El tinerfeño Antonio Saviñón Yáñez (1768-1714), abogado de los Reales Consejos y amigo de Quintana y Alcalá Galiano, tradujo del francés la tragedia del académico francés Gabriel Marie Legouvé (1764-1812) titulada La muerte de Abel (Madrid: Impretanta de la Administración del Real Arbitrio de Beneficencia, 1803), cuyo original data de 1792, aunque se publicó por vez primera en París el año 1793.
El autor francés reconoce su deuda con el poema del mismo título de Gessner. Considera que resultaba apropiado para la escena donde podría causar aún mayor efecto que en el poema lírico original. Ahora bien, también advierte que los obstáculos para su transformación en obra dramática no eran fáciles de resolver.
El traductor español consideró oportuno su traducción por valorarla como una composición sublime, digna del nivel de Corneille y Racine. La reseña publicada en el periódico Variedades que redactó Manuel José Quintana reconoce asimismo el mérito del original y del trabajo realizado por el traductor español en beneficio del género trágico.
Descripción bibliográfica
Q[uintana], M[anuel] J[osé], «Crítica: Poesía: La muerte de Abel: Tragedia en tres actos: escrita en Frances por G. Legouvé, y traducida en castellano por Don Antonio Saviñon», Variedades de ciencias, literatura y artes, T. I (1803), pp. 44-56.
64 pp.; 8º. Sign: BHMV, BH Rev. 72-1.
Por el espacio de más de un siglo han estado los franceses añadiendo perfecciones al arte de la tragedia. Los mayores talentos le han cultivado: un público apasionado por los espectáculos los animaba y los pueblos más señalados del mundo, los caracteres más grandes de la historia, las pasiones más fuertes que agitan el corazón humano han sido presentados en aquel admirable teatro con pinceladas ya sublimes, ya tiernas, ya terribles y brillantes, según el carácter de los poetas que sucesivamente han escrito.
Enriquecido el arte con tantas obras clásicas y saciado ya el público en algún modo de verlas, ha sido necesario que los autores, para excitar su interés, hayan salido de los límites que la naturaleza ha puesto a la tragedia como a las demás artes de imaginación. Fuera de estos límites no hay más que precipicios peligrosos o arenales estériles y solo a fuerza de talento es como se logra tal vez alguna producción sobresaliente.
En esta situacion creyó un poeta que, después de haberse visto la pintura de tantos crímenes producidos por la complicación de los intereses y pasiones sociales, sería interesante por su novedad el cuadro de la primera familia, de la primera muerte, del primer luto. El gran Gessner había visto en la muerte de Abel asunto para un poema épico, de una especie nueva, análoga al carácter ameno, campestre y pastoril de su talento. Gabriel Legouvé vio en la castástrofe del poema alemán un cuadro suficiente para una tragedia у su tentativa tuvo el éxito más afortunado. Esta tragedia es la que se ha representado en el teatro de los Caños del Peral, traducida por don Antonio Saviñón, y ha sido acogida por nuestro público con los aplausos debidos a su mérito incontestable.
La acción comienza con la venida del día, tiempo en que la familia de Adán se junta a hacer la oración acostumbrada al Eterno. Todos concurren menos Caín, Caín que, habiendo dado entrada en su corazón a un sentimiento de envida contra su hermano, en vez de sacudirle de sí, se abandona a él con toda la violencia de su condición agreste. Ni las caricias de Abel, ni los consejos de sus padres, ni la ternura de su esposa pueden calmar o mitigar los negros sentimientos que de contínuo le agitan: triste y solitario huye de los suyos y se embosca en las selvas, y allí solo con su envidia no tiene otro placer que el de quejarse y maldecir su destino. Adán inquieto pregunta por su hijo y se estremece de pensar que Caín pueda negarse a la adoración que el hombre debe tributar a Dios. Abel se ofrece a buscarle y el fruto que recoge de esta diligencia son amenazas e injurias. Entonces Adán parte a reconvenirle por sí mismo, rogando al cielo que ayude a sus palabras y quiera ablandar el corazón del culpable.
A las reconvenciones de Adán responde Caín con respeto, pero dejando conocer el resentimiento que devora sus entrañas. Oyendo al fin las repetidas alabanzas que su padre da a Abel, pierde todo miramiento y exclama:
Pues bien, si yo no tengo sus virtudes,
si mil defectos criminales tengo,
tuya es la culpa.
Adán, al oír esta reconvención amarga, llora y sus lágrimas abren por un momento el pecho de Caín a los sentimientos de respeto y amor que debe a su padre. Conoce toda la hiel de su respuesta:
Dios que formaste al hombre, ¿en este pecho
qué corazon pusiste?
[...]
No nací yo para vivir con hombres:
Yo debiera habitar en los desiertos
entre las fieras y voraces monstruos
que llenan de pavor el universo.
