán mi determinación, por más que los grajos lo censuren, que lo que aquellos entonan son cantos dulcísimos y lo que estos graznan son pedradas mortífieras» (p. 2).
El cuerpo del texto lo compone la «Introducción y obra todo revuelto» a la que suceden cuatro reflexiones: la primera sobre las traducciones, la segunda sobre la crítica, la tercera sobre la poesía y la cuarta sobre obras varias.
En la «Introducción» cuenta que es una dama nacida en Bayona y sobrina de Madame de la Morte quien se ocupó de su educación tras la muerte de sus padres. Esta sabia mujer y consejera le pide que examine la literatura de las Cortes que visite y que siga como maestro a Fontaneille. Y así, obedeciendo el consejo visitó las Cortes europeas.
Comienza con la de Viena, cuyo dialecto le parece: «Falto de voces y de energía, formaba sus narraciones sin fluidez, sin belleza y sin ninguno de los primores de la Retórica» (p. 5). En Italia dice conocer a Lampillas, Masdeu y Juan Andrés con los que perfeccionó sus conocimientos. De Londres expresa su admiración ante las representaciones de Shakespeare, Pope y Young. Finalmente, llega a Madrid y explica que tal digresión y el resto de la obra tienen por objeto «que se conozca que, aunque mujer, puedo hablar con algún fundamento» (p. 6).
En la «Reflexión III. Poesía» critica a los poetas españoles por su falta de lirismo. Solo aprecia las composición de Meléndez Valdés donde encuentra dulzura, imitaciones bellas y ternura en los pensamientos (pp. 12-13). No obstante, le parece un poeta empalagoso: «Pero me parece que este docto ingenio se debiera haber empleado en materias más útiles, porque tanto besito, tanto amorito, tanta tortolilla ya empalaga» (p. 13). A lo que añade:
Todos conocen que aunque este género de poesía es el más dulce, es el menos provechoso. Además que es una escuela bastante peligrosa para la juventud porque la doncellita que lea aquello y el petrimetre repulido que lo repare, hallarán cositas que decirse con algún perjuicio (p. 13).
Pasa a continuación a referirse a los poetas cómicos. Dice elegir un camino intermedio entre los detractores y los defensores del teatro español. En cualquier caso, apunta que el ingenio para enredar y desenredar la fábula de los dramaturgos españoles es único en el mundo (p. 14). Y alaba también a los cómicos por su capacidad para representar cada dos días una obra diferente. La «Reflexión IV. Obras varias» continúa tratando el asunto del teatro y también sobre la prensa dedicando curiosos comentarios sobre el periódico El Censor, El Corresponsal y el Diario curioso, erudito, económico y comercial («solo útil para alguna parte de la plebe») y el Memorial literario, que le parece poco escrupuloso en sus extractos.
Con todo, pretende que los escritores sigan la estela de los sabios autores como Campomanes, Iriarte, Huerta, Llaguno y Amírola, etc. y que publiquen obras dignas y útiles.