Este tratado de Poética en dos volúmenes está concebido para ilustrar a las damas en el conocimiento de los principios fundamentales del arte poética y de los géneros que la componen. Su autor, Gabriel-Henri Galliard (1726-1806), fue un abogado, periodista y crítico francés, miembro también de la Academia Francesa. Colaboró como redactor en el Mercurio de Francia y en Jounal des savants.
Avalado por el éxito de la publicación de la Retórica para educación de las damas, el autor les presenta una Poética. Según explica en el «Prefacio» se suma a quienes defienden la educación del género femenino, aunque siempre estableciendo diferencias intelectivas respecto de los hombres. Las mujeres poseen inteligencia y sensibilidad, pero están más dotadas para la Literatura y otras disciplinas humanísticas, que para los complejos estudios científicos. El interés por las ciencias experimentales resulta más una excepción que la regla común.
Comienza el volumen primero por la versificación y continúa en el libro segundo con las diferentes clases de poemas (épico, épico-burlesco, didáctico y dramático), en donde no faltan reflexiones sobre los sentimientos y las pasiones, asunto sobre el que siempre se procura ilustrarlas.
Descripción bibliográfica
[Gaillard, Gabriel-Henri], Poëtique françoise, a l'usage des dames. Avec des exemples. Tome I, Paris: Barois, 1749.
ix pp., 402 pp.; 8º; Biblioteca Municipal de Lyon. Sign.: SJ BC 624/16-T. 01.
Tenemos la ventaja de vivir en un siglo ilustrado y educado, donde todas las ciencias se cultivan y donde las artes han alcanzado un nivel de perfección desconocido por la Antigüedad. Una noble emulación se ha apoderado de todos los espíritus y la ignorancia ha sido proscrita del mundo. Las gentes de letras, los verdaderos amantes de las letras, ven con agrado expirar aquel vergonzoso prejuicio que confinaba el espíritu de las mujeres a la oscuridad de sus asuntos domésticos y que les negaba despiadadamente gracias e ilustración.
Este ridículo error, inveterado durante varios siglos, combatido en vano por las armas de la razón y renovado (contra la intención del autor) por la ingeniosa comedia de Las mujeres sabias [1], iba a sumir a Francia insensiblemente de nuevo en su antigua barbarie y a traer de vuelta aquellos tiempos tenebrosos y ciegos, cuando los monjes eran los únicos que tenían derecho a saber leer.
Porque tengamos cuidado, uno de los motivos más poderosos que nos impulsan a adornar nuestras mentes, a enriquecer nuestras almas, es la feliz ambición de ser útiles y agradables a un sexo al que no podemos complacer sin mérito y sin amenidades. Pero si este noble interés perdiera su fuerza y las mujeres sacrificaran sus mentes al más necio de los errores, renunciando absolutamente a las artes y a los bellos conocimientos, ¿cómo podría uno proponerse complacerlas con cosas de las que no tienen ni idea? A partir de entonces, no más emulación, no más gusto, los talentos, la elocuencia se desvanecerían para siempre en las sombras de los colegios, y la pedantería, restaurada en todos sus derechos, imprimiendo a todas las ciencias su carácter salvaje y afectado, renacerían de sus cenizas la superstición y la ignorancia.
Pero la llama de la razón ha disipado este prestigio. Las mujeres han reconocido las ventajas del espíritu y del espíritu cultivado; el talento y la belleza, ahora reconciliados, adquieren nuevos encantos, tanto como ha ganado la sociedad.
Este gusto por la instrucción se convierte en una avidez real y saludable; se extiende a todo, lo engulle todo. Las artes más difíciles, las más abstrusas, las que exigen la aplicación más continua, no hacen más que alentar la loable curiosidad de las damas: Malebranche, Clarke, Newton, etc., nuestros autores más especulativos se les han hecho familiares. Este formidable ejército de nombres griegos, que los sabios habían alineado en batalla en la puerta de cada ciencia, para defender la entrada, lejos de asustar al bello sexo, solo sirve para realzar el brillo de su triunfo. Bellas manos osan emplear con éxito el astrolabio y el grafómetro, y uno ve a ilustres damas, discípulas y rivales de Maupertuis, de los Musschembroeks, de los Fontenelles y los Algarottis [2], penetrar con ellos hasta el más profundo santuario de la Física, a través de un bosque inmenso de cálculos, combinaciones, de teoremas y de corolarios.
Si todavía hay algunos censores de este generoso amor por el estudio, es porque es mucho más fácil culparlo que imitarlo, pero sería mucho más justo admirarlo.
Sin embargo, hay que señalar que tanto la literatura como las ciencias del gusto y del placer son las más adecuadas para las damas. La naturaleza, que las hizo para el placer, les ha prodigado los talentos amables y parece habernos reservado a nosotros para los talentos particularmente difíciles. Un discenimiento fino, una imaginación fecunda y alegre, un gusto casi infalibre, una facilidad encantadora de concebir y de expresar los sentimientos más vivos y delicados, he aquí su feliz reparto, he aquí los tesoros infinitamente preciosos que su compañía nos comunica.
Consultemos los poetas más agradables tanto de la Antigüedad como del siglo de Luis XIV. Casi todos tienen el mismo lenguaje. Son, dicen ellos, las mujeres, son los sentimientos extraídos de ellas los que nos hicieron poetas; es este fuego creador el que hizo florecer en nosotros un genio que ignorábamos. Es un grito de reconocimiento casi universal.
Todos los hombres educados y galantes están de acuerdo: son las mujeres las que nos enseñan a pensar y a sentir, y el público no puede sino ganar mucho todas las veces que ellas les transmiten sus sentimientos y sus pensamientos.
He aquí la segunda obra que tengo el honor de consagrar al uso del sexo encantador. Me halago en privado que se digne a recompensar mis buenas intenciones con sus aprobaciones. La complaciente acogida que se ha dispensado amablemente a mi Retórica, me ha animado, y aún espero que me perdone la indiscreción que cometo al publicar sus favores de esta manera.
Para dar a todo esto la eficacia de un «Prefacio», el encargo requiere que dé cuenta de mi trabajo. Este puede despacharse lacónicamente. Se trata de una especie de amplificación y desarrollo de los excelentes principios formulados en el Arte Poética de Boileau, a los cuales he añadido ejemplos, y cuando me tomé a veces la libertad de censurar al propio Boileau, lo juzgué sobre sus propias máximas.
Se podrán repetir contra esta obra dos objeciones que ya se han hecho contra la Retórica. Yo las refuto bien o mal en dos palabras. Sus ejemplos, se dice, son demasiado largos. ¿A quién le importa, siempre que sean buenos?, pero ¿son demasiado numerosos, demasiado abundantes? Se puede perdonar.
Las mujeres sabias de Molière (1672) se menciona constantemente como obra de referencia para buscar el límite de la cultura exigible en una dama.
Se trata de los científicos más renombrados del momento: Maupertuis (1698-1759), matemático, filósofo y astrónomo francés; Pieter van Musschenbroek (1692–1761), médico y físico neerlandés y el italiano Francesco Algarotti (1712-1764) fue un erudito, escritor, ensayista y autor de obras de muy variada condición incluido un tratado destinado a explicar las teorías newtonianas a las damas, Newtonianismo per le dame, que la Inquisión prohibió.