Una vez apoderada la naturaleza del corazón de Caín, ella triunfa por entonces: el rencor y la envidia ceden, promete reconciliarse con su hermano y toda la familia gozosa con esta feliz mudanza trata de dar gracias al cielo por ella. Los dos hermanos ponen la ofrenda cada uno en su altar y piden al Dios del universo que la acepte y sancione la paz que acaba de hacerse. Pero el cielo desecha la ofrenda de Caín, y su fuego consume la de Abel. Entonces el desdichado rompe todos los diques que contenían su furor y le
exhala en imprecaciones horribles. Sus padres, su hermano y su esposa pretenden vanamente aquietarle. «Dejadme», les responde a gritos:
Dejadme que ese Dios me ha hecho contrario
a todos los humanos sentimientos.
De vosotros no soy ni hijo, ni esposo,
ni hermano; soy Caín.
Y, arrancándose de los brazos de todos, huye por no tener delante de sí aquel altar, instrumento de
su oprobrio.
El sueño a que se entrega después de esta borrasca, en vez de aquietar sus ansias, viene a despedazarle con sus imágenes crueles. Caín sueña que los descendientes de Abel hacen esclavos a los suyos para forzarlos a trabajar y gozar del fruto de sus sudores en medio de los placeres y de la indolencia. Despierta y, viendo a su esposa, la pregunta por sus hijos y ella, oyéndole su terrible sueño, sale a buscarlos creyendo que con su vista se sosegará su agitación. Caín vuelve al trabajo y coge su azada:
Testigo fiel de mi constante esfuerzo,
instrumento infeliz, que el brazo mío
cargó por tanto y tan penoso tiempo;
ven, y alimenta a mis cansados padres,
ven, y alimenta a Abel.
En esta funesta ocasión es cuando Abel se presenta a desenojarle. Caín, que siente redoblar su furor con su vista y que conoce que la cólera le saca de sí mismo, le grita que se vaya y se lo repite, y Abel no le escucha y pugna por abrazarle. «Mortal serpiente, ¿quieres ahogarme?», exclama Caín fuera de sí y da con la azada un golpe mortal en la frente de su hermano. El crimen se completa: Abel cae y espira, y el odio y la envidia satisfechos, huyen del pecho del matador, dejando en su lugar las furias y el remordimiento del delito.
Consumada la catástrofe la familia toda acude, la voz de Dios se hace oír entre truenos y pronuncia la sentencia de Caín, el cual se separa a vivir lejos de sus padres, seguido de sus hijos y de su esposa.
Tal es el plan sencillísimo de esta tragedia en la cual su autor ha seguido casi siempre la marcha del poema de Gessner, habiendo, por su parte, añаdido el mérito de una disposición juiciosa y de un diálogo dramático excelente, de lo cual no podía ofrecerle Gessner sino una idea muy incompleta.
Nosotros hemos hallado el primer acto demasiado desnudo de acción, algo prolija la escena de Adán y Caín, débiles los caracteres de Eva y de Thirza, poco influjo en la acción de parte de las esposas de los dos hermanos y poco concisa la sentencia que la voz de Dios pronuncia.
¡Pero qué amabilidad y qué ternura tan incansable en Abel! Qué majestad y que tono tan paternal y tan interesante en Adán! ¡Y, sobre todo, qué fuego y qué pasion en Caín! El autor se ha complacido en reforzar con los colores más vigorosos este carácter verdaderamente trágico y es preciso confesar que en esta parte compensa abundantemente el vacío que la obra pueda tener en otras.
Se ha dicho que Caín llamaba hacia sí la compasión y el interés en vez de la execración debida a su ferocidad detestable, y esto que se ha opuesto como un defecto de la tragedia constituye su mayor elogio. ¿Quién no advierte que la envidia que consume a Caín está haciendo su tormento ? No importa que las causas de esta pasión sean injustas, no importa que sea culpable de no haberla sofocado en sus principios; él sufre horriblemente y esto basta para la compasión. Se le ve de cuando en cuando recordar los principios de virtud en que ha sido educado y condenarse a sí mismo; se le ve agitado del fatal sueño ser arrastrado al delito por el ansia de vengar su descendencia y, en el momento mismo de conocerlo, contenerse, gritar a Abel que se aparte, de modo que si la ternura de este fuera menor, la atrocidad que Caín comete en su frenesí no fuera tan grande. El fratricidio, pues, no está meditado y, sucediendo en un acceso de furor en que el hombre no es dueño de sí propio, el dolor y arrepentimiento que al instante se apoderan de Caín, sus remordimientos desesperados, mayores todavía que su envidia, el amor y ternura que entonces se despiertan en su pecho para desgarrarle, todo le hace a nuestros ojos más infeliz cien veces en matar que Abel lo ha sido en ser muerto. Se detesta su crimen, se compadece su tormento y el efecto moral que el espectáculo produce es la necesidad de sofocar en sus principios estas pasiones rencorosas antes que, arraigándose en nosotros, nos precipiten a tan horribles excesos. ¿Quién por estos caracteres no reconoce las calidades que los antiguos exijían de los protagonistas de la tragedia y la semejanza de Caín con Fedra, Radamisto, Orestes, Vandoma y otros personajes que los trágicos modernos han sabido presentar tan dignamente en el teatro de Melpómene?
Antes de representarse en París La muerte de Abel, nadie creía que pudiese interesar en el teatro una acción sacada de la historia de las primeras edades del mundo y, lo más particular, es que esto se decía en una nación donde había ya treinta años que se conocia y se aplaudia el bello poema de Gessner: «Pero todos se sorprendieron, dice un diarista de aquel tiempo, al ver un asunto tan sencillo desenvuelto de la manera más verdadera, más sentida y más tierna, y presentar con la magia de un estilo puro, fácil y nervioso, un interés progresivamente mayor en cada escena: la obra tuvo el éxito más feliz».
Otro poeta se atrevió por el mismo tiempo a dar un Caín. Pero, aunque su representación, logró algunos aplausos y la obra, por otro lado, no carecía de mérito en la parte del efecto teatral, tuvo que ceder al fin a la superioridad de la tragedia de Legouvé, a despecho de los clamores de aquellos que, según la loable costumbre de la envidia, tienen siempre preparado un rival entre los vivos o los muertos para mortificar a cualquiera autor que sobresale. El Caín ha desaparecido para siempre del teatro y ha dejado a La muerte de Abel en la posesión tranquíla de ser una de las mejores composiciones que se han hecho en Francia, después de las tragedias clásicas de sus hombres grandes.
Su traduccion en castellano era una empresa dificil porque el mayor mérito de este poema consiste en la hermosura de su dicción y de sus versos. El traductor si no ha vencido en todas partes esta dificultad, ha logrado por lo menos presentar generalmente una diccion elegante y poética, y versos bellos y numerosos, dotes que en vano se buscarían en la mayor parte de las traducciones que se han hecho en España de obras de esta clase.
El amor sin embargo al arte y la misma estimación que profesamos al traductor y a su obra, no nos permiten pasar en silencio algunas observaciones que se nos han ocurrido leyéndola.
1. No se ha debido descuidar el sentido enérgico que el original presenta en ciertos pasajes como, por ejemplo, en estos:
Mais je crois que toujours je abhorrerois mon frere.
Aborrezco a ese hermano, le aborrezco (p. 37).
Un frere est un ami donné par la nature .
Es un hermano, un cariñoso amigo,
que natura nos da (p. 73).
En el primer ejemplo, la traducción no expresa la valiente energía del verso francés y en el segundo está muy distante de su amable sencillez.
2. Hay sobrada abundancia de adjetivos: unos repetidos, otros inútiles, y algunas locuciones viciosas por su redundancia como estas:
De los pasados cometidos yerros (p. 57)
Y hacerme digno al fin de merecerlos (p. 60).
3. Un escritor que tiene tan buen oído y que sabe dar a su estilo y a sus versos un número y armonía que complacen al oído generalmente en su lectura no ha debido dejar en una obra tan recomendable estos versos escabrosos y desaliñados:
Pero a ti, a ti, cuyo feroz orgullo (p. 39).
Tuya es la culpa, yo virtuoso fuera (p. 47)
y otros de igual aspereza que piden necesariamente volver al yunque y que su autor les dé la hermosura y nitidez que a los demás.
Nosotros terminaremos aquí la tarea poco agradable de manifestar descuidos y copiaremos por gusto nuestro y de nuestros lectores estos dos trozos sacados de la escena entre Adán y Caín:
CAÍN
Yo con mis fuerzas
vencí este ingrato y árido terreno;
con mis tenaces laboriosas manos
la tierra sorprendí, rompí sus senos,
y la arranqué sus íntimos tesoros.
Yo, por librar nuestros desnudos cuerpos
del ardiente calor de los estíos,
de los rígidos fríos del invierno,
en medio de los montes pavorosos
al león aterrando y oprimiendo,
arrebaté la piel ensangrentada;
Y al combatirle denodado y fiero
su fiereza aprendí y en mis trabajos
rústica y dura agitación conservo (p. 40).
ADÁN
Para templar tus males y tormentos,
¡no tienes una amiga y una esposa!,
¡no tienes hijos que estrechar al pecho!
Y nombrándote esposo, amigo y padre
¿aún te quejas, Caín, del alto cielo?
Yo lleno de miseria, perseguido
por mi culpa y mi atroz remordimiento,
cuando veo a mi esposa y a mis hijos,
cuando tú me recibes en tu seno,
no siento tanto los dolores míos,
y respirar entre vosotros pienso
los venturosos días de mi gloria.
Y mi caída y mi aflicción huyendo
mi mente dejan y el amor me acoge.
Tú puedes disfrutar de este supremo
dulcísimo placer dándote un alma,
Dios te formó para gozar (p. 44).
Estos pedazos y el del sueño en el tercer acto que por su extensión no insertamos aquí reúnen en nuestro concepto el mérito de la dicción, de la facilidad y de la elegancia y cuando un traductor ha dado prueba de gusto en la elección de su original y prueba de talento en su desempeño, está obligado por lo mismo a hacer desaparecer de su obra los lunares que nadie mejor que él advertirá en ella cuando la considere mas despacio